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Pastores desaparecidos y el rebaño devorado

Así empieza el sermón se San Agustín que deseo comentar por lo del coronavirus, porque algún obispo lo toma como un juego: “Cristo apacienta a sus ovejas debidamente. Mis ovejas escuchan mi voz –dice– y me siguen”.

El domingo pasado, como todos los domingos. me disponía en Benicarló a escuchar y celebrar con Jesucristo el banquete de la Eucaristía y cuál fue mi sorpresa al darme cuenta de que los pastores (obispos) nos han prohibido de poder convertirnos, rezar por los pobres, los pecadores y por los enfermos del coronavirus con esa gran manifestación de Cristo resucitado -la Santa Misa- y poder celebrarla con alegría, porque Él lo puede todo.

Leo en la prensa que el presidente de la Conferencia Episcopal, Juan José Omella, pone a la Iglesia al servicio del Estado contra el coronavirus (“No dejéis de pedirnos ayuda”) y lo primero que hace es prohibir las misas con público. Y la Misa es alimento imprescindible para luchar contra el virus y sabiendo que el Gobierno solo ha prohibido las aglomeraciones, pero no las misas en un tercio del aforo del templo. Los obispos han ido más allá: se han sometido a Pedro Sánchez, que está sometido a Soros y al demonio.

Cierto, que hay pastores a quienes les gusta que les llamen “pastores”, pero que no quieren cumplir con su oficio. Encontramos que muchos de ellos salen en la prensa, pero no salen los buenos. los que se creen el Evangelio y no temen decir la verdad. A esos buenos lo único que les puede pasar es que el Papa Francisco, a través de sus acólitos, les suspendan o les quiten del ministerio, como hicieron con D. Manuel Ureña, el arzobispo de Zaragoza, o varios buenos sacerdotes de diferentes diócesis. En eso tiene experiencia Omella.

Este virus es un aviso a todos nosotros por haber jugado con la vida: el aborto que se practica en los hospitales católicos de Barcelona -en S. Pablo y S. Juan de Dios- con la complicidad del cardenal Omella. Se han tragado la eutanasia y nuestros pastores no tienen otra cosa más que estar preocupados por el medio ambiente mientras el ser humano se está muriendo con el alma corrompida por la pornografía del lobby gay.

En la Liturgia de las Horas encontramos este comentario del gran S. Agustín. “Esto dice el Señor: «¡Ay de los pastores de Israel que se apacientan a sí mismos! ¿No son las ovejas lo que tienen que apacentar los pastores?» Es decir, que no tienen que apacentarse a sí mismos, sino a las ovejas. Ésta es la primera acusación dirigida contra estos pastores, la de que se apacientan a sí mismos en vez de apacentar a las ovejas. ¿Y quiénes son ésos que se apacientan a sí mismos? Los mismos de los que dice el Apóstol: Todos sin excepción buscan su interés, no el de Jesucristo.

Así rezaba el mensaje de Garabandal, aquel por el cual fue prohibida la asistencia de los fieles: “Como no se ha cumplido y no se ha dado mucho a conocer mi mensaje, os diré que este es el último. Antes la copa se estaba llenando, ahora está rebosando. Los sacerdotes, obispos y cardenales van muchos por el camino de la perdición y con ellos llevan a muchas más almas. A la Eucaristía cada vez se le da menos importancia. Debéis evitar la ira del buen Dios. Si le pedís perdón con alma sincera, Él os perdonará. Yo, vuestra Madre, por intercesión del Angel San Miguel, os quiero decir que os enmendéis. Ya estáis en los últimos avisos. Os quiero mucho y no quiero vuestra condenación. Pedidnos sinceramente y nosotros os lo daremos. Debéis sacrificaros más, pensad en la Pasión de Jesús.”
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Y San Agustín seguirá desgañitándose: “Que todos se identifiquen con el único pastor y hagan oír la única voz del pastor, para que la oigan las ovejas y sigan al único pastor, y no a éste o a aquél, sino al único. Y que todos en él hagan oír la misma voz, y que no tenga cada uno su propia voz: Os ruego, hermanos, en nombre de nuestro Señor Jesucristo: poneos de acuerdo y no andéis divididos. Que las ovejas oigan esta voz, limpia de toda división y purificada de toda herejía, y que sigan a su pastor, que les dice: Mis ovejas escuchan mi voz y me seguirán”.

Luego Ezequiel, inspirado por el Señor, dirá de su parte: “Prometo por mí mismo, dice el Señor Dios, que vosotros, pastores, seréis castigados por haber tomado mis ovejas como un botín, por dejarlas sin pastor a merced de los animales salvajes, por ni siquiera haber tratado de ir a buscarlas, por ignorarlas y por cuidarse sólo a sí mismos. Por lo tanto, pastores, escuchad este mensaje del Señor… Así dice el Señor Dios: ¡Mirad, estoy contra esos pastores y les demandaré mis ovejas! ¡Los echaré, no los dejaré pastorear mis ovejas nunca más! Rescataré mis ovejas de sus fauces, y los pastores ya no se alimentarán de ellas”.

A todos vosotros os digo por experiencia que cuando uno pone su vida en las manos de Cristo no tiene miedo. Por tanto, abramos nuestro corazón a Dios y dejémosle entrar y El cambiará nuestro corazón de piedra en uno de carne, lleno de compasión y misericordia.

D. Juan José Omella y demás obispos, no se olviden que tendrán que dar cuentas de su mala gestión a Jesucristo, Supremo Juez. Han abandonado el rebaño a merced de los lobos y éstos lo devorarán ante su culpable pasividad.