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Sin un plan de recuperación pactado con las empresas será imposible que la economía española salga a flote

Los datos sobre el desastre económico que está provocando la pandemia de Covid-19 son ya demoledores. En todo el mundo, la pandemia ha supuesto una debacle sin precedentes, consecuencia de las medidas adoptadas para contener la propagación de la enfermedad, con un efecto perverso en la vida de todas las sociedades, obligadas a optar entre preservar vidas humanas y proteger la economía. Sin embargo, las estadísticas demuestran que en el caso español se ha producido una gestión tan desatinada que ha batido, a la vez, los registros en ambos campos: en el descalabro de la economía -con una caída del 18,5 por ciento del PIB en el segundo trimestre- y en el índice porcentual de mortalidad. Si el numero de fallecidos en España no es formalmente el más elevado de Europa se debe a que el Gobierno excluye de sus registros a buena parte de los fallecidos, a pesar de las evidencias documentales. La economía, en cambio, no se puede maquillar con tanta facilidad.

Lo sucedido con esta inesperada pandemia ha afectado de forma equivalente a casi todo el mundo, pero existe ya la perspectiva suficiente para apreciar que la gestión del Gobierno español ha sido sistemáticamente una de las peores si se compara con los datos de los países de nuestro entorno. Ni siquiera Italia ha salido tan mal parada de la pandemia. Ninguna economía ha sufrido tanto como la española, cuyo relevante sector servicios, paralizado durante meses y aún en jaque, ha inclinado la balanza.

Los aplausos con los que los miembros del Gobierno y los integrantes de la bancada socialista recibieron a Pedro Sánchez a su vuelta del último Consejo Europeo resuenan como un sarcasmo, incluso ofensivo. Lo que alababan entonces era una política que, del estado de alarma a la «hibernación» de la economía, ha dejado nuestras cuentas en el peor estado conocido en tiempos de paz. Ajeno a cualquier plan reformista, con la mirada aún puesta en una subida de impuestos y en el mantenimiento del gasto, ya insostenible, el presidente del Ejecutivo repite un programa de supuesta reactivación que descansa sobre la abstracción de la transición energética, la digitalización, la inclusión social y el feminismo. No hay medidas concretas, ni planes de recuperación ni objetivos de reconstrucción. El cheque que Pedro Sánchez trajo de Bruselas no puede entenderse como un éxito de su gestión, sino, al contrario, como el reconocimiento expreso de su fracaso y de la necesidad de que España sea rescatada. Ni siquiera esos fondos cedidos por los socios comunitarios van a ser suficientes para tapar el agujero que se abre en la economía española.

Sin un plan de recuperación, pactado con las empresas y sin cesiones a los dogmas ideológicos, será imposible que la economía española salga a flote. Las palabras ya no bastan. Son los números, inasumibles, los que mandan.

(ABC)