Realismo o legitimismo

Esta ha sido la semana en la que el independentismo se ha batido en retirada (aunque a veces, en estrategia militar, la reculada sirve para recuperar fuerzas e intentar de nuevo el asalto). Los síntomas son evidentes en los dos partidos independentistas, PDECat y ERC. Todos han emprendido un repliegue, sea con vocación duradera o meramente tacticista, convencidos o impelidos por su situación judicial. Bueno, todos no. Todos menos Carles Puigdemont.

Primero dieron un paso atrás Carme Forcadell y el exconseller Carles Mundó, ambos candidatos por ERC. Después fueron Joaquim Forn y Jordi Sànchez, miembros de la lista de Junts per Catalunya, quienes le aseguraron al juez que reniegan de cualquier vía unilateral o al margen de la Constitución para defender la independencia. Sànchez incluso aseguró que se “bajaría del tren” si se persistía en ese camino. Y, por último, Artur Mas ha anunciado que daba otro “paso al lado” y dejaba la presidencia del PDECat ante el calendario judicial que tiene por delante. Pero no son las únicas evidencias de la retirada: Marta Rovira pedía ayer “realismo” en un discurso que recuperaba el acento de izquierdas. Y su jefe de filas, Oriol Junqueras, abogaba por “poner los pies en el suelo” en un artículo publicado en Ara. Mas, en su despedida, advertía que los líderes políticos tienen que saber “leer la realidad”. Baño de realismo por doquier.

Ante el Consell Nacional de su partido, Mas deslizó ayer algo de autocrítica. Si acaso, la más clara fue no haberle prestado la dedicación necesaria a su partido. La confesión de Jordi Pujol y las acusaciones del 3% le llevaron en su día a dinamitar la herencia de Convergència, un partido con una historia de éxitos electorales, para alumbrar a un vacilante PDECat. Y ahora se ve obligado a abandonar la criatura en un momento de extrema debilidad justo antes de que mañana se conozca la sentencia del caso Palau y si hubo desvíos de fondos a Convergència. Paradójicamente, Puigdemont ha permitido a los exconvergentes un mejor resultado electoral del previsto, pero al mismo tiempo ha creado una plataforma de afines que busca fagocitar al partido y convertirlo, si acaso, en su comparsa. Conocedor de las malas relaciones entre esos dos sectores, Mas pedía ayer que Junts per Catalunya y el PDECat intenten aparcar los recelos mutuos, consciente de que deja la nave en plena batalla.

Las relaciones entre Puigdemont y el PDECat son muy difíciles. Prueba de ello es que Junts per Catalunya quiere revisar el acuerdo al que llegaron por el cual el expresident confeccionaba la lista electoral a su gusto y el PDECat se quedaba los ingresos del grupo parlamentario. Ahora JxCat quiere revisar esos términos y, como mínimo, repartirse los fondos. No es una cuestión menor. Podría calificarse de un pequeño golpe de estado interno. Pero no sólo difieren en la cuestión económica. La dirección del PDECat ve con escepticismo la investidura a distancia de Puigdemont. Y en eso coincide con ERC.

Sin embargo, los dos partidos independentistas tienen difícil combatir de frente el discurso legitimista del expresident autoexiliado en Bruselas. No tienen más remedio que dejar que lo intente. La investidura por delegación en otro diputado parece, hoy por hoy, la fórmula que el grupo de Bruselas considera más factible, mediante una interpretación flexible del reglamento del Parlament. El entorno de Puigdemont estudia con atención la resolución del juez Pablo Llarena por la que rechazó la libertad de Junqueras, Sànchez y Forn. En ese escrito, el magistrado excluye el voto telemático, pero sí avala la delegación de ese derecho en otro diputado por considerar que concurre “incapacidad prolongada” y siempre que la Mesa del Parlament lo considere oportuno. En Bruselas están leyendo con suma atención ese documento y consideran que, si se puede delegar el voto, también es posible hacer lo mismo con el trámite de la investidura. Pero eso tendría que decidirlo la nueva Mesa de la Cámara y arriesgarse a una lectura que, con toda seguridad, sería recurrida ante el Tribunal Constitucional.

El PDECat ha tenido verdaderos problemas para encontrar candidatos en sus filas a formar parte de la Mesa del Parlament por el temor a acabar procesados por determinadas decisiones (entre los diputados con más opciones figuran Gemma Geis y Josep Costa). Y eso que el puesto de miembro de la Mesa siempre ha sido tan codiciado como bien retribuido. Empezar la legislatura con decisiones que contravienen el dictamen de los letrados del Parlament, que provoquen que la oposición se ausente del hemiciclo o que actúe el Constitucional retrotraen a los meses de septiembre y octubre pasados, de infausto recuerdo, es algo que la mayoría no desea repetir.

Pero Puigdemont quiere ser investido como sea, aunque después los tribunales anulen su nombramiento. Y teme que ERC, desde la Mesa de la Cámara, lo impida alegando el informe desfavorable de los letrados. Por eso reclama un pacto doble que incluya el reparto de la presidencia del Parlament para Esquerra y la del Govern para él o, en su defecto, para quien él designe. Y rubricarlo cuanto antes.

Puigdemont sabe que, en el momento en que otra figura política se instale en la presidencia de la Generalitat, él caerá en el olvido de su exilio en Bruselas. A su partido y a ERC no les queda más remedio que respaldar su discurso para no traicionar la legitimidad del president depuesto. Aunque en el fondo creen que fracasará en el intento y que habrá que activar un plan B, es decir, negociar un president a ser posible sin causas judiciales pendientes y que pueda dar estabilidad a la legislatura.

Tres semanas después del 21-D, la rectificación de la estrategia unilateral se abre paso con más nitidez en el relato del independentismo, que trata de sacar partido al resultado electoral con realismo, mientras Puigdemont abre la web de la república catalana y sigue esgrimiendo el argumento del legitimismo para combatir cualquier pretensión de propios o extraños de dejarle aislado en Bruselas.




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