Que vuelva al Born el Franco decapitado

Aunque con un año de retraso, el Born celebra estos días un aniversario injustamente olvidado, el del arrojo de una pandilla de actores que en noviembre de 1976 reabrieron aquel colosal mercado, clausurado desde 1971, para representar durante tres días de noviembre una alocadísima versión del ‘Don Juan Tenorio’. El ayuntamiento de hace 41 años tenía previsto demoler el esqueleto férreo del Born. Ya veía ahí los beneficios de un párking o de unos pisos. El movimiento vecinal se oponía a aquel desatino, pero les faltaba un empujón. Y en estas llegó la Asamblea de Trabajadores del Espectáculo (ATE), una caterva de ácratas, como se decía entonces, y montó un ‘Tenorio’ con más de 100 actores, entre ellos nueve ‘donjuanes’ y 15 ‘ineses’. Eligieron una fecha, además, atrevida, 20-N, primer aniversario de la muerte de Franco, lo cual invita a revisitar este aniversario con una mirada distinta.

El pasado sábado se reunieron frente a las puertas del Born varios de los impulsores de aquel reivincativo ‘Tenorio’. Era una mesa redonda en la que participaron las actrices Carme Elias y Vicki Peña, los actores Juanjo Puigcorbé y Mingo Ràfols, el ‘orquestaplatero’ Manel Joseph, el director teatral Mario Gas, el gestor cultural Joan Maria Gual y un despistadísimo Javier Mariscal, que allá por los 70 participaba de todo aquel despiporre desde su piso de la calle Comerç, donde nació el primer cómic underground de España, ‘El Rrollo enmascarado’.

Un aniversario pospuesto

Lo normal hubiera sido que ese acto de recuerdo de aquellos viejos tiempos se hubiera celebrado hace ahora un año, porque el aniversario eran entonces de cifra redonda, 40 años, pero no pudo ser porque en octubre y noviembre del 2016 Barcelona se había metido de cabeza en un desconcertante debate que merece ser revisitado y reevaluado. Aún permanece en la memoria colectiva. Fue la polémica del Franco decapitado que se pretendía exhibir a las puertas del Born. Lo que hubieran dado los actores de la ATE en 1976 para disponer, como material de atrezo o como cartel promocional, tanto da, de una estatua escuestre del dictador sin testa, aunque a la hora de la verdad habría sido imposible de ejecutar, porque eran tiempos en que los policías aún vestían de temible color gris.

Tras 2,5 millones de euros dedicados al Tricentenari de 1714, el Born se sacralizó hasta límites insospechados

Total, que la mesa redonda no solo se celebró en la calle sino que el público estaba cómodamente sentado exactamente allí donde sobre un pedestal se puso hace un año el Franco de Viladomat. La historia, dicen, la cuentan siempre los vencedores. Ahí va una cifra para contextualizar la cuestión. En el año 2014, el gobierno municipal de Xavier Trias destinó dos millones y medio de euros a conmemorar el tricentenario de la caída de Barcelona en 1714. Fue un bombardeo de actos y exposiciones que terminó por sacralizar el Born, por dotarle de un aura de Massada catalán. La exhibición de un Franco decapitado, lo nunca visto en España, la fantasía húmeda de cualquier antifranquista, fue abortada por los ataques independentistas que sufrió la escultura, ya de por sí toda una performance.

El reencuentro de aquellos exmiembros de la Asamblea de Trabajadores del Espectáculo (una escisión libertaria de la más comunista Asamblea de Actores y Directores de Barcelona) el pasado sábado forma parte de la programación que la actual dirección del Born Centre Cultural ha decidido dedicar a ese periodo en el que el edificio, tras su clausura como mercado, fue un faro de la contracultura, la disidencia y la desobediencia. Recuerda esa etapa una pequeña pero muy recomendable exposición fotográfica que se exhibe en uno de los laterales del recinto. Aquella es una etapa menos documentada de lo que cabría suponer, pero el fotógrafo Pere Virgili ha logrado reunir con paciencia, gracias a colegas de profesión, una colección de imágenes estupendas de mucho de lo que allí sucedió después de que fuera mercado y antes de que fuera un espacio dedicado a la memoria. Las fotografías muestran un Born decandente desde el punto de vista arquitectónico, pero versátil y multifuncional, pues tanto acogía parrandas épicas como un Saló del Comic, mítines de campaña electoral (Fraga, por ejemplo) o exhibiciones karatecas de los bomberos de la ciudad.

La colección, eso sí, arranca merecidamente con el ‘Don Juan Tenorio’, porque sin él tal vez nada de lo posterior hubiera sido posible. Se programaron tres representaciones. Era noviembre y nevaba. El primer día pasaron por el recinto, que no por taquilla, unas 5.000 personas. El tercero, 20.000, que se dice pronto. Había varios escenarios. En cada uno de ellos se representaba un acto de la obra de Zorrilla, pero con diferente director y con distinto reparto. Entre acto y acto era posible mover el bigote. Había tenderetes para yantar y beber. Algunas de las tortillas de patatas, por ejemplo, eran en parte obra de una Doña Inés, Carme Elias. La apoteosis llegaba al final, con Pau Riba en el papel de otra Doña Inés, vestido más bien de Rita ‘Gilda’ Hayworth, que ascendía a los cielos dentro de una jaula. Mingu Ràfols describe de un modo delicioso el recuerdo que guarda de aquellos tres días. “Aquello era como la Rambla pero a cubierto”, y no cualquier Rambla. Se refería a la de los 70, una explosión de vida y contracultura, la que por resumirlo se suele decir, merecidamente, la Rambla de Nazario.

El Born recupera una etapa vibrante pero olvidada, cuando el poder político, tras la muerte de Franco, era esclerótico

Aquel periodo, ‘Tenorio’ incluido, ha caído en una suerte de limbo histórico. A menudo se narra la muerte de Franco y la constitución de los primeros ayuntamientos democráticos como dos acontecimientos encadenados, cuando lo cierto es que hubo un extraordinario periodo de interregno en que la cultura no era una graciosa concesión de las autoridades al pueblo, sino una iniciativa que nacía en la calle, en este caso del entusiasmo de un amplio grupo de actores que estudiaban en el Institut del Teatre, gente que se pasaba el día en leotardos, sobre el escenario o en la calle. “El poder era entonces algo esclerótico”, recuerda Mario Gas. También los recursos de que se disponía. El ‘Tenorio’ del Born no llenó la caja. La mayor parte del público entró por la cara. El remedio fue organizar aquel fin de año una fiesta en el Poble Espanyol, a un duro la entrada. Con lo recaudado se abrió el Salón Diana, “la perla negra del barrio chino”, apostilla Gas. Su estrella brilló 18 meses, pero qué 18 meses.

El caso, por concluir, es que el sábado algunos de los protagonistas de aquel despiporre contaron anécdotas antes de que se las lleve el viento del tiempo (eso era previsible), pero de paso demostraron que algo les queda del ‘esprit de chicane’ que les movía hace ahora 41 años. Rompió el hielo Mariscal, disconforme con que el Born haya terminado convertido “en un cementerio”. Hermann Bonnin, entre el público, pidió un micro y se sumó a la queja. Después lo hicieron otros, extrañados de que un espacio tan imponente sirva básicamente para guarecer un yacimiento arqueológico del que presume un determinado poder político. Ninguno de ellos tenía en mente el precio de este camposanto del catalanismo. 74 millones de euros. Esa es la cifra. Sin Franco decapitado.

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