¿Quieren sangre?

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Xavier Rius*.- El discurso de Quim Torra no fue el discurso de un presidente de la Generalitat, fue el discurso del presidente de los CDR. A las puertas de un otoño caliente -y con TV3 echando leña al fuego- es una irresponsabilidad tremenda que llame a recuperar el “apoderamiento popular” del año pasado.

¿Qué quieren? ¿Muertos? A veces creo realmente que el proceso desea alguna víctima para echarle la culpa al Estado. Y que están convencidos de que la independencia bien vale una guerra. Al menos una guerra corta. Como la de Eslovenia. Aunque olvidan que en Eslovenia no fueron una decena de muertos como se cree sino más de setenta.

Porque estas cosas se saben cómo empiezan pero nunca como acaban. En cierta manera el propio Torra admitió que todo el follón del año pasado tenía por objeto atraer la atención de la prensa mundial.

En un momento dado manifestó que “es innegable que la causa catalana ha avanzado en la esfera internacional mientras aquí sufríamos la fase más aguda de la represión. De hecho, ambas cosas van ligadas”. En realidad eso ya lo admitió en un libro un exalto cargo que estuvo en los entresijos del proceso durante cinco años.

Torra no es un político -le falta instinto, cintura y background aunque haya leído mucho-, es un activista al que puso a dedo su predecesor. La votación en el Parlament fue un puro trámite.

A mí me pareció que tenía la misma desconexión de la realidad -disonancia cognitiva lo llaman los expertos- que el propio Puigdemont cuando dijo que “delante de la opinión pública internacional nuestra causa es más sólida y respetada que nunca”. Pero si en Bruselas se ríen de nostros. ¿Hay algun apoyo más aparte de Julian Assange o Pamela Anderson, por citar un par de nombres?

También que cometía los mismos errores. Cuando hablaba del “poble de Catalunya” parecía una cosa monolítica. Olvidaba que Ciudadanos ganó las últimas elecciones con 1,1 millones de votos. Y que, con el censo electoral en la mano, hay más catalanes en contra del proceso que a favor.

La Catalunya de la que habla Quim Torra no existe: és sólo el 47% de los votantes. Llegó a hablar de un país “cohesiondo por unos valores de convivencia, de paz y de fraternidad” pese a que los que cuelgan lazos amarillos y los que los descuelgan están a punto de llegar a las manos. En algunos casos ha ocurrido ya.

También utilizó las mismas posverdades de siempre. Como aquella que insiste en que el 80% de la sociedad catalana está a favor del derecho a decidir. Hace tiempo -con ayuda de un redactor de e-notícies que fue hasta el origen- ya expliqué que el dato sale de … ¡una encuesta de Rac1 del 2012! . Lo han venido repitiendo machaconamente desde entones.

Es curioso, por otra parte, como citaba los errores del Estado sin ser capaz de mencionar ninguno en el campo propio. Ni el más mínimo ejercicio de autocrítica. No han cometido ninguno. Son infalibles. Este complejo de superioridad ha sido letal en el proceso.

Incluso cuando hablaba del “viejo Estado español de siempre” se equivoca porque, a pesar de todas las carencias y defectos, nadie en la UE considera que España es una dictadura. España forma parte de las Naciones Unidas, de la UE, de la OTAN y del FMI. Va a Eurovisión y equipos españoles juegan en la Champions.

Equiparar a España con Turquía no se sostiene por ningún lado. De hecho, en cuanto Erdogan empezó a encarcelar periodistas y políticos de la oposición hasta Rufián y Joan Tardà dejaron de hacer la comparación.

Quizá la fake news más divertida fue cuando afirmó -en alusión al expresidente Puigdemont y el resto de consejeros fugados- que “aquí nadie ha huido de la justicia”. ¿Cómo que no? ¡Y además sin avisar! Se dio a la fuga sin ni siquiera llamar por teléfono a Junqueras como se ha sabido ahora. Yo, cuando veía a los dirigentes de ERC aplaudiendo en primera fila, pensé: ¿Pero qué aplauden?

Es cierto que Quim Torra tenía que contentar a todos: a los hiperventilados con un lenguaje radical y a los que se les ha puesto el miedo por corbata. Como algunos de los más ilustres palmeros que ahora empiezan percibir seriamente los riesgos del proceso. ¿Ahora? Cuesta de creer que analistas con la perspicacia de Francesc-Mar Álvaro -por citar uno- no lo vieran antes. A ver si serán las cosas del comer. Sólo Pilar Rahola permanece incombustible. Va con el sueldo de TV3.

El president Torra no es la persona que nos sacara del conflicto. Al contrario, lo empeorará todavía más. Y no me refiero al conflicto entre Catalunya y España -que también- sino sobre todo al conflicto entre catalanes.

Entre otra razones porque cayó de nuevo en tics peligrosos como cuando, al igual que en su artículo en El Periódico, volvió a hablar de un “pueblo unido contra el fascismo”. Como si todas las personas que retiraran lazos amarillos fueran fascistas. Este lenguaje -o las arengas radiofónicas desde el Ayuntamiento de Vic- recuerdan el ambiente prebélico de los meses anteriores a la Guerra Civil.

También repitió el mensaje de que la causa de la indepdencia es “una causa justa”. Pero, en democracia, oponerse a ella es una causa tan legítima como la contraria. Unos no son los buenos y los otros los malos. Además, las causas justas han llevado a momentos terribles en la historia de Europa.

No hubo ni una sola propuesta excepto el más de lo mismo. Incluso cuando anunció que no aceptaría sentencias condenatorias -un mensaje que repite desde finales de agosto- no aclaró qué hará en el caso que lo sean. Se limitó a decir que “estudiaré qué decisiones hay que tomar y me pondré a disposición del pueblo de Catalunya”. ¿Qué pretende? ¿Una huelga de hambre? ¿Quemarse a lo bonzo?

Los hiperventilados andan estos días inquietos ante el frenazo de las expectativas. El propio presidente les engañó porque aseguró, nada más empezar, que “no hemos hecho ni un paso atrás”. Es mentira, claro. Ni siquiera se atreven a enviar escoltas a Bélgica para el expresidente y el Parlament permanece cerrado -al menos el pleno de la cámara- porque JxCat y ERC no se ponen de acuerdo sobre los diputados suspendidos.

El procés ha acabado poniendo lazos amarillos en los balcones y pidiendo la libertad de los presos. Para este viaje no hacía falta alforjas. Haber convocado elecciones. Nos habríamos ahorrado un montón de gente en la cárcel o en el extranjero. Excepto los Jordis, que fueron los primeros. En cierta manera se dejaron utilizar o se creyeron que esto iría hasta el final. Me sabe mal por ellos.

Hay una verdad incuestionable y Torra desaprovechó otra oportunidad de oro para reconocerla: No se puede hacer la independencia con el 47% de los votos. El resultado no es sólo el de las últimas elecciones (47,5%) sino también el de las anteriores del 2015 (47,7%).

En realidad se ha mantenido casi inalterable en los últimos años a pesar de los denonados esfuerzos de TV3 y Catalunya Ràdio. En las elecciones del 2012 fue del 47,8% (CiU, ERC y CUP). Y en las del 2010 el 48,7% (en este caso CiU, ERC y Solidaritat). Pese a que entonces no todo el voto de CiU era indepe.

Al fin y al cabo el cabeza de lista, Artur Mas, no se presentó a la cita con la independencia como bandera sino con la idea de acabar con el tripartito de una vez por todas. Mientras que Unió todavía formaba parte de la coalición aunque luego se vio que su peso electoral era irrelevante.

La independencia no ha superado nunca el 50%. ¡Ni en las encuestas del CEO! Y eso que son las de la propia Generalitat. ¿Entonces por qué se lanzaron a esa carrera?. La pregunta es apabullante.

Incluso podemos retroceder hasta el referéndum del Estatuto del 2006. ¡Hace doce años! La participación fue del 48% -menor que la abstención- y a favor del nou Estatut votaron 1,9 millones de personas. Más o menos los dos millones que se mantienen invariables desde hace años.

Recuerdo una rueda de prensa hace unos meses de la entonces secretaria general de ERC, Marta Rovira -ahora missing- en la que insistía que había que “ensanchar la base social”. Todavía estaban con esto cinco años después del inicio del proceso.

El problema es que está encallado. Hay que recordar que el programa de Junts per Catalunya en los comicios del 2015 era … ¡la independencia a los 18 meses!. La hoja de ruta eran elecciones, gobierno de concentración, estructuras de estado, declaración de independencia, elecciones constituyentes, Constitución catalana y referéndum constitucional. ¡Independentistas, os han engañado!

Como vieron que no se podía tirar por las bravas sin un apoyo social mayoritario, Puigdemont se inventó aquello de “o referéndum o referéndum” ante el no de la CUP a los Presupuestos. Y si insistieron tanto con el referéndum del 1-0 era porque, en teoría, es una de las prácticas más democráticas. Pero no lo validaron ni los observadores invitados a pan y cuchillo por el propio gobierno catalán.

Quim Torra se halla ahora exactamente en la misma encrucijada. Por eso pide un referéndum pactado. No saben como salir del lío en el que ellos mismos nos han metido. Estamos en manos no sé si de unos pardillos, unos irresponsables, unos incoscientes o las tres cosas a la vez. Tant se val, el mal ya está hecho. Y costará muchos años y esfuerzos arreglarlo. Pero Torra, seguro, no es el hombre.

*Director de e-noticies