Inicio Actualidad Por qué criticamos a la derecha (escrito en varias fases)

Por qué criticamos a la derecha (escrito en varias fases)

La pregunta tenía sentido, y más ante la manifestación convocada por plataformas civiles contra el Gobierno del PSOE y con el peligro que significa Sánchez: ¿Por qué Libertad Digital critica tan a menudo a la derecha, ya sea Vox o el PP? Pues precisamente por eso: por el peligro real que significa Sánchez.

Este artículo ha sufrido demasiadas interrupciones que, tristemente, no lo invalidaban del todo —cuántos he arrojado a la papelera, ya virtual— sino que lo dejaban corto, casi ingenuo. Trataré de reflejar los cambios sobrescribiendo para llegar a la enésima versión… que puede volver a quedarse corta en horas.

A riesgo de recibir quejas —las habrá de todas formas— y a sabiendas de lo que nos jugamos en este 2023, criticamos a la derecha, o yo al menos lo hago, por las siguientes razones que no suceden siempre a la vez ni en los dos partidos, pero suceden:

Por perseguir máximos y plantearlos como envites además de por no consentir los mínimos lógicos de cualquier convivencia necesaria o, al menos, inevitable. Con esa tensión viven los gobiernos fruto de pactos entre PP y Vox desde que se inauguraron en Andalucía, Murcia y Madrid, cuando Vox arrancó de veras como partido. La izquierda, buena conocedora del adversario, está al acecho y siempre, pero siempre, consigue entrar por la brecha. Es lo que acaba de suceder en Castilla y León a cuenta del aborto: regalan munición, abren las puertas y dan vacaciones a los vigilantes. ¿Ganador? Sánchez. Esta parte la mantengo en la corrección con la importante salvedad de que Vox no ha encontrado todavía «el protocolo», cuestión ya más famosa que la de quién ordenó el código rojo en Algunos hombres buenos. Cristina Losada, que busca, suele encontrar: el protocolo era otra cosa.

Más razones. Por el afán de encabezar el poder sin tenerlo, por subestimar y hasta despreciar al electorado a sabiendas de que es la misma base social. Vox ha presumido de no exigir cargos cuando facilitaba gobiernos del PP pero después ha malgastado sus escaños bloqueando proyectos necesarios como los presupuestos de Madrid, palanca imprescindible para desalojar a Sánchez. El PP, por su parte, y precisamente con la habitual excepción de la Comunidad de Madrid, se erige en oposición única como si Vox no existiera o fuera su peor adversario. Lo ha hecho hasta en plenas negociaciones. Que no quiera contar con un partido que salió de Génova es una cosa muy distinta a que no lo necesite.

Mantengo lo anterior pero añado aquí que lo de los presupuestos de la Comunidad de Madrid fue el aviso de lo que se precipitaba. Rocío Monasterio tenía decidido no apoyar las cuentas. Da igual cómo fueran. Lo intentó por colapso burocrático, como cuando al juez Marino Barbero le llenaban de papeles o le cerraban la fotocopiadora para que no investigara a Filesa. Pero Javier Fernández Lasquetty consiguió ver y contestar cientos de preguntas disuasorias que no tenían más intención que dejar pasar el tiempo. Un mes después el PP se interesó por la postura de Vox pero no fue hasta dos días antes del debate de totalidad cuando envió 25 folios con casi 200 propuestas. El PP consiguió gestionarlo y proponer una decena de posibles puntos de encuentro que después sirvieran para negociar definitivamente. Tampoco. Monasterio se fue airada porque lo consideró «un insulto» y al final presentó las enmiendas fuera de plazo para tener una causa, un agravio que justificara que Vox dejaba a Ayuso sin presupuestos. ¿Resumido? Nunca quisieron apoyarlos, todavía no sé si Vox o sólo Monasterio. Me temo que a estas alturas da lo mismo. Fin del añadido.

Todavía más razones. Por la insistencia en pedir perdón sin tener culpa y por perder a los propios para convencer a los ajenos. El PP sigue considerando que los votos de Vox le son ajenos porque son incondicionales y opta por buscar entre los socialistas descontentos —que los hay— aunque lo haya también en la derecha. El serio problema es que, para cautivarlos, corre el riesgo de parecerse demasiado al partido que pierde a esos votantes. Paralelamente el PP mima a los barones socialistas de pulsera que dicen criticar a Sánchez sin dejar de obedecerle. ¿Les quitan así votantes, piensan coaligarse o les hacen la campaña gratis? Lo escribí y lo mantengo, aunque me preocupa más, mucho más, lo que está por venir.

Por sacrificar lo bueno, y a veces hasta lo óptimo, a cambio del protagonismo que no se tiene ni se tendrá. Hay figuras políticas que creen que pasar a la historia depende solo de que quieran hacerlo, sin aportar una idea propia, ni siquiera mala. Cuando la realidad les da la espalda parece que la culpa fuera de los demás. Lo escribí pero sin alusiones. Es evidente que ahora son necesarias. No depende de Rocío Monasterio ser una figura política relevante. Ni de Iván Espinosa de los Monteros. Ellos lo creen y puede que ese sea el problema de Vox.

Mantengo íntegro este párrafo: por disfrazar los complejos de firmeza, como hace una parte importante del PP. O por convertir la firmeza en trampas para sobresalir sin ser sobresaliente, como hace una parte de Vox que ya no sé cuánto representa.

Por elegir los días de gloria y desaparecer de las batallas diarias o librarlas a destiempo cuando podría haber evitado muchos problemas. En esta corrección de texto lamento mucho confesar que me refiero a Santiago Abascal, al que respeto y respetaré por defendernos a todos en el País Vasco de la ETA, en los peores momentos. Por eso me cuesta tanto comprender lo sucedido. Calla y otorga. Y esta vez no tiene pase.

La mentira como ataque

Todo lo anterior, sin las correcciones anotadas, estaba más o menos escrito cuando llegó a esRadio Rocío Monasterio. Y fue como volver a vacunarse. No por dolor ni por peligro, sino por tener que soportar a los revoltosos que se creen revolucionarios, los tifosi que ni son ni dejan de ser de Vox pero que llevan una lista en el bolsillo, frecuentan el insulto y no toleran la crítica. Según la ya candidata oficial de Vox a la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso es como el PSOE y esRadio es como la SER. Lo mismo, vaya. Baste ese resumen, aunque fuera un recurso hiperbólico, para comprobar hasta qué punto la política puede distorsionar la realidad y dejar de servir al ciudadano. Ni Ayuso es militante abortista, ni defiende las leyes basura de Irene Montero, ni esta casa se inventa bulos o promociona boicots, más bien los denuncia y, cuando los sufre —de todas partes—, los lleva a gala como muestra de verdadera independencia.

Tampoco tenemos la «financiación en entredicho» como dijo horas después Iván Espinosa de los Monteros, uniéndose ahora a Nacho Escolar. La financiación es mejor que se la miren o se la hagan ver —no será por falta de ejemplos— precisamente los partidos políticos. Vamos para 23 años de incordio mediático con una docena de intentos fallidos de cerrarnos. A otro perro…

El PP tenía un pecado original contra Vox que fue la infame intervención de Pablo Casado contra Santiago Abascal en la moción de censura contra Sánchez. Vox mantuvo sus compromisos con el PP intactos pese a lo violento del ataque. Loable, como destacamos en solitario en esta casa. No esperaba que se reservara la venganza de aquello para más tarde, a destiempo y ya sin razón.

La manifestación del sábado (intención original del artículo)

¿Y tiene sentido que en la semana en la que deberíamos estar animando a todos los ciudadanos a salir a la calle este sábado contra Sánchez también critiquemos a la derecha? Pues también lo creo. Porque el ciudadano que sale a la calle, harto de propaganda, no ha de esperar a los políticos para hacerlo ni necesita codearse con ellos para reclamar Justicia y Libertad. Sale por convicción civil, sin necesidad de apoyo administrador. Otra cosa es cuando una sociedad oprimida se apoya en una oposición política inédita: entonces todos ellos son civiles y todos ellos son políticos. No es el caso.

Tanto el PP como Vox han dado sobradas muestras políticas de lo mejor y de lo peor. Juntos y por separado, por convicción o por equivocación. Pero ya no podemos esperarles más. Contra la mentira siempre es saludable manifestarse con o sin compañía de políticos. Y Pedro Sánchez es el paradigma de la Mentira. Es la mentira como sistema de Gobierno, que apenas tarda en convertirse en traición, como ya ha sucedido. No es posible estar gobernados por los que no creen en la democracia. De hecho, es un suicidio.

A PP y Vox nadie les pedía alianzas, coaliciones, amalgamas ni amor verdadero; sólo un mensaje de cierta tranquilidad ante la losa que nos gobierna y que amenaza con desbordar la democracia. Que se entendieran en mínimos cuando fuera necesario, cada uno desde su cuartel y sobre todo desde el patio común liberal-conservador —Vox salió del PP, conviene no olvidarlo— donde un día hubo once millones de votantes más o menos identificados con sus ideas. Ahí siguen, por cierto. Y que no paguen sus fracasos contra los medios de comunicación cuando no les gusta lo que ven, leen y oyen. Hay que acostumbrarse a casi todo. Vox, o una parte muy importante en la que está su portavoz parlamentario y su candidata por Madrid, no quiere derrotar a Sánchez si no son los protagonistas de la peli. Mal asunto. También para Vox.

El listado de agravios para acudir a Cibeles

Sin corrección alguna: por patrocinar el desguace de la concordia que emanó del régimen del 78. Por alentar sin descanso, y sin éxito, al enfrentamiento civil retorciendo la memoria, exhumando la historia a capricho y negando los crímenes propios o hasta presumiendo de ellos. Por insultar a miles de muertos y decenas de miles de familias rotas admitiendo como socio a una banda terrorista trasmutada, por conveniencia, en partido. Por negar que se fuera a admitir a esa banda como socio de gobierno. Por engordar al comunismo, responsable de más de cien millones de muertos y todavía presente en las últimas dictaduras del mundo. Por renegar del comunismo para llevarlo después a las más altas cotas de poder en el Gobierno. Por simular que estaba contra el golpe de la Generalidad de Cataluña cuando lo incorporó al Gobierno de la nación convirtiéndose en promotor y de ahí en colíder.

Más. Por aniquilar la separación de poderes —herida de muerte por ellos mismos en 1985— y aun así acusar a la derecha de antidemocrática cuando acertaba al no pasar por el aro. Por la negación del individuo y de la propiedad… ajena. Por la cruel burla diaria de pedir a los demás que hagan lo que ellos jamás harán: dejar de comer carne, no viajar en avión y usar el coche lo justo, congelarse en invierno y asarse en verano, pagar impuestos sin atajos o gastar con medida.

Este sábado nadie debería hacer campaña ni aprovechar para medir índices de popularidad. El PP debería estar con su plana mayor. Vox estará pero ya no sé por qué. Son los ciudadanos los que deben mostrar que el problema es Pedro Sánchez, el que nunca tuvo votos para gobernar pero que lo hace porque pactó con los que nunca iba a pactar. Pedro Sánchez el Mentiroso, el ilegítimo.

P.S. Cuando se corrige mucho un texto es mala señal, pero es que lo sucedido en sólo 24 horas ha sido peor todavía. La decepción merecía quedar registrada tal y como iba llegando, a borbotones.

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