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Partido bisagra, partido veleta

Manuel Marín.- Ciudadanos convive entre la prosperidad que le proporciona ser un partido bisagra y el riesgo de transformarse en un partido veleta. De momento, los resultados electorales en los últimos años no permiten concluir que la apuesta de ser compatible a izquierda y derecha esté arruinando a Albert Rivera. Al contrario. Liderar un partido bisagra se ha convertido en un valor en alza en esta etapa de «multipartidismo paralizante», frente a la fase de aquel «bipartidismo complaciente» y aburguesado que durante 30 de los 40 cuarenta años de democracia nunca había sido amenazado.

Un partido bisagra está bien percibido y considerado por una parte templada del electorado que no es dogmática, que se inclina por criterios volubles de simpatía y liderazgo ocasional, y que a veces, siempre sin excesos, es progresista o a veces conservadora, pero siempre vota en clave moderada aferrada a la etiqueta «bienqueda» y reversible de liberal. En el ideario colectivo, el partido bisagra es constructivo y compatible, genera estabilidad y se adapta sin problemas a los estándares democráticos más alejados de la radicalidad. Históricamente, hay unos tres millones y medio de votantes en ese espectro electoral oscilante.

Sin embargo, un partido veleta representa todo lo contrario. Adquiere una connotación negativa en el electorado, es percibido como indeciso y oportunista, y el factor positivo que conlleva la complementariedad de principios y valores se convierte de repente en un pésimo riesgo de incoherencia. En su cuarta acepción, la RAE define el término veleta como «persona inconstante y mudable», y a ella se asocian el oportunismo, el tacticismo, la provisionalidad, y la carencia de ideas sólidas porque sus prioridades son la ambivalencia, los principios reversibles y la pirueta ideológica.

En el combate político, la línea que separa la bisagra de la veleta puede ser muy fina. Y el margen de error para ser corregido, prácticamente nulo. Tras un año en el que Ciudadanos ha favorecido ser un partido asimilado a la derecha porque Rivera emergía como líder con calibre suficiente como para sustituir en el poder a un PP desnortado y con una dirección debilitada, ahora ha decidido cambiar el rumbo con un golpe brusco de timón. Emprende el regreso al centro para no ser identificado como un siamés de Pablo Casado, cuyo liderazgo al frente del PP nunca pareció entrar en los planes originarios de Rivera.

Hasta la llegada de Casado, a Ciudadanos le convenía, y beneficiaba, ser la ilusión óptica de esa parte del votante de la derecha hastiado de Mariano Rajoy que había emprendido una huida del PP en busca de otro partido con una mínima vitola de convincente frente a la izquierda populista. Pero a Rivera la actual coyuntura le ahoga. Ha desplazado el eje sobre el que giraba y a veces da la sensación de que el Gobierno de Pedro Sánchez le desorienta tácticamente. La moción de censura ha estrechado su margen de maniobra, y Ciudadanos empieza a temer la pérdida de una parte del terreno conquistado a su derecha. Contra Rajoy vivía mejor, y hoy le distorsiona la emergencia de un PP que, según los sondeos, ha conseguido contener la hemorragia de votos, e incluso ha iniciado una ligera recuperación rehabilitando un discurso de «valores» que había arrinconado a favor de una concepción puramente tecnocrática de la gestión política.

Por eso, tan pronto Rivera compite con Casado por endurecer el tono con una hipotética re-intervención de la Generalitat de Cataluña, como pretende erigirse en portavoz de la oposición con la fake tesis de Pedro Sánchez. Tan pronto vota y bloquea con el PP proyectos alumbrados por PSOE y Podemos cuando fuerzan los resortes de la normal práctica parlamentaria, como permite a esos mismos partidos tramitarlos semanas después. Tan pronto se pone al frente de la manifestación contra hipotéticos indultos contra los líderes del independentismo, como pacta las cuentas públicas con el PP en la Asamblea de Madrid o permite gobernar a Susana Díaz en Andalucía.

Rivera es consciente de que la reversibilidad tiene un riesgo, pero necesita dar una de cal y otra de arena sin solución de continuidad. Son bruscas maniobras a lo «Loco Iván», similares a las que ejecutaban antiguamente los submarinos de la URSS para despistar al enemigo de un modo sorpresivo y temerario. Ciudadanos fabrica golpes de efecto, cambia el paso inopinadamente para distinguirse de Casado, y cultiva, en un complejo ejercicio de funambulismo, la manera de «marcar» de cerca de Sánchez dejándole espacio suficiente por si en las próximas elecciones generales la suma de escaños entre PSOE y Ciudadanos cuadrase para conformar un Gobierno de coalición.

A Rivera le queda ahora calibrar la prueba electoral de Andalucía, convertida en el laboratorio que le confirmará si su estrategia es la idónea o si, como ha ocurrido siempre -excepto en el singular caso de Cataluña-, las encuestas han sobredimensionado las expectativas reales de Ciudadanos. Hasta ahora, ser un partido bisagra le ha funcionado. Pero seis años después de convertirse en una formación de implantación nacional, el temor a ser percibido como un partido veleta puede empezar a convertirse en un riesgo.