Parroquia de San Isidro Labrador: milagros de andar por casa

El templo cuenta con unos 6.000 fieles de Carabanchel alto que llevan a cabo diversas actividades religiosas y culturales

«Querido Isidro, aquí me tienes, arrodillado en ésta, tu casa. Por cierto, que dicen por ahí, no voy a pensar si buenas o malas lenguas, que eres un santo de andar por casa –título, por cierto, de un libro de Miguel Ángel Velasco–. Es decir, que no eres ni virgen, ni mártir, ni obispo, ni guerrero; a lo sumo, campesino y ecologista, casado con una santa. ¡Qué gracia, Isidro! Ya sé que piensas que a quien ha dicho eso le hace falta un poco de aquello de Santa Teresa de que Dios anda entre los pucheros. Y que para hacerse uno agradable no es necesario especular con tus virtudes, que las tenías y muchas en grado heroico, y con los milagros, que también eres milagrero.

En fin, Isidro, encantado de rezar ante tu imagen porque a los santos no se les glosa solo, ni se especula o juega con ellos, se les imita y se les reza para que intercedan por el bien de todos».

Y en esas estaba en amigable plática con Isidro, aún con la resaca de su fiesta, cuando se me acercó el párroco del templo (calle del Parque Eugenia de Montijo), el sacerdote Braulio Cuenca López, hombre devoto mariano, para introducirme en la vida de fe de esta comunidad, allá en los carabancheles altos. Está acompañado por los vicarios parroquiales José Manuel García Díaz y José María Herranz Caja. También les ayuda Mariano de Andrés Pérez. Hay dos comunidades de religiosos, las Oblatas del Santísimo Redentor, que entroncan con el suelo nutricio de la parroquia, y los Hermanos de la Instrucción Cristiana de San Gabriel.

El templo es algo más que una arquitectura efímera y está construido sobre un aparcamiento. Extraño por fuera, acogedor por dentro. En 1971 se levantó y la solemne bendición que lo inauguró fue el 18 de junio de 1988, siendo arzobispo el cardenal Ángel Suquía. Una iglesia en medio de un barrio de edad media alta y unos 6.000 fieles más o menos.

«Ningún niño sin un buen desayuno»

Cuenta con una feligresía en la punta de la misión, los hermanos de las siete Comunidades Neocatecumenales, que lo mismo preparan las catequesis que predican en la plaza pública. Además, hay un grupo de Vida Ascendente y un «Cenáculo de oración», mensaje de conversión desde la geografía sobrenatural de la gracia. Ah, y otra característica de esta parroquia es el movimiento belenista. Muestra de ello son los actuales dioramas sobre las cuatro noches de la Pascua, mucha síntesis de la teología de los padres de la Iglesia.

Las catequesis tiene unos setenta niños y una veintena para confirmación. También hay un Aula de Cultura, en el que se realizan actividades, desde bailes de salón hasta conferencias. Pero la clave de esta parroquia es Cáritas. Allí nos desplazamos para que sean las voluntarias quienes hablen del amor al prójimo y de esas ochenta personas que todos los meses se acercan a por alimentos, dinero para recibos varios y otras necesidades.

Matilde, Daniel, Soledad, María Luisa, Isabel y Francisca hablan por un orden no habitual. Insisten en que las instrucciones del párroco son muy claras: «Ningún niño de la parroquia debe ir al colegio sin un buen desayuno y aquí Cáritas no cierra nunca». Y para explicar lo que Cáritas me hablan de un caso que las historias dicen más que las cifras. Pongamos que se llama Miguel, nombre común en Venezuela. Llegó para pedir una ayuda, una vez que se produjo el milagro de la reagrupación familiar, su mujer y su hija. Necesitaba dinero para pagar el alquiler. Su sueldo como ayudante de cocina no era suficiente. Máxime si, además, quería convalidar su título y trabajar en lo suyo: la cirugía neurológica. Ha tenido que salir corriendo del país, y ahora se emociona con las bolsas de comida que Cáritas parroquial le proporciona. Milagros de san Isidro, el que anda por nuestra casa.

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