Inicio Actualidad Silencio: ruedan las carambolas en un sótano mágico de Barcelona

Silencio: ruedan las carambolas en un sótano mágico de Barcelona

Aquí se sabe quién ha jugado solo por la muesca que haya dejado en su tiza. Aquí varios señores con polo negro entizan tacos para trazar hipotéticas figuras geométricas en el tapete azul. Nunca una canción de los Gipsy Kings (versión de ‘Bamboleo’) sonó a tan poco volumen: el ambiente es de desayuno en hotel con solera o de biblioteca en época de exámenes, solo rasgado por los clacs-clacs-clacs pacientes. Aquí un campeón del mundo apunta en una carpeta los resultados. Aquí el público, la mayoría de pelo cano y jersey grueso, aplaude ahuecando las palmas o golpeando con la palma en la cazadora tendida sobre las rodillas o chasqueando los dedos como en una canción soul. Aquí las reglas son otras y se necesita concentración. Pero aplauden, porque aquí un joven de barba recortada acaba de encadenar 16 carambolas de una sola tacada y sin desfruncir el ceño ante un ojiplático cronista, que ha recordado una frase que escuchó en ‘El buscavidas’: “¿Cómo puedo perder? No es suficiente con tener talento. Hay que tener carácter. Sí, ahora sé lo que es tener carácter. Lo adquirí en una habitación de hotel en Louisville”.

Aquí el público aplaude ahuecando las palmas o chasqueando los dedos como en una canción de soul

Acaba de arrancar el 19º Trofeu Internacional Ciutat de Barcelona, el torneo de billar a tres bandas que organiza el Club Billar Barcelona. Y no parece haber mucho tipo forjado en motel de carretera, pero sí mucho tipo con talento. Su sede, de hecho, es como uno de esos insectos capturados en una bola de ámbar. Escondido en el centro de Barcelona, resiste silencioso (como para no despertar a posibles especuladores) en un sótano, la puerta en arco agazapada tras la columna corintia más al este de la fachada monumental del Cine Coliseum.

Encanto

“Este es el club más antiguo de Catalunya y España. Lo abrieron en el año 1928 y tenía servicio de limpiabotas, barbería, bar… y venía toda la gente de pasta a pasearse”, explica Miquel Casademunt, su presidente. Tras muchas inundaciones y carambolas, aquel suelo de parqué encerado de madera noble es ahora una moqueta de goma roja, pero el local, techos bajos, clac, luz tenue, clac-clac, lámparas con flecos, conserva todo el encanto en una ciudad que insiste en cambiar más de aspecto que el adolescente más inseguro. Añade que los clubs de la ciudad han bajado de ocho a tres e incluso el legendario Monforte, tapetes bajo la cúpula Venus de la Rambla, se ha mudado a La Sagrera, donde había un Condis.

Miquel habla en su despacho, de cuyas paredes estucadas cuelgan dos jamones de la rifa: “Nuestro club tiene siete copas de Europa, aunque en blanco y negro, como el Madrid antes. Pero por aquí pasan los mejores”. Este año compiten diez jugadores de primer nivel durante tres días: el último, en el Museu Olímpic. Un gran plan para los que lloramos los billares navideños en TV3, las digestiones de langostino o canelón arrulladas por los impactos de bola y la voz valeriana de Valerià Parera.

“Este es el club más antiguo de España. Lo abrieron en 1928 y tenía, limpiabotas, barbería, bar…”

Miquel Casademunt

Presidente del Club Billar Barcelona

Embobados

“La primera vez que vi un billar me quedé embobado como quien se queda embobado delante del fuego”, explica Miquel. Y esa fascinación la comparten todos, aunque el único profesional es Dani Sánchez, ese tipo vestido de negro y con bambas Adidas que antes apuntaba el resultado de una de las mesas, campeón del mundo. “En septiembre fuimos a una copa del mundo a Corea y la gente lo paraba por la calle. Piensa que allí es como el Messi del billar”.

Del resto, uno es mosso d’esquadra, el otro trabaja en una fábrica de cartones, el de más allá en una peletería. El de la barba recortada, el de las 16 carambolas sin kit-kat, campeón de Europa juvenil, es químico. Se llama Antonio Montes, tiene 24 años y se fogueó en el Club Billar Sant Adrià. Lo de antes ha sido tan fino que incluso su rival, Marc Maymó, chasqueaba los dedos. El billar, como la calvicie, es hereditario, incluso cuando salta una generación. A ambos fueron sus padres los que los llevaron a un club. Montes reconoce que lo importante es estar bien de aquí (se señala la cabeza) y dibujar mentalmente la carambola. “Una partida de billar es una mezcla de geometría y ritual”, escribía Mary Karr en su tremenda autobiografía ‘El club de los mentirosos’. Cada uno tiene el suyo, tan intransferible como una resaca o una huella dactilar. A Francesc Ricard, que empezó en el 75, le gusta ponerse los cascos con algún tema de blues a volumen bajo. “Yo siempre dejo mi tiza en el lado derecho y al lado de la primera tacha”, apunta Montes. Esa tiza que Francesc dice que delata a cada jugador.

Frente a las escaleras alfombradas que conducen de nuevo a la calle, un cuadro: una sala de billar infestada de telarañas con un espejo donde unos tipos siguen con la partida. El título de la obra: ‘El fallo en el espejo o la afición perdida’. Por suerte eso no pasa, y menos estos días, en el mágico Club Billar Barcelona.