¿Sabías que en Canarias en el Siglo XVIII las cumbres estaban ocho meses con nieve?

La presencia de nieve era, entre septiembre y mayo, permanente en Gran Canaria, Tenerife y La Palma

El marino y comerciante de origen escocés, George Glas, es el autor del primer libro que relata la realidad económica, geográfica y social del Archipiélago. Su estancia a lo largo de 15 años en las islas le permitió escribir ‘Descripción de las islas Canarias‘, un auténtico viaje en el tiempo que nos lleva hasta aquella época. Toda una reliquia de historiografía isleña, considerado el primer relato de viajes sobre nuestra tierra.

La presencia de nieve entre septiembre y mayo en las cumbres de Gran Canaria, Tenerife y La Palma, sobre todo, supone todo un referente de la climatología de aquella etapa así como de los efectos del cambio climático y el aumento de la temperatura en los últimos 250 años. Glas apunta que desde las zonas de medianías en las islas montañosas durante la temporada invernal “los nativos mantienen fuegos encendidos en sus casas durante todo el día”.

El comerciante británico resalta el clima duro y frío del municipio de de La Laguna, “en donde cae el granizo con frecuencia y, en la que algunos de los más ancianos de los habitantes recuerdan una gran caída de nieve sobre la llanura permaneciendo durante algunos días”.

En cualquier caso, Glas destaca la benignidad del clima del Archipiélago y, en especial, el de Gran Canaria con respecto al continente europeo y africano”. La temperatura del aire no es en ninguna parte más deliciosa que en la isla de Canaria. El calor en verano rara vez supera el que prevalece generalmente en Inglaterra durante los meses de julio y agosto, y la fase más fría del invierno no es más rigurosa que entre nosotros hacia fines de mayo durante una estación tardía”.

A George Glas le debemos una de las primeras promociones turísticas, con su reseña sobre la Selva de Doramas. “Situada a unas dos leguas (11 kilómetros) de la ciudad de Las Palmas; está abrigada por bosquecillos de diferentes especies de fragantes árboles, cuyas altas ramas están tan tupidamente entrelazadas que no dejan pasar los rayos del sol”.

Y agregaba con su esmerada literatura: “Los arroyuelos que riegan estos sombreados bosquecillos, el murmullo de la brisa entre los árboles y la melodía de los pájaros canarios forman el más delicioso de los conciertos; cuando una persona se encuentra en medio de una de estas encantadoras soledades, no puede dejar de recordar las hermosas palabras que los antiguos escribieron acerca de estas Islas Afortunadas”.

En contraste, el comerciante inglés desvela ya “en 1764, que la parte más alta de la isla está totalmente desolada y es árida, ya que no produce ni hierbas ni matorrales, a excepción de las ya citadas retamas; pues se eleva tan por encima de las nubes que por ello no recibe ni rocío ni lluvia, sino que está expuesta a un viento fino, seco y abrasador, el cual sopla generalmente desde el oeste, en oposición directa a los vientos alisios por debajo, o debajo de las nubes: durante la noche este viento occidental sopla fuerte, pero amaina durante el día. En invierno, la cumbre de esta isla es inaccesible, pues está cubierta por la nieve”. La deforestación de la cumbre grancanaria era total en apenas dos siglos desde su conquista.

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