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Podredumbre perfumada

Ellos tratan constantemente de escapar/ de las tinieblas de fuera y de dentro/ a fuerza de soñar sistemas tan perfectos que nadie necesitará ser bueno. (T.S. Elliot. Los coros de la Piedra)

He de confesar, ingenuo de mí, que cuando el papa nombró la comisión para combatir los abusos del clero, abrigué alguna esperanza. Primero, porque estaba convencido de que algo haría la Iglesia para afrontar uno de los mayores problemas de su historia. Y luego porque la esperanza es lo último que se pierde.

He de confesar, asimismo, que uno de los elementos que más contribuyó a sostener esa esperanza fue el hecho de que formase parte de esa comisión, nuestro admirado Jordi Bertomeu, un sacerdote con gran perspectiva y cargado de sentido común: virtud indispensable para valorar lo que nos está ocurriendo. Lo ha explicado extensamente en el artículo que publicó en la revista Ecclesia para conmemorar el primer aniversario de la Carta Apostólica en forma de Motu Proprio “Vos estis lux mundi”, que fue a su vez el documento con que se cerró la “cumbre” de la Iglesia para afrontar el tema de los abusos.

Pero claro, explicar que los abusos sexuales son en realidad “abusos de poder” que en la Iglesia tienen la forma de “clericalismo”, es lo que llaman en catalán “fugir d’estudi” o, como tan gráficamente decimos en español, salirse de cualquier pregunta comprometida con un manzanas traigo. Y claro, en vez de responder al problema concreto del abuso sexual, nos salen por peteneras diciendo que en realidad se trata de un abuso de poder (que, por cierto, en una sociedad tan hecha a los abusos del poder, empezando por los de Hacienda, se percibe este abuso como mucho menos grave que el abuso sexual). Una vez más, los abusos los pagan los abusados. ¿Quién si no? Y la gran Cumbre, con sus protocolos, cumple la misma función que el nombramiento de “comisiones” para marear la perdiz, en vez de buscarles solución a los problemas sistémicos.

¿Pero qué puede hacer el bueno de Bertomeu, si los de arriba ya han dicho que el diagnóstico es esa cosa del clericalismo? Pues debe ser eso: que los curas se engolfan en los abusos sexuales a fuer de clericalistas; y los obispos, con mucho más poder clerical, es normal, es humano que añadan su mayor dosis de clericalismo al problema, reforzando con su benevolentísimo silencio y ocultamiento, el clericalismo de los curas.

Y como estamos en un mundo que funciona por protocolos, pues la solución propuesta por la “cumbre” tenía que ser la elaboración de unos protocolos para la cúspide del clericalismo, para los obispos, que es justo el estamento que le ha dado al problema dimensiones dantescas. Y para completar sus trabajos, la Cumbre propone para la plebe una nueva “espiritualidad de la prevención”, cimentada en una especie de mística de la sagacidad de todos los miembros de la Iglesia para percibir los abusos, y de santa audacia para denunciarlos.

Bien dice mosén Bertomeu, cargadísimo de sentido común, que la Iglesia está inmersa en los mismos problemas que el mundo, y que éste de la hipersexualización hasta abusar de los más indefensos, es un problema del que la Iglesia no se puede evadir por formar parte (cada vez más vocacional y jubilosa) del mundo. Eso es totalmente objetivo. Pero nada que ver con el Vos estis lux mundi. En efecto, si alguna luz está iluminando hoy con gran fulgor a la Iglesia, esa es la lux mundi por la que tantos hombres y mujeres de la Iglesia, y de bien arriba, se han dejado deslumbrar. Y en vez de aportar ellos al mundo la luz de Cristo, se dejan no sólo iluminar, sino también deslumbrar por la luz del mundo.

El problema, mi admirado Bertomeu, es que no es sólo el mundo el que se ha sacudido la conciencia de pecado (sí, sí, esa cosa tan rara también hoy para la Iglesia, el pecado), sino que hasta en la más alta instancia de la Iglesia, nada menos que en la Congregación para la Doctrina de la Fe y en la mismísima Sede Apostólica, el delito parece que ha suplantado al pecado. Hasta el punto que un documento papal con un título tan esperanzador por su inspiración evangélica, el Motu Propio “Vos estis lux mundi”, vosotros sois la luz del mundo, se olvida totalmente del pecado para quedarse en el delito. Cosa tremendamente grave para la Iglesia. Porque el delito apela a la ley, mientras que el pecado apela a la conciencia. Por tanto, amigo Jordi, primero hay que formar las conciencias en la fe y en la moral genuinamente católicas y no sustituirlas por protocolos. Pero, claro, es que la modernidad le exige a la Iglesia que olvide esa cosa tan anticuada del “pecado”. Sin pecado ya no hay responsabilidad personal… y ésta se diluye entonces en los protocolos. Por eso, al final, o nadie peca o todos lo hacen -por ignorancia insalvable, supongo-, y santas pascuas.

Y sí, es donde estamos, en una tremenda falta de conciencia. Porque la ley te obliga si es capaz de hacerte cumplir; y caso de que no cumplas, sólo te obliga si te pilla. Sí, en eso estamos: la ley sólo consigue obligarte si te pilla. Y claro, al poder rarísimamente le pilla la ley. Y como es el poder el que hace la ley, está bien claro que la hacen pensando sólo en los demás. Así que sólo nos puede salvar la conciencia; de lo contrario, estamos perdidos.

¿De qué nos sirve que Vos estis lux mundi proclame en su art. 4 que los prejuicios, represalias o discriminaciones por haber presentado un informe (denuncia por abusos) están prohibidos? ¿Prohibidos? ¿Y eso remediará los abusos y hará que nadie tema denunciarlos? ¿Y qué es una prohibición para la cúspide del clericalismo, si la horrible avalancha de responsabilidad en que han incurrido no ha tenido absolutamente ninguna consecuencia para ellos? Miles y miles de casos, y han caído sólo un par de altos jerarcas, quedando impunes, irreprochados e irreprochables los más altos responsables. Ahí está el pedófilo ex cardenal y ex arzobispo McCarrick y todos sus protegidos episcopales que él mismo patrocinó y promocionó, y que siguen ahí como si tal cosa.

Muy bien el “protocolo” de actuación, muy bien la articulación de más articulado del Derecho Canónico después de haberlo hecho trizas y de haber garantizado que es papel mojado. ¿Pero acaso no tiene la Iglesia otros recursos para ordenar la conducta de los clérigos y de los fieles? ¿No existen seminarios conciliares encargados de seleccionar a los candidatos al sacerdocio que impidan la ordenación de homosexuales inclinados a la pedofilia? ¿A qué se dedican? ¿A formar a hipócritas carreristas sin más objetivo que congraciarse aterciopeladamente con los superiores y así hacer méritos?

Ni siquiera tenemos el consuelo, tan anticuado ya, de una iglesia que, como el Cordero de Dios, carga con los pecados de sus miembros. Para los más graves problemas de la Iglesia ya no hay pecado, ni arrepentimiento ni sacramento de la penitencia, ni perdón. La Iglesia ya no ha de cargar con nada. Unos cuantos paripés y a seguir, que no ha sido nada. Con los protocolos nos apañamos.

Y con eso se lava el vértice eclesiástico todas las responsabilidades ante el mundo: que lo básico son unos buenos protocolos…

Ahí estamos pues imitando fidelísimamente al mundo, enfangado en la pederastia hasta las cejas (¿también por clericalismo?), pero eludiendo sus responsabilidades la inmensísima mayoría de los que están en “abuso de poder”, que dice el papa. Extraño clericalismo. El caso es que la cosa está montada para que la inmensísima mayoría de los abusos ni siquiera pasen por los tribunales; porque para eso está el poder, también el judicial (con su tremendo abuso de poder), tanto en el mundo como en la Iglesia. Al poder no le alcanzan esos vendavales. El sistema queda impune al igual que los que lo manejan. Y eso es lo que ha ocurrido con Vos estis lux mundi. El pasado no existe (es que perro no muerde a perro), y el futuro se reduce a un protocolo tan voluntarioso como las infinitas leyes civiles que, más que prevenir, parecen abrirles a los abusos un camino cada vez más ancho.

¿Y qué nos queda de esa mirífica cumbre contra los abusos de menores en la Iglesia y contra su ocultación por parte del episcopado? Pues eso, que también en esto, la Iglesia – ¡Pobre Iglesia Santa y a la vez ajada por sus malos hijos! – está consiguiendo parecerse al mundo tanto, como si fuese ella la autora de los inventos del mundo para quedar impune. Tras la inmensa polvareda, nada de nada: Amnistía general, olvido de unas responsabilidades tan sumamente graves, pero tan universalmente compartidas. Mal de muchos, consuelo de tontos, al fin. Efectivamente, es la gran oportunidad de hacerse los tontos. Fragante purulencia: eso es lo que tenemos.

Mira, Jordi, perdona una franqueza que puede salirme cara, tal como las gastan ahora con los que no hacen surf en la ola… Cuando me cuentes que, desde tu flamante Congregación, estáis examinando y persiguiendo los abusos sexuales de la barcelonesa Casa de Santiago https://www.libertaddigital.com/cultura/historia/2018-09-16/oriol-trillas-la-casa-de-santiago-86023/ -esa que tenéis, por alguna oscura razón, muerta y enterrada, aunque sigue viva y haciendo carnales estragos por el mundo- con el mismo interés con que persigues las porquerías de Karadima en Chile, empezaré a creer que la cúspide eclesial se ha tomado el problema en serio.

Cuando por fin te sumerjas en la barcelonesa -repito- Casa de Santiago, la de Paco Andreo, Albert Salvans y Pere Cané, te darás cuenta de que las truculentas historias del Boston Globe y el cardenal Law, comparadas con las nuestras, acaban palideciendo. Verás y olerás entonces cuán bien perfumada está nuestra podredumbre.