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Sólo el naufragio de la izquierda en Andalucía borrará la mala campaña de las derechas

Sólo el resultado final cuenta en el fútbol, como aprenden, aunque tarde, los rivales del Real Madrid. Y lo mismo sucede en política, sobre todo a la derecha en Andalucía, cuyos grandes triunfos acabaron en chascos y cuyas derrotas fueron éxitos adoptando escañitos huérfanos. Se acercó el Joven Arenas al 42% del voto y a la mayoría absoluta, pero la imbecilidad supina de Montoro y Rajoy al subir brutalmente los impuestos, sin recortar el gasto, le hizo perder al PP medio millón de votos en cuatro meses, y con IU de costalera, el PSOE prorrogó su ruinosa supremacía.

El pastelillo de gloria que perdió Arenas

Susana Díaz fue la última presidenta sociata gracias a la abstención de C´s, que compensaba a la Izquierda en el Sur lo que daba a la Derecha en el Norte. Y en las últimas elecciones andaluzas, hace tres años y medio, Moreno Bonilla, aún no Juanma, fracasó estrepitosamente a la sombra de Casado: 26 escaños. Qué lejos de los 50 de Arenas, que hubiera presidido la Junta con majeza y tronío, pero que no tuvo a Cs ni a Vox para alcanzar una gloria perfecta, como la de los pastelillos de La Despensa de Palacio.

En cambio, Juanma, que estaba despedido por Génova 13 a las dos de la tarde, se convirtió en presidente a las 8, gracias a los 12 escaños de Vox. Abascal tuvo la sensatez de apoyar un gobierno PP-Cs, gesto que no entendió Rivera, cuya grotesca altanería en Madrid cinco meses después, negándose a fotografiarse con Vox al negociar el primer gobierno Ayuso, pagó cara Aguado, y acabará de pagar hoy Juan Marín. La Derecha ha cambiado tanto en una corta legislatura andaluza que resulta irreconocible.

El PSOE-A, rehén de Sánchez y de sus encuestas

Tengo una duda, a la luz de las encuestas de Sánchez y sus Tenazas: ¿anuncian la humillante derrota de quedar lejos de los 30 escaños para que sus votantes se movilicen, o, en realidad, creen que van a repetir los 33 de Susana Díaz y buscan vender como éxito lo que indudablemente sería un descalabro? Ambas cosas, se me dirá, son compatibles. No tanto, para quienes viven abonados al relato de la realidad, nunca a la realidad misma. Esta noche se empieza a escribir el guion de las municipales, autonómicas y generales que alfombran el próximo año, como máximo año y medio. Y no es lo mismo que el PSOE salga diciendo que siguen fuertes en el Sur que tener que aceptar que ya no son fuertes, ni siquiera en Andalucía.

Hay un elemento más de incertidumbre. Tenazas ha fracasado, como su versión pepera, Michavila, en las últimas elecciones. Lo del escribidor de Sánchez, el penoso juntaletras del Madrid «tabernario», es el intento vano de juntar supuestos méritos ajenos para que pasen por suyos. Irene Lozano ya aró ese campo y cosechó un sueldazo, pero eran otros tiempos. Hoy, a Sánchez te acerca el dinero y te aparta el hacha del verdugo. En Andalucía, prometió a Vox un escaño, acaso dos. Pataplaf. En Madrid, auguró un empate con gobierno de Izquierdas. Catacroc. En Castilla y León porfió en la igualada, aunque, como el Coronel Tapioca del PP, osciló del que viene la Derecha al que vuelve la Izquierda, todo en quince días. Así que, entre el sesgo político y el desacierto técnico, no sabe uno qué pensar.

Tampoco el escribidor de Sánchez y su proyecto bolivariano, que es Miguel Barroso en El País de Oughourlian, que ha asaltado Indra con el asombroso argumento de que los Estados deben proteger las empresas estratégicas. ¿Y qué pinta un particular en el Estado y en lo estratégico? Y la Derecha, sin enterarse de que Indra es la empresa que cuenta los votos. Y que la América ayer Ibera, hoy Soviética, es sospechoso de todo pucherazo. Están en el detallito partidista o personal y se olvidan del cuadro general.

Errores en la campaña de Vox

No creo que, al terminar la campaña de Vox, nadie creyera que se organizó bien desde el principio y se llevó a cabo a satisfacción de todos. La primera semana, incluido el primer debate televisivo, fue tan mala que, dentro y fuera del partido, se oía que iban a acabar con «la Ayuso de Vox». Se cayó en la identificación regionalista en vez de reivindicar la ciudadanía española, que es el rasgo esencial en la ideología de Vox. Se reconvirtió a una gran abogada del Estado y formidable oradora en las Cortes en Madre Coraje andaluza pero alicantina, mezcla de Ana Magnani y Juanita Reina. Y que se presentaba contra el partido al que ofrecía un pacto de Gobierno.

En la segunda semana, o para el segundo debate, cambió la estrategia y se rectificó el blanco, pero se mantuvo esa actitud chulesca que en nada corresponde a la personalidad de Macarena Olona, mucho más reflexiva y bien humorada que la belleza flamenca que navajeaba a Juanma Moreno. No es que estuviera mal, aunque bien no estaba, es que no era ella, había en su actitud y su discurso una sobreactuación que sólo se matizó al final de la campaña, cuando las cosas no tienen remedio. ¿Estuvo mal? Si hubiera sido una desconocida, no. Siendo conocidísima, sí. Creo que fue un despilfarro. Un disparate mal preparado, que es algo impropio de Olona, fue sacar el supuesto manual sobre la masturbación, en vez de insistir en las partes transversales del discurso de Vox: la Ley de Violencia de Género, la Ley Trans, la del Sólo sí es sí, y, sobre todo, la conversión de secuestradoras como María Sevilla en símbolos de la Izquierda, algo que el PP se niega a combatir, porque no se atreve a cambiar la Viogen. Bien planteados, son argumentos que sólo ha defendido y puede defender Vox. A cambio, un fervorín de sacristía y de oídas. Dejar escapar a Teresa Rodríguez y a Juanma Moreno no tiene perdón. Espadas y Nieto ya llegaban muertos.

El resultado de esta noche favorecerá una interpretación u otra de la campaña. A mí no me quitarán de la cabeza que, con la mejor candidata, Vox ha hecho un papel pobre. Y que la razón de fondo es que Abascal no ha asumido aún la necesidad de convertir un partido de 50.000 votos en una fuerza de cinco millones. Y que con grandes mítines no se llenan las urnas. Si Macarena fuera Gallardo, no lo criticaría. Pero no lo es, y Vox trasmitía la impresión de que, para ellos, el partido lo es todo. Y eso ya es imposible.

Errores en la campaña del PP

Si, a mi parecer, fue un error de Vox hacer un balance negativo de toda la legislatura de Moreno, habiendo votado dos de tres presupuestos, también fue un error de Moreno darse por satisfecho por lo logrado para buscar una mayoría por inercia, al estilo del PSOE, en vez de insistir en que lo conseguido era sólo una parte de lo intentado y que el PP necesitaba una mayoría más amplia, solo o en coalición, para alcanzar todos los objetivos. Era tan ostentosa la autocomplacencia que no dejó nada a la autocrítica, y, si Vox hubiera hecho una campaña más medida, se lo habría puesto difícil.

Sin embargo, aunque hoy sacara mayoría absoluta, Juanma Moreno transmitió la imagen de un poder regional encantado de haberse conocido, pero con un programa de cambios profundos agotado. Y eso no sólo augura un pésimo futuro para Andalucía, que los necesita, sino para el PP, que se limitaría a incorporar a Arenas y Juanma a la foto del Clan de la Tortilla. Un PP satisfecho por asentarse tras 37 años de socialismo está muy bien. Un PP que se contente con eso, está, más tarde o más temprano, acabado.

«¡Largo me lo fiais!», reirán los arriolos, ahora michavilos. No tanto, listillos. Mirad al PSOE en la Izquierda: parecía eterno. Mirad a Vox en la Derecha: está empezando. Lo que dure dependerá de la capacidad del PP de escuchar a la media España que ignoraron Rajoy y Casado, hoy angustiada económicamente y desprotegida políticamente. Entre el localismo y el electoralismo, en esta campaña andaluza, de ella no se ha acordado nadie.

Dicho lo cual, a España le convendría hoy tanto el naufragio de la Izquierda como la rectificación de las derechas. De las dos.

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