Senderos de gloria: yo voy soñando caminos para España

Campos de Castilla: vastedad de pinos, inmensas planicies doradas de pan llevar, milenarias piedras que cobijaron vuelos del espíritu y valerosos guerreros en cenobios y castillos, cielos azules que presidieron el nacimiento de un lenguaje universal, collados verdiazules por los que transcurrió una historia sin igual… castellanos de alma, como dijo Miguel Hernández, que engendraron paladines de la fe, santos de raza y casta, adalides de Hispania.

Yo voy soñando caminos para España. Entre colinas doradas y verdes pinos, bajo polvorientas encinas, rodeando curvas de ballesta, asomándome a los ríos que nadie a contemplar baja, porque ya nadie quiere escuchar la eterna estrofa de nuestra Patria.

Sueño los caminos con una espina en el corazón. ¿Adónde España irá? La tarde cayendo está, y hace tiempo que, sentado junto a los ríos de Castilla, lloro al acordarme de lo que fue un día mi Patria.

En los álamos de aquel tiempo colgaba mis arpas y mis versos, dejaba mis sueños. Y ahora nos piden a los españoles que cantemos con alegría: ¡que les cantemos canciones de España! ¿Cantar nosotros, los patriotas, canciones de España en tierra extraña? Si llego a olvidarte, Castilla mía, España mía, que se me seque la mano derecha, y que se me pegue la lengua al paladar si no me acuerdo de ti, de cómo eras en aquellos tiempos.

Cuando pregunto por mi Patria, todo el campo un momento se queda mudo y sombrío, como meditando, como lamentando sus pasadas glorias imperiales, sus cruzadas patrióticas, sus valerosos soldados, sus artísticas creaciones y sus insignes personajes.

Suena el viento melancólico entre las ruinas desparramadas, entre los muros desmoronados de la Patria mía, caduca ya nuestra valentía, vencidos de la edad, mancillados nuestros aposentos con las sombras que maléficas huestes hurtaron a la luz del día, a la gloria de nuestros imperios. Ya en España no hay cosa en que poner los ojos que no sea recuerdo de la degradación, la corrupción, la decadencia y la muerte.

La tarde más se oscurece, y en la noche naciente se enturbian y desaparecen nuestros senderos de gloria, convertidos en desfiladeros hacia la Gehenna que nos espera en el horizonte, pues los jinetes del apocalipsis ya vienen tocando los tambores de nuestros llanos: puños en alto, zarrapastrosos, con sus ejércitos de Femens y perroflautas, embutidos en sus guayaberas caribeñas, cantando sus internacionales, desgarrando nuestras banderas y silbando nuestros himnos, desmochando las altas torres de nuestra fe.

Y podría escribir los versos más tristes esta noche. Por ejemplo, «España se ha estrellado y amenazan, rojas, las turbas infernales, cada vez más cerca… el Señor de las Moscas gira en su infierno y nos canta, maligna sirena que perderá nuestros barcos para siempre».

En noches como ésta tuve a España en mi corazón, y la besé muchas veces bajo un cielo rojigualda. ¡Cómo no amar sus infinitos campos dorados, sus grandiosas epopeyas, sus cruzadas incontenibles, su historia inigualable, sus victorias contra las mesnadas luciferinas! Sí, puedo escribir los versos más tristes esta noche: pensar que ya no tengo a mi España, que la he perdido; oír la noche inmensa, trufada de vampiros y endriagos, de pesadillas en San Jerónimo’s street.

Y los sueños y las banderas patrióticas se nos caen del alma como al pasto el rocío, porque en la noche tormentosa España ya no está conmigo; porque nosotros, los de aquel tiempo, ya no somos los mismos.

De otros, será de otros, de hordas antiespañolas y anticatólicas, como antes fue de nuestros besos. Pero siempre la querremos, siempre amaremos sus anchos campos, sus cielos infinitos, su coraje indomable, sus valerosos guerreros, sus victoriosas banderas.

En noches como ésta tuvimos a España en nuestros brazos, por eso nuestros corazones no se contentan con haberla perdido. España, madre de corazones y de brazos, recuerda los viejos colores del noble antaño, que en la pradera cóncava del cielo aventaste nuestros sueños y nuestros cantos. Que en ti tenga cuna el sol y sepulcro los endriagos y monstruos que te amenazan, engendrados en las cloacas del 31 y el 78. Que tus tierras vuelvan a levantarnos en la rugosa palma de su mano, hacia el cielo que te enciende y te refresca, el cielo que un día fue nuestro, donde dejamos para siempre la estela de la espada y de la Cruz.

A la tarde, entre curvas de ballesta, al pie de polvorientas encinas, entre colinas doradas y verdes pinos, voy soñando caminos, senderos de gloria, de la gloria de mi España.

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