‘President’, ponga las urnas

En puertas de que el autogobierno catalán quede en suspenso, la cúpula de la Generalitat defenestrada y el Parlament neutralizado, bien podemos concluir que Catalunya se halla, ahora sí, ante una encrucijada histórica. Cuatro décadas de una amplia autonomía la han convertido en un territorio económicamente próspero, socialmente integrador, cómodo en su pluralidad política y culturamente fértil. Frente a los nostágicos de mejores tiempos que jamás existieron, importa reivindicar este periodo como el más fructífero y democrático de la historia catalana.

Todo esto es lo que ahora está bajo amenaza. Lo está, de hecho, desde que las maniobras del PP y el fallo del Constitucional frustraron el leal intento catalán de constitucionalizar sus anhelos con el Estatut. Lo ha estado, en mayor medida, desde que, en respuesta a una sentencia irrespetuosa con los catalanes que refrendaron el Estatut, la eclosión independentista polarizó a la sociedad y tensionó las relaciones con el Gobierno del PP, que ni quiso ni supo dar una respuesta inteligente al envite. Y el conflicto ha alcanzado un grado sumo desde que, perdido el plebiscito del 27-S, el soberanismo se negó a reconocer su derrota y optó por violentar el marco legal y menospreciar al 52% de los votantes.

Este contexto explica –sin justificarla– la decisión de Mariano Rajoy de activar la vía del artículo 155 de la Constitución, que de materializarse acarreará de facto la suspension temporal de la autonomía catalana. A la agresión independentista –abolición del Estatut y la Constitución en Catalunya, organización de un simulacro de referéndum pese al veto judicial, amago de una declaración unilateral de independencia…– responde el Estado con un contragolpe tanto o más contundente.

FALACIAS AL DESCUBIERTO

El temido choque de trenes ya ha causado irreparables desperfectos en la economía catalana y en la cohesion social, evidenciando que quienes vendieron ilusión ejercían en verdad de ilusionistas: no era cierto que meter papeletas en urnas condujese a una independencia pacífica; ni que la banca y las empresas se iban a quedar pasase lo que pasase; ni que la UE daría la espalda a España para reconocer la república catalana y acogerla en su seno. Quedan al descubierto las falacias soberanistas, como lo hicieron las del ‘brexit’.

Y lo peor aún está por llegar. El 155 puede desencadenar, si el independentismo así lo decide, una revuelta social de consecuencias previsibles: desobediencia, detención de politicos, enfrentamientos civiles y, digámoslo con todas las letras, violencia de diverso signo.

Esta es la catástrofe que nos aguarda si nadie echa el freno. Hoy es Carles Puigdemont, presidente de todos los catalanes, quien tiene en sus manos ahuyentar el drama. Solo él, anteponiendo la responsabilidad institucional a sus legítimos deseos, puede preservar el autogobierno y la paz social mediante una salida tan democrática —y reclamada por el 68% de los catalanes— como convocar elecciones al amparo del Estatut, desactivando así el mecanismo del 155. ‘President’: por Catalunya, ponga las urnas.

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