“Santamaría tropieza ahora con decisiones que tomó en el pasado, como la acusación contra Forcadell, mientras Puigdemont intenta aquietar las contradicciones en el bloque independentista”

En el tira y afloja que mantienen los gobiernos central y catalán se han sucedido varios episodios que reflejan sus respectivas contradicciones internas.

Soraya Sáenz de Santamaría ha empezado a mover los hilos en el Gobierno para que se atiendan algunas de las reclamaciones de la Generalitat, por ejemplo en materia de infraestructuras ferroviarias. Ha modulado el tono de su lenguaje y su presencia en Catalunya ya es habitual. Incluso ha insinuado en la Cope que la recogida de firmas contra el Estatut fue un error. Pero sus primeros pasos se han visto enturbiados por una decisión que ella misma auspició en su día y que se puede volver ahora en su contra: la posible inhabilitación de Carme Forcadell, que acudió a ­declarar ante los jueces esta semana.

La presidenta del Parlament está acusada de desobediencia al Constitucional, pero no por convocar una consulta como Artur Mas y otros dirigentes, sino simplemente por permitir el debate de las conclusiones de una comisión sobre el “proceso constituyente”. Y, aunque nadie se engaña con lo que significa un proceso constituyente a estas alturas, su condena resultaría más difícil de entender para una mayoría de catalanes. No cuenta sólo con el respaldo de los independentistas, sino también de los comunes de Ada Colau.

Carme Forcadell, el pasado jueves antes de declarar en el Tribunal Superior de Justícia de Catalunya
Carme Forcadell, el pasado jueves antes de declarar en el Tribunal Superior de Justícia de Catalunya

Las decisiones políticas siempre tienen consecuencias. De la misma forma que la determinación que el PP tomó en su día de lanzar una campaña en España en contra del Estatut de Catalunya instigó el conflicto actual, la estrategia mantenida durante cinco años de acudir compulsivamente al Tribunal Constitucional para acallar críticas de debilidad por parte de los sectores más intransigentes de la derecha también va a tener efectos difíciles de gestionar ahora para la vicepresidenta.

Conforme se acerca el día D de la “desconexión” programada por el Govern de Catalunya para mayo o junio próximos, también arrecian las contradicciones en el bloque independentista. Por ejemplo, resulta confuso que Puigdemont decline ir a la Conferencia de Presidentes por considerar que Catalunya ya está ya en otra senda y que sólo puede admitir una relación bilateral, mientras que el vicepresidente Oriol Junqueras asiste sin problemas a los consejos de política fiscal y financiera que convoca Cristóbal Montoro.

Las incoherencias con la CUP aún son más evidentes, aunque el president Carles Puigdemont y su Gabinete parecen dispuestos a mirar para otro lado y considerar todo lo que provenga de los antisistema como chiquilladas sin importancia. Es toda una paradoja escuchar al conseller de Interior, Jordi Jané, defender la obligación de los Mossos de obedecer las órdenes de la Audiencia Nacional cuando detienen a quienes queman fotos del Rey, y pensar en qué pasará si las instancias ­judiciales españolas ordenan a esa misma policía catalana que haga todo lo que esté en su mano para impedir un ­referéndum unilateral, por ejemplo.

Algunos en el PDECat son muy conscientes de que esas contradicciones son cada vez más insostenibles. De ahí declaraciones como las de la presidenta de la Diputación de Barcelona, Mercè Conesa, que ayer, en RAC1, se atrevió a poner un punto de duda sobre la viabilidad del referéndum. Pero vivimos en la sociedad del coaching, de la motivación. Y Puigdemont, primer responsable de mantener alta la moral del independentismo, replicó enseguida: “Celebraremos el referéndum en el 2017 de forma indefectible”. En una nueva versión del lema “referéndum o referéndum” acuñado por el president, aunque no haya explicado aún cómo aplicarlo.

Sáenz de Santamaría intenta aplacar a una parte del català emprenyat que acuñó Enric Juliana y que se dejó seducir por la estelada, mientras espera que proliferen los roces y las contradicciones en el bloque independentista. Y Puigdemont arenga a los suyos hacia el salto final, mientras confía en que el equipo rival cometa algún error de bulto, como convertir a Forcadell en una heroína que, con su sacrificio, no solo volaría de un plumazo la operación diálogo, sino que aglutinaría a independentistas y comunes en una misma movilización. Quedan aún muchos meses de partido. Y de zancadillas.




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