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¡Que vienen los comunistas!

Si una suerte de plaga bíblica no lo remedia –que no parece–, el Reino de España tendrá en la mesa del Consejo de Ministros a varios titulares de militancia y obediencia comunista

Pues sí, aunque parezca increíble, en pleno siglo XXI, en una sociedad avanzada y acomodada como la nuestra, con toda la historia trágica que arrostramos y los padecimientos de medio mundo en la centuria pasada, aún existen comunistas, devotos de seres como Lenin, Stalin, Mao, Pol Pot y demás criaturas que se presentaron en este mundo con la misión principal de arrebatar vidas por millones en beneficio propio y de su guardia de corps. Desde la propia tribuna de oradores del Congreso de los Diputados se ha podido escuchar a Alberto Garzón, ministro in pectore, elogiar la ideología de la hoz y el martillo sin vergüenza alguna. Este baluarte y epígono de los jerarcas de la antigua DDR y de su muro de Berlín, intentará regalarnos algunas dosis de su particular sentido de la libertad. No pretendemos aquí recordar con cifras –aunque podríamos, pues nunca estaría de más– las secuelas del sistema más criminal probablemente de la historia de la humanidad, de la miseria y de la vida para la muerte que ha consagrado en estas décadas, sino aprovechar el extraordinario banco de pruebas que ha supuesto la Península de Corea desde 1945, guerra mediante, tras su división entre los dos modelos antagónicos –comunismo y democracia– para evaluar su desarrollo y la incidencia sobre la población afectada. Hoy, los pulsos vitales de ambas comunidades son inobjetables a favor de la libertad del sur. Desde el PIB –la riqueza– hasta la esperanza de vida pasando por la población, incluida la altura media de la ciudadanía a un lado y otro del paralelo 38, las infraestructuras, etc. En lo único que la dinastía norteña de los Kim, ahora representada por el nietísimo Kim Jong-un, abruma a sus vecinos es en el aparato militar, como era y es preceptivo en toda tiranía comunista. 75 años después, el régimen liberal y la economía de mercado han sepultado bajo toneladas de prosperidad y bienestar el falsario paraíso rojo que hoy algunos tienen la desvergüenza de vendernos en España como esa tierra prometida que algún día alcanzaremos. Esperemos que no y que con su pan, que no con el nuestro, se lo coman en sus acomodadas dachas.

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