Peque

El mundo se para cuando entra en la estancia. Es un pequeñajo que justo empieza a encadenar palabras, pero siempre ha dominado el arte de hacerse entender. Y al llegar, ya podemos charlar, trastear o leer, es igual, porque cuando él pronuncia las palabras hechizadas –“hola abuela”– la física desmiente la rotación de la Tierra, el tiempo se diluye y el reino mágico de la infancia impone sus reglas.

No llega a los tres años, pero ya acumula una sutil sabiduría, una extraña capacidad de rompernos la coraza y dejarnos desnudos de impostaciones, frente a frente con un rorro que no levanta un palmo del suelo pero que esconde toda la grandeza de la vida. Es así como, en un instante, todo cambia y el paisaje ordenado de la madurez se convierte en un caos delicioso de juguetes, mesas de plastilinas de colores y la colección completa de la patrulla canina. Cogerse de su manita y dejarse llevar es la única opción, no hay huida, si no somos tan estúpidos de no darnos cuenta del regalo que nos ofrece. Un soplo de infancia, qué inesperada joya, tanto tiempo perdida…

En una de estas, el día se viste de fiesta y el sol desmiente la frialdad de diciembre. Tiempo para ir a la playa a tirar piedrecitas.

Bajamos por las empinadas calles del viejo Cadaqués y, de repente, “¡un cactus, pincha!”, y me aprieta la mano como si me salvara de un peligro.

Lo hace. ¡Cuántas veces nos salvan, estos enanos, sin saberlo! Superado el peligro, la calle se abre a un mar brillante y calmado que parecería inocente si no fuera tan arisco. Y con los piececitos más pequeños que las piedras que pisa, se acerca al agua –“¡uy, moja!”– y se inicia el baile del salpicado. ¡Qué será que los niños pequeños no aprenden nunca el verbo cansarse! En nada, aquella playa conocida se convierte en un mar lleno de secretos, las piedras son gigantes que despiertan hadas y, mirado con los ojos pequeños de mirar grande, el mundo es más fascinante de lo que sabíamos y… habíamos olvidado que sabíamos.

Sí, es cierto, los días están preñados de malas noticias, la política se ha convertido en un terreno salvaje, abonado a la chulería y a la amenaza, y los días venideros no anuncian bonanza. Pero hoy mi nieto me ha resarcido de miserias y desventuras y, durante un tiempo regalado, me ha regalado ese don tan huidizo y sutil que es la felicidad. Con él de la manita, no parece que ­vivamos tiempos tan agresivos y abruptos.

“¡Ven, abuela!”, y el caos se convierte en una armonía perfecta. No hay desazones, ni malos pensamientos, ni tristezas, sólo él, ese pequeñajo, salvándome de los peligros.

De repente, sin embargo, una sombra. Lejos de casa y lejos de su tierra, cuatro amigos hace semanas que no pueden ir a tirar piedrecitas con sus hijos, ni salvarse de los cactus, ni ­descubrir secretos en los mares ­conocidos. Y entonces dirijo la mirada a mi nieto para que vuelva a huir la tris­teza.




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