Inicio Actualidad ¡Qué vergüenza de prensa! ¡Cómo hemos caído tan bajo!

¡Qué vergüenza de prensa! ¡Cómo hemos caído tan bajo!

De vez en cuando considero necesario, máxime en estos tiempos de mentiras al por mayor, reproducir el discurso de John Swinton, prestigioso periodista del New York Times y otros rotativos, en el transcurso de una cena, organizada por profesionales de los medios en su honor. Cuando alguien propuso hacer un brindis por la prensa libre, estas fueron sus palabras: “No existe la prensa libre.

Ustedes lo saben tan bien como yo. Somos esclavos. Ninguno de ustedes se atreve a escribir su honesta opinión, y si lo hiciese, saben perfectamente que no saldría impresa. A mí me pagan por que no escriba en el periódico donde trabajo, mi sincera opinión. A ustedes les pagan por lo mismo que a mí, y si alguno estuviese tan loco como para decir sinceramente lo que piensa, pronto estaría buscando trabajo. Si yo me permitiese escribir lo que pienso de muchos temas, en veinticuatro horas estaría despedido. El trabajo de los periodistas es destruir la verdad, es mentir descaradamente, es pervertir, es vilipendiar, es adular a los que tienen el dinero y es vender a su patria y a su raza para ganarse el pan. Ustedes lo saben igual que yo. Nuestro tiempo, nuestros talentos, nuestras vidas, nuestras posibilidades, son propiedad de otros hombres. Nosotros somos las herramientas y los siervos de los ricos que están tras bastidores.

Nosotros somos solo muñecos; ellos tiran de los hilos y nosotros danzamos. Nosotros somos prostitutas intelectuales”. Tristes palabras, que parecen propias del mundo distópico de hoy; sin embargo, Swinton dijo esto ¡¡¡en 1883!!! Quizá sean algo exageradas —o quizá no—, pero sí es cierto que hay pocos profesionales de la pluma libres y comprometidos con la verdad. Los periodistas están obligados a servir a la ideología que defiende la empresa de comunicación, quien a su vez debe seguir ciertas directrices más sutiles.

Es cierto que existe una libertad relativa. Es más, yo diría que muchos periodistas ignoran que no son libres, porque nunca han dado un paso más allá de lo meramente cotidiano. Quizá nunca se han puesto a investigar un asunto de envergadura, de los denominados peligrosos, de esos que, de saberse la verdad, podrían hacer tambalear los cimientos de instituciones o personas de relevancia; o casos de implicación gubernamental en algún tema turbio [1].

El mundialmente conocido “Octopus” o Casolaro es un ejemplo de lo que hablamos. El periodista apareció muerto en circunstancias extrañas en la habitación de su hotel cuando investigaba un asunto de corrupción en las altas esferas.

Y no digamos nada si el tema está relacionado con la pederastia, el secuestro de niños para orgías sexuales, torturas o sacrificios en extraños rituales de las élites. Todo esto existe, pero los responsables de los medios, sabiendo que se trata de material delicado, prefieren no complicarse la vida y pasar de largo. ¿Alguien se atreverá a bucear en las cloacas del caso Jeffrey Epstein ahora que se ha descubierto la relación del inefable Bill Gates con el magnate de la Isla de las Lolitas y su avión repleto de pervertidos psicópatas? Mucho me temo que no. Como tampoco se ha esclarecido nada sobre el “suicidio” de Epstein en la cárcel, cosa que pronosticamos cuando fue detenido. El sistema no podía permitir un pacto con la fiscalía, a cambio de tirar de la manta.

El castigo no siempre es la “pena capital”. Cuando un comunicador es demasiado revoltoso a la hora de investigar ciertos asuntos, se le retira, se le silencia, se le ningunea o se le deja morir de asco. Hay ciertos temas intocables, y los que se atreven a ello deben pagar un alto peaje y arrastrar el sambenito, colocado incluso por el propio gremio, transmisor de la “verdad oficial”.

En otro orden de cosas, independientemente de que la “gran” información se diseñe en los despachos de ciertos think tanks, en los últimos años, la prensa escrita sufre el síndrome de la trivialización. Imitan la ligereza de la televisión y por ello dedican demasiadas páginas a noticias frívolas, intrascendentes o de sucesos.

En teoría, la televisión nació como un servicio a la sociedad. Esa es la lógica idea que tiene el ciudadano medio, muy lejos de imaginar cómo se gestan determinados cambios, cómo se lanzan campañas para moldear a la masa, cómo nuestros gustos son conformados y nuestras ideas imbuidas en gran parte por personas a las que nunca hemos visto ni oído. Sin embargo, debemos traspasar la frontera de la lógica y analizar los hechos, en función de los datos que hasta la fecha hemos ido colocando en el tablero para completar el puzle.

Sentada esta premisa, no podemos hablar de la televisión y su influencia en las masas haciendo caso omiso al proyecto que unas mentes perversas, expertas en la conducta humana preparaban para la sociedad a medio plazo. Se trataba de crear un tipo de humanidad distinta, donde los viejos valores no tuvieran cabida, salvo como algo anacrónico. Mantener la trivialidad es el lema.

Los informativos, por ejemplo, son los espacios serios de la televisión y así es comparativamente al resto de la programación. No obstante, el cambio de paradigma social propiciado por los medios de comunicación electrónicos exigió que los telediarios perdieran su aspecto adusto y casi “académico” para convertirse en una especie de mezcolanza donde una gallina que nace con dos cabezas o el desfile de ropa interior de Victoria Secret tienen, prácticamente, el mismo valor informativo que la bajada de la Bolsa [2]. No es que estemos reivindicando los telediarios de estudio de hace unas décadas, en las que un periodista serio hacía una crónica de lo acontecido de relevancia en el mundo.

En la actualidad, prima la imagen sobre el contenido. No cabe duda que esta es muy importante y necesaria, pero solo si completa o complementa la información, cosa que no siempre es así. Hoy se practica una suerte de fraude consentido, imponiendo imágenes sucesivas, sin sustancia, que no contribuyen a una mejor información, solo por captar la atención del espectador pasivo. No importa si lo que se locuta y muestra tiene calidad o es un seudoacontecimiento, creado artificialmente para la televisión, o es noticia propia de tabloide si se puede conseguir un mayor share.

Los informativos nos dan las noticias políticas, cada uno con un enfoque, dependiendo de la ideología del grupo mediático al que pertenece la cadena. Los de los canales públicos siempre representan al gobierno de turno, a quien tratan con guantes de seda, por lo que son harto previsibles, y cuando conviene, sustituyen la información por la desinformación, es decir, información engañosa al más puro estilo de la KGB o la CIA, como dice Postman [3]. Esto ocurre, sobre todo, en las campañas políticas en tiempo de elecciones o con asuntos tan polémicos como el cambio climático, los temas energéticos, las cuestiones de género, las opciones sexuales o el terrorismo.

Los sociólogos han remarcado la tendencia de los noticieros a contar todo lo cercano, aunque no sea trascendente ni tenga carácter de noticia. Hoy, los espacios de informativos transforman en noticia lo trivial y anecdótico. Por ejemplo, una explosión de gas que derribó un muro, un jabalí atropellado en la carretera, un señor aquejado de síndrome de Diógenes o la crecida de un río. Estas noticias no son de interés general y mucho menos los minutos de imágenes con las que los editores las aderezan: una ventana caída, escombros y unos vecinos mirando; una carretera con unos agentes del orden; una casucha atiborrada de basura y el río crecido.

Este interés en hacernos partícipes de lo cercano nos aleja del mundo y crea apatía y desinterés por los acontecimientos que sí son de relevancia social y política. Sartori narra en su Homo videns un hecho que sintetiza lo que estamos diciendo. Cuando en 1989 la ABC retransmitió en directo uno de los acontecimientos más importantes de los últimos tiempos, como es la caída del muro de Berlín, tuvo la cuota de pantalla más baja de todos los programas emitidos en esa franja horaria. Dice el sociólogo a este respecto que “si las preferencias de la audiencia se concentran en las noticias nacionales y en las páginas de sucesos es porque las cadenas televisivas han producido ciudadanos que no saben nada y que se interesan por trivialidades”.

No ha pasado inadvertido a los expertos que las noticias internacionales ocupan algunos minutos del espacio informativo. Ello contribuye a la aldeanización que preconizaba Mc Luhan. La aldea global ha hecho de los habitantes de las antípodas nuestros vecinos, y sus problemas los nuestros, pero solo mientras duran las imágenes.

En la aldea global interconexionada no estamos mejor informados. Neil Postman dijo a este respecto estas esclarecedoras palabras: “Con toda probabilidad, los estadounidenses son hoy la población que más entretenimiento tiene y la menos informada del mundo occidental” [4].

Hoy conocemos mejor lo anecdótico como si ocurriera en nuestra ciudad, pero desconocemos lo relevante. De Indonesia, solo se habla cuando hay un tsunami; del Caribe, cuando algún huracán azota sus costas; de Haití cuando hay un terremoto.

Este nuevo modelo de informativo empezó en Estados Unidos con la competencia de las cadenas en su lucha por la audiencia. La CBS, paradigma de la información norteamericana, llegó a justificar la baja calidad de la información arguyendo que era una cuestión de preferencia de los espectadores, y que si la audiencia subía con hechos luctuosos o terremotos y huracanes había que ofrecer eso [5].

Lo expuesto queda sintetizado en estas palabras de la biografía de Walter Cronkite [6], La vida de un reportero, publicada en 1996: “En un tiempo efectivo de 21 minutos teníamos que resumir el universo humano de ese día. Era imposible, pero intentábamos realizarlo con seriedad. Actualmente, no lo hace casi nadie: los telediarios agitan al público para aumentar la audiencia. […] La televisión no puede ser la única fuente de noticias, no está preparada para ello. Los falsos debates televisivos, los eslóganes, los anuncios publicitarios, los foto-flash, todo esto transforma la política en teatro” [6].

Hay que tener presente que las noticias, sobre todo, las de relevancia internacional se presentan de acuerdo a lo que dicta el sistema. Algunas incluso se omiten en su totalidad, o se las cocina para que lleguen a la mesa del ciudadano, debidamente digeribles, según convenga a los intereses del estáblisment. En otros casos, no son noticias, sino auténticos bulos-relato, muy bien urdidos con los que se bombardea inmisericordemente a la ciudadanía. ¡Y ésta, encantada con la droga! Un ejemplo palpable lo tenemos en la narrativa repetitiva de la pandemia, con sus múltiples apartados sobre higiene, confinamiento, distancias, olas, número de muertos, positivos, asintomáticos, contagiados, vacunados, ingresados e intubados, todo ello con el fin de mantener a la sociedad aborregada y confusa. Ni una palabra de verdad. Mienten en todo, de principio a fin. Desde el origen del virus a que este sea el causante de la COVID. Ni una palabra sobre los adyuvantes de las vacunas de la gripe –el polisorbato-80 y el tritonx— que parecen ser los causantes de las neumonías del 2018 y 2019, eso que ahora se llama COVID. Ni una palabra sobre el óxido de grafeno que, supuestamente, contienen los viales. Ni una palabra sobre las muertes por la vacuna, tanto de personas mayores como de jóvenes, así como de sus múltiples efectos adversos. “La causa del fallecimiento después de recibir la vacuna se llama COINCIDENCIA”. Así les aleccionaron los representantes de los laboratorios, tras exigir inmunidad a los gobiernos. Sabían que esto ocurriría, porque los animales se les morían en los ensayos.

El plan de vacunación es un genocidio por parte de los fabricantes y un suicidio asistido de la mano de los diferentes gobiernos que inducen a la población a inocularse “algo” que no inmuniza, por lo cual hay que ponerse más dosis, seguir con mascarilla, guardar la distancia y seguir contagiando. Eso sí, a los vacunados les hacen las PCR con menos ciclos para evitar la vergüenza de los positivos. Y la sociedad traga todo esto por miedo; un miedo irracional a la muerte; un miedo contagioso y propagado a través de los medios. Pero ni una palabra de todo esto. Y, por desgracia, no es cosa de Pedro Sánchez, sino de esas cúpulas que él visita periódicamente, de las que recibe órdenes, que son las que lo han encumbrado para esta misión satánica de destruir a España con los españoles dentro, llenándonosla de mezquitas y muyahidines, con hembras preñadas para cumplir con la profecía de Ben Bella: “Conquistaremos Europa con los vientres de nuestras mujeres”. “Y con el voto”, añadió Gadafi. Pero nada de esto se dice. Todo lo contrario. Hay que honrar al invasor. ¿Dónde están los periodistas con vocación de servicio? La historia pasará factura a esta profesión que ha olvidado su código deontológico y su razón de ser.

NOTAS:

[1] Hay varios comunicadores en todo el mundo, cuyas muertes nunca han sido esclarecidas. Según la opinión de algunos allegados que han seguido la evolución de su enfermedad, a nuestro querido amigo, Andreas Faber-Kaiser, le inocularon el VIH. Escribió el libro Pacto de silencio sobre la gran mentira del síndrome tóxico, y había declarado públicamente que nunca dejaría que el tema cayese en el olvido. Es tanto lo que hay detrás, que un vocero así, vivo es demasiado peligroso.

[2] No es una broma ni un ejemplo. Ocurrió en realidad. Bill Moyers dice sobre el particular: “En la CBS empezaron con el deseo de satisfacer al espectador […], de atraerlo. Pero enseguida la policía fiscal se encontró compitiendo con una oveja de tres patas y ganó la oveja”.

[3] Neil Postman, Divertirse hasta morir. El discurso público en la era del show business, Ediciones Tempestad, Barcelona, 1991.

[4] Siempre nos llamó la atención cuando estábamos en Estados Unidos, lo difícil que era ver en los telediarios noticias internacionales. Se comentó con cierta guasa cuando la guerra del Golfo, que los estadounidenses no sabían dónde se encontraba el golfo Pérsico. Y no es de extrañar, porque sus asignaturas de geografía e historia se limitan a su país.

[5] En Estados Unidos, la televisión por cable que ofrece solo noticias no sobrepasa el 1 por ciento de audiencia. Las noticias políticas tienen una cuota de pantalla de un 10-15 por ciento.

[6] Walter Cronkite estuvo al frente de las noticias de la noche en la CBS hasta 1981, fecha de su jubilación. Fue la voz oficial de la información en América, y entre las noticias que dio cabe citar el lanzamiento de la bomba atómica, los juicios de Núremberg, la guerra del Vietnam, la muerte del presidente Kennedy, la llegada a la Luna y el caso Watergate. Es un ejemplo a seguir por los profesionales de la información.

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