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Sánchez y la reconciliación, por Esperanza Aguirre

Los acérrimos partidarios de Sánchez, que los hay y no todos le deben el sueldo, no sé cómo aguantan que su líder sea el político más mentiroso que se recuerda en España. No sé cómo le defienden cuando en las conversaciones de café o familiares alguien les recuerda que no ha dicho nunca una verdad ni por casualidad. Sin embargo, ser tan mentiroso tiene una ventaja para los que lo escuchamos y es que sabemos que la verdad es siempre lo contrario de lo que dice.

Pongamos que hablamos de reconciliación. Desde que Goya hace más de doscientos años pintó su impresionante y emocionante Duelo a garrotazos o desde que Antonio Machado nos recordó que a todo españolito que viene al mundo una de las dos Españas ha de helarle el corazón, sabemos que lo más importante que todos los españoles, incluidos los políticos, tenemos que hacer es eso, dejar los garrotazos y no aceptar que hay dos Españas.

Es lo que hicieron los españoles, y no sólo los políticos, en la Transición. Reconocer que en el pasado se habían acumulado los errores, empezando por la II República y la Guerra Civil, y comprometerse a que nunca más se partiera España en dos. De ahí salió la Constitución del 78, que es el marco para la convivencia democrática, a la manera de los regímenes liberales de los países de Occidente, en los que rige la alternancia en el poder y reina la deportividad entre los partidos que compiten.

Por eso, porque los españoles de bien, que, en principio, somos todos, sabemos de reconciliación más que nadie, cuando Sánchez pronuncia esa palabra estamos seguros de que va a mentir una vez más. Querido presidente: la reconciliación se dio, de manera solemne y absoluta, en el 78. Es verdad que unos pocos –muy pocos- no quisieron abrazarse con el resto de españoles para empezar una etapa de concordia y democracia. Esos pocos fueron los etarras, que justo entonces apretaron el acelerador de sus crímenes. Algunos –muy pocos- nacionalistas catalanes porque la mayoría estuvo en la Constitución. Otros pocos comunistas del FRAP o del GRAPO que eran terroristas. Y algunos –también pocos- nostálgicos del franquismo. Habría sido mejor que todos hubieran aceptado el marco de convivencia que entonces se creó, pero no quisieron, y ya digo que fueron una minoría muy mínima y, en el caso de ETA, del FRAP y del GRAPO, asesina.

Ahora, para justificar su bajada de pantalones con Puigdemont, a él y a su portavoz Bolaños no se les cae de la boca esa palabra, reconciliación, y el argumento de que, gracias a su impresentable ley de amnistía, los independentistas catalanes se han reconciliado con la España Constitucional. Mentira sobre mentira, porque a esos independentistas les ha faltado tiempo para proclamar que ellos, amnistiados o sin amnistiar, con la España Constitucional no quieren saber nada de nada. Además, ¿si Sánchez y Bolaños pensaban que había que reconciliarse con los golpistas del 17, por qué no pararon de decir hasta el mismo 23-J que nunca aceptarían la amnistía y, por supuesto, no la incluyeron en el programa electoral con el que se presentaron?

«Acabar con la reconciliación del 78 fue el eje de la política de Zapatero desde que en 2003 los socialistas firmaron el Pacto del Tinell»

Pero, sobre todo, ¿de qué reconciliación hablan Sánchez y los suyos, cuando, para aprobar el engendro que les ha exigido el prófugo de Waterloo, ha tenido que construir un muro -él lo ha declarado así, sin complejos- que le enfrenta a la media España que no le aplaude?

Acabar con la reconciliación del 78 fue el eje central de la política de Zapatero desde que en diciembre de 2003 los socialistas firmaron el Pacto del Tinell. Y, visto lo visto, sigue siendo fundamental en la política del PSOE. Me entristece escribirlo, pero no reconocerlo es no saber dónde nos encontramos, que es ante un brutal desafío para acabar con el espíritu del 78.

Merece la pena fijarse un poco en la retórica que Bolaños y Sánchez usan a la hora de defender esa reconciliación con los golpistas porque los dos acusan siempre a la derecha de no querer la reconciliación. Así se convierten en fervientes seguidores de Goebbels que, entre los 11 principios que instauró para la propaganda nazi, incluyó el de transposición, es decir, cargar sobre el adversario los propios errores o defectos. Porque, cuando acusan a la derecha de dinamitar la convivencia y la reconciliación, están dejando claro que son ellos los que ya se están cargando la convivencia y la reconciliación.

Y sin recurrir a Goebbels, maestro de la propaganda, del que los comunistas han aprendido siempre, basta el refranero castellano que nos enseña eso de «dime de qué presumes y te diré de qué careces». Está claro que de espíritu de concordia, de ánimo de convivencia amistosa y deportiva y de reconciliación, Sánchez y me temo que todo el PSOE de hoy carecen de manera absoluta. Y ahí están los gritos desenfrenados y enloquecidos de su ministra de Igualdad, la señora Ana Redondo, la semana pasada den el Congreso, buen ejemplo de por dónde van los socialistas en su búsqueda de la convivencia pacífica de todos los españoles, piensen lo que piensen.