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Puigdemont boicotea la reunión con Sánchez

Horas bajas para las relaciones entre La Moncloa y la Generalitat. El fugitivo Carles Puigdemont sigue moviendo los hilos desde su lujoso refugio en Waterloo y presiona para un choque de trenes con Madrid. Según fuentes de su entorno, el prófugo no está nada quieto y mantiene contacto con su sucesor, Quim Torra, y otros líderes soberanistas. De aquí la negativa del president a reunirse con Pedro Sánchez el próximo día 21, tras la celebración del Consejo de Ministros extraordinario en Barcelona. Ante el próximo juicio por el 1-O en el Tribunal Supremo, Puigdemont quiere forzar una ruptura total con el presidente del Gobierno y, además, ha lanzado una clara advertencia en sus últimas conversaciones: «El president legítimo de Cataluña soy yo». El rechazo de Torra para acudir al aniversario de la Constitución y las protestas de los presos independentistas, forman parte de la estrategia de Puigdemont para escenificar alta tensión de cara al juicio por el «procés».

Quedan tres semanas para la fecha en que Sánchez y su Gobierno se trasladarán a Barcelona, y en política nunca hay nada definitivo. Sin embargo, fuentes de Moncloa y el Govern desconfían en reconducir la situación.

La exigencia de Torra de celebrar una cumbre bilateral entre ambos gobiernos es inaceptable para Moncloa, dado que ofrecería una imagen de «igual a igual entre dos países soberanos». En los entresijos del Palau reconocen las presiones de Puigdemont para que el encuentro no se oficialice, puesto que él se sigue considerando el único president de Cataluña legalmente elegido por las urnas. La coincidencia de fechas con el juicio contra el «procés», previsto para la segunda quincena del mes de diciembre, obliga a los soberanistas a tensar, aún más, la cuerda. Las malas expectativas electorales del PDeCAT, sumido en una profunda división, frente al auge de Esquerra Republicana, avivan la radicalidad del discurso de Torra, alentado por su antecesor. «Ahora todo está patas arriba», admiten ciertos dirigentes separatistas.

Puigdemont ha querido disfrazar la mala sintonía entre el PDeCAT y ERC con la imagen de los presos independentistas en la cárcel de Lledoners, difundida por Òmnium Cultural y a quien muchos sitúan al prófugo como uno de sus ideólogos. Conocida ya en ambientes soberanistas como «La foto de campo», por el buen aspecto y sonrisas que exhiben, incluido Oriol Junqueras, el objetivo es iniciar una campaña de protestas contra el Tribunal Constitucional y la parálisis de sus recursos. Ello impide al independentismo elevar sus causas a la justicia europea, algo que viene trabajando el propio Puigdemont a través de sus contactos en Bruselas y Estrasburgo. De hecho, las defensas de los presos se aferran a que tribunales de Bélgica, Alemania y Escocia han sido sensibles al rechazar la extradición de Carles Puigdemont, los ex consellers huidos a Bruselas y Clara Ponsatí en Escocia. La paralización de los recursos de amparo en el TC impide una ofensiva judicial en Europa que mitigaría el delito de rebelión.

La oleada de protestas ha comenzado con la huelga de hambre de dos de los encarcelados en Lledoners, el ex conseller Jordi Turull, y el líder de la ANC, Jordi Sánchez. Otros como Oriol Junqueras y Jordi Cuixart meditan iniciativas visibles a lo que consideran «una arbitrariedad de la justicia española». El líder de ERC se enfrenta a una pena de 25 años de prisión por un delito de rebelión, mientras que para Sánchez y Cuixart la pena es de 17, y la de Jordi Turull, Raül Romeva, Joaquim Forn y Josep Rull, de 16. Todos mantienen en el seno de la prisión diferencias políticas de actuación, por lo que la foto de la unidad sonriente persigue «una mirada plural contra la justicia española» y el inmovilismo del Tribunal Constitucional, según fuentes cercanas a los presos. Desde Bruselas, Puigdemont diseña una campaña con líderes flamencos para poner en la diana del debate político europeo lo que define como «la gran represión» contra Cataluña.

Entre tanto, el fugitivo prosigue con su agenda en la llamada corte de Waterloo. Rodeado de un núcleo duro que lidera su íntimo amigo, el empresario Josep María Matamala, el fugado lleva una vida lujosa que, según su entorno, costea con su sueldo de diputado y aportaciones de amigos. Una elevada suma que pasa por los casi cinco mil euros de alquiler de la mansión, varios coches con conductor y personal de servicio. Desde la proclamación de la DUI (Declaración Unilateral de Independencia) y lo que él llama su «exilio político», teledirige la línea dura de confrontación con el Estado, mantiene el contacto con su familia en Gerona, acude a la ópera, lee prensa extranjera y ha aprendido el idioma flamenco que une a su dominio del inglés, francés y rumano. Para sus adversarios está cada vez más solo, mientras que los suyos aseguran que jamás dará un paso atrás y maneja los hilos de su sucesor, Quim Torra, ante una Generalitat acosada por las manifestaciones contra los recortes y un partido fuertemente dividido.

La presentación de la Crida Nacional por la República refleja el enfrentamiento con su propio partido, el PDECaT, lastrado electoralmente por los casos de corrupción de la antigua Convergencia, y tampoco despega como esperaba. Las encuestas otorgan a Esquerra Republicana una clara victoria y las candidaturas de las municipales aumentan las diferencias. Alejada por el momento la candidatura unitaria, ERC apuesta por su candidato, Ernest Maragall, mientras Puigdemont baraja los nombres de Pilar Rahola, Ferrán Mascarell y hasta el propio Xavier Trías, antecesor de Ada Colau en el Ayuntamiento de Barcelona.

El caos en el ámbito posconvergente es total, hasta el punto de que muchos dirigentes auguran una ruptura del partido a principios de año, una vez finalizado el juicio contra el «procés».

De momento, Pedro Sánchez se desplazará a Barcelona el próximo día 20, con una agenda repleta de actos, un día antes del Consejo de Ministros que tiene previsto aprobar medidas favorables para la economía catalana. El pulso entre Moncloa y La Generalitat se mantiene ante la posible entrevista de los dos presidentes, aunque como bien dice una fuente monclovita: «En política nada es verdad ni es mentira, todo depende del cristal con el que se aprecia». En el entorno de Puigdemont, los presos independentistas presionan para que de ninguna manera se celebre y, mucho menos, con el juicio del Supremo en puertas. El fugado mantiene su «dolce vita» en Bruselas, mientras Junqueras sigue en la cárcel, lo que aviva las tensiones con ERC.

Las heridas siguen abiertas y el juicio oral ante el Tribunal Supremo las escuece aún más. Un año después del 1-O, decadente y decaído como presidente de la Generalitat de Cataluña, Carles Puigdemont es la caricatura de un independentismo en flagrante división pero, advierten los suyos, jamás se rendirá.