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Sánchez purgó su partido de posibles «traidores» tras recibir los avisos de Bruselas del peligro de otro rescate

Adriana Lastra ha sido la última fuga del PSOE. Una salida que se ha visto aderezada por el desplazamiento de Felipe Sicilia y Héctor Gómez. Y movimientos que fueron precedidos por otras sustituciones, como la de Iván Redondo, José Luis Ábalos, o la propia Carmen Calvo. Todas motivadas por un interés: el estrictamente personal de Pedro Sánchez. Porque cuando algo sale mal, especialmente resultados electorales, siempre hay un culpable que nunca es él.

Pero la última remodelación del PSOE ha tenido un factor adicional: los avisos de Bruselas de que vienen tiempos muy malos. Tiempo de exigencias económicas y de recortes. Y tiempos de cierre de filas. Por eso Sánchez ha pasado a prescindir de aquellos a los que ya considera como «traidores» o, al menos, posibles traidores. Y es que la realidad económica ha empezado a dibujar en el rostro de Sánchez una cara muy parecida a la de Zapatero en el fatídico 2010.

El último gran aviso llegó a Moncloa hace semanas. Un anticipo de un informe del servicio de estudios del Banco Central Europeo alertando de toda una bomba de relojería: el grave problema de sostenibilidad al que se enfrentan los sistemas de pensiones de reparto en un continente lastrado por el envejecimiento de la población y el declive del crecimiento económico. Y entre esos sistemas y con especial gravedad se encuentra el sistema de pensiones español: con menos cotizantes y más jubilados que la media de la UE, con unas cifras de paro del doble de las europeas, y sin visos de recuperación notable a efectos de ingresos por cotizantes. Un auténtico precipicio fiscal.

El informe rezaba: «La Eurozona ha entrado en una era de cambios demográficos drásticos (…). La disminución de las tasas de natalidad y el aumento de la esperanza de vida están provocando un aumento en el número de jubilados medido en relación con el número de trabajadores. Durante la próxima década y media, esta tendencia se amplificará, a medida que la generación del baby boom se jubile y la cohorte de trabajadores en activo se reduzca con más fuerza (…). Se prevé que la tasa de dependencia de las personas mayores alcance casi el 54 % en 2070 (…). Si no se aborda esta cuestión, el envejecimiento progresivo de la población supondrá una carga para las finanzas públicas en la zona del euro, dado el papel relativamente importante de los sistemas de pensiones y de atención de la salud, financiados esencialmente con fondos públicos. Los desafíos de sostenibilidad de la deuda que pueden surgir se derivarían del aumento del gasto público relacionado con el envejecimiento, cuestión que será particularmente preocupante en los países con deudas más altas».

La alerta supone lo que supone: todo un preparativo para los recortes. Y en España las obligaciones del Tesoro se han disparado del 40% al 120% del PIB entre los años 2008 y 2022. Y, por lo tanto, el margen de maniobra será muy pequeño conforme se consolide el cambio a peor esperado por el BCE.

El estudio concluía con otra clara advertencia:

«Para protegerse de las consecuencias económicas y fiscales adversas derivadas del envejecimiento de la población, es necesario acumular colchones de ahorro fiscal cuando llegan los buenos tiempos económicos, así como mejorar la calidad del gasto público y aplicar reformas estructurales que favorezcan el crecimiento (…). Se necesitan, además, nuevas reformas en el sistema de pensiones que animen a los trabajadores a posponer su jubilación».

Y esas alertas, traducidas al campo político significan una cosa: curvas, tensiones y malos tiempos. Y en esos momentos, todos los líderes se desprenden de lo que consideran que pueden convertirse en focos de revuelta interna. Y eso ocurrió en el PSOE: que Sánchez se ha preparado para los malos tiempos.

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