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Sánchez y la vieja técnica chavista del ‘Presidente sin culpa’ – La Gaceta de la Iberosfera

El Presidente tiene buenas intenciones y quiere hacer las cosas, el problema es que sus ministros no quieren colaborar.

El Presidente da las órdenes, pero está rodeado de traidores e ineptos que no las ejecutan.

El Presidente no lo sabe, porque los colaboradores lo tienen engañado.

Esto debería saberlo el Presidente.

Presidente, escuche.

Son frases de la máquina de excusas, engaños y retórica de la mentira que el chavismo se construyó a lo largo de años. Cuando la Revolución echa a andar y empiezan a darse cuenta de que aún con camisas del Che, canciones de Silvio Rodríguez y la rosa en el puño, la gente espera gestión. Gobierno que gobierne. Medidas que cambien las cosas y sobre todo que satisfagan a ese electorado al que se le pidió el voto para hacer la Revolución.

En Revolución todo marchará mal, siempre. Y el Socialismo del Siglo XXI mantiene las fórmulas del viejo comunismo de siempre, desde la URSS hasta La Habana, recalando en Caracas y difundiéndose por el mundo:

Si hay un problema, culpa al antecesor por su existencia.

Cuando el problema persista, culpa a entes externos a la Revolución: El imperialismo yankee, la derecha internacional, el sionismo, la banca usurera, la burguesía, las oligarquías, el gran capital, o cualquier enemigo real o imaginario.

Cuando haya acabado la fórmula anterior en eficacia, fulmina a los colaboradores y reimpulsa la revolución. Es decir, haz la purga.

En setenta años de la URSS vimos eso una y otra vez, con resultados más o menos trágicos donde fueron comunes las “enfermedades soviéticas” que de forma súbita atacaban al líder a ser purgado con elegancia real o fingida. Desde Kruschev hasta Dubcek en Checoeslovaquia, llegando a la purga fallida de Gorbachov por el putsch de agosto del ’91. En Cuba, caribeños al fin, son menos elegantes. Siempre son purgas sin elegancia, donde las acusaciones de traición y conjuras siempre terminan con ostracismo o fusilamiento. Así, han rodado las cabezas de generales laureados que con su sangre terminaron manchando el paredón o jóvenes cancilleres condenados a vivir en alguna lejana provincia castigados junto a exvicepresidentes o exministros y exembajadores. Insultados en público y convertidos en símbolo de las “desviaciones” que “tanto daño causaron a la revolución”. 

En Venezuela, lo mismo pero con teatro, con telenovela y con música de fondo dramático. Chávez acostumbraba a humillar en público a algún elegido. Fuese un ministro de agricultura por malas cosechas o por mala aplicación de su política de confiscaciones, fuese al propio Diosdado Cabello por obras presupuestadas, cobradas y no ejecutadas. O fuese al propio Nicolás Maduro. Siempre en cadena nacional de radio y televisión y con rostro severo. Y por supuesto, aplausos del público que ordenadamente voceaba “¡Así, así así es que se gobierna!”.

De esta manera, la culpa no era de Chávez, sino de esos ineptos a los cuales el presidente, el comandante, el líder supremo de la revolución y el partido, tenía que reprender en público por sus malas ejecutorias. Porque el presidente quiere que se hagan las cosas, pero sus colaboradores no lo saben hacer. Por eso, tiene que buscarse otros.

Nada nuevo con Sánchez

Quien entiende la dinámica revolucionaria que impregna a los socialistas, debe estar al tanto de las necesidades que el partido, el líder y el régimen requieren siempre: purgas, sustituciones intempestivas, imposición de sustitutos, relevos forzados, nombramientos a dedo y cuidar al líder, mientras sea posible. Cuando sea el partido el que esté bajo amenaza, pues rodará la cabeza del líder. Y se tratará de salvar al partido.

Por eso quedan vivos elementos asomados al relevo o pasan a la reserva discreta. Sean los Madina o sean las Susanas, ahí estarán. Por si acaso.

Los que se van, son simples fusibles que el corto circuito de la purga hace explotar. Normalmente, para no volver. Siempre hay excepciones, pero en la revolución una destitución es un fusilamiento sin sangre. No se resucita, salvo catástrofe o urgente necesidad, tipo Deng Xiao Ping. Palabras mayores.

Pero al final, en el caso Sánchez, vamos a lo mismo. El presidente quiere hacer las cosas, pero la culpa es “del entorno que no hace las cosas bien”. Solo vean los “análisis” de los principales diarios de izquierda y los temas de las tertulias del aparato de propaganda al servicio de la izquierda. Se impone el lavado de culpas y además, se valora la supuesta mano dura del líder, porque no ha tenido empacho en fulminar a los que se creía no solo altos colaboradores sino incluso poderes detrás del trono. 

En La Sexta solo les falta gritar “¡Así es que se gobierna!” para que les den el carnet del PSUV chavista cuando evalúan a Sánchez. Un manotazo para salvar al gobierno de las críticas según unos. Una sustituciones para eliminar el ruido de fondo en el consejo de ministros, para permitirle al presidente concentrarse en la economía.

Porque ahora resulta que el presidente se concentra. Y se concentra en la economía. ¿Cómo no darse cuenta? Debe ser esa la razón por la cual se creó un “Ministerio del Consumo” y se puso a cargo a un comunista que prefiere en vez de ayudar a los productores ganaderos, pedirle a la gente que no coma carne. ¿Cómo no se le ocurrió a Chávez? Ante el aumento del precio de la carne, pues seamos veganos y socialistas. Muera el ganadero, viva el ganado y no más carne.

En conclusión, todo es un bluff. El plan de destrucción de España sigue. Con otras caras alrededor, pero el destructor sigue al mando. Mientras se le permita.


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