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Somos Identitarios, contra la globalización y la inmigración masiva

Somos Identitarios es un partido político nacido en junio del año 2016, que tiene su origen en Cataluña y con la perspectiva de proyectarse a nivel de España.

En Somos Identitarios somos conscientes del vacío de representación que existe en el espacio electoral de partidos identitarios. Había que crear, pues, un nuevo partido, con perfil propio, en el que pudieran sentirse representados los ciudadanos que se habían quedado huérfanos de representación”, apuntan.

Era necesario un proyecto identitario que evite las consecuencias nefastas que suponen para nuestra supervivencia la globalización, el capitalismos y la inmigración masiva“, dicen.

Es urgente hacer un giro social hacia la izquierda sociológica como defensa política de los intereses morales y materiales de los trabajadores del país, principales perjudicados por la actual política de inmigración”.

Anglada ha añadido que “Somos Identitarios trabajará para regenerar la democracia en Cataluña y España a través de una formación identitaria que lleve a cabo políticas nuevas i distintas para acabar con la corrupción.

La defensa de la nación española y de Europa como civilización es fundamental para defender la cultura social y laboral europea para defender a los trabajadores y a las clases populares frente a las élites político-financieras.

Este es el Manifiesto ideológico de Somos Identitarios (SOMI) sobre las consecuencias de la globalización, el capitalismo y la inmigración masiva:

1. Las naciones de Europa se aprestan hoy a un combate de carácter histórico contra el capitalismo global. Estamos en los comienzos de una lucha profundamente revolucionaria.

En Europa toda lucha política revolucionaria tiene que basarse en una idea racional que sea más racional que todas las ideas que compiten con ella. Esto es así porque la historia ha demostrado que, en el medio y largo plazo, Europa marcha siempre hacia mayores niveles de racionalidad.

En consecuencia, una lucha revolucionaria necesita identificar una idea última que la informe y la gobierne y que resulte ser la portadora de la racionalidad histórica de la época. Hoy, para nosotros, esa idea sólo puede ser la preservación de la civilización europea. Hagamos entonces solamente no más que un intento de caracterizar a nuestra civilización. Intentémoslo primero a través de sus cuatro grandes valores:

-el conocimiento riguroso, como acercamiento racional a la realidad;

-el deber, como mandato de la racionalidad práctica;

-el amor, como empatía con todos los seres capaces de sufrir;

-la belleza, en la naturaleza y en el arte.

Para seguir caracterizándola, debemos señalar que nuestra civilización exige de la sociedad, para considerarla una sociedad civilizada, que satisfaga las condiciones siguientes:

-que esté dirigida a propiciar el desarrollo de la racionalidad y, por tanto, que respete las libertades cívicas que permiten al ciudadano pensar, investigar, expresarse, asociarse y manifestarse libremente, y que a la vez eduque a los ciudadanos para que desarrollen el sentido del deber y el temperamento que permite cumplirlo, incluso en las condiciones más desfavorables;

-que no admita más desigualdades que las que están justificadas por los méritos o las capacidades o por el bien común de todos los ciudadanos;

-que sea una sociedad democrática, basada en la soberanía popular, en la que las decisiones políticas no estén reservadas a una persona o a un grupo sino que emanen del pueblo;

-que en ella la economía esté al servicio de la comunidad, controlada por el poder político y sometida a mecanismos de solidaridad que aseguren la cohesión social; es decir, las conquistas sociales de los trabajadores en los últimos ciento cincuenta años son parte esencial de la civilización como los europeos la entendemos.

Erigir la defensa de la civilización europea como eje ideológico de una lucha política sólo tiene sentido si esa civilización está bajo una amenaza de dimensiones históricas: hacer política revolucionaria es hacer historia y para hacer historia hay que captar el sentido del momento histórico, es decir, hay que identificar qué es lo que está históricamente en juego en el punto de la historia en el que se opera.

El sentido de nuestro momento histórico es este: la civilización europea está hoy amenazada por un avatar del capitalismo salvaje: el capitalismo global. El capitalismo global destruye las bases, es decir, las condiciones de posibilidad de la civilización como la entendemos. Por una parte, el capitalismo global mina las bases naturales de la civilización, esto es, sus condiciones naturales de posibilidad, y, por otra parte, socava igualmente sus condiciones sociales de posibilidad.

El capitalismo global amenaza las condiciones naturales de posibilidad de la civilización europea eliminando progresivamente la población que ha creado esta civilización a lo largo de los últimos 2.500 años: no hay garantía alguna de que la civilización, tal como la conocemos y valoramos, pueda sobrevivir a la desaparición de la población que la creó. Y amenaza igualmente esas condiciones destruyendo el medio natural que es imprescindible para el mantenimiento de una vida humana digna de ese nombre.

Además, el capitalismo global amenaza las condiciones sociales de posibilidad de la civilización europea al menos de tres maneras:

-destruyendo la tradición cultural y moral europea;

-sustituyendo la democracia por el poder del dinero y sustituyendo los procesos democráticos de toma social de decisiones por los mecanismos del mercado global;

-eliminando el sentido social de la economía: el capitalismo global es intrínsecamente neoliberal y está aprovechando la apertura de los mercados a nivel mundial para destruir las conquistas de las clases trabajadoras en los últimos 150 años, conquistas que son ahora parte integrante de nuestra civilización.

2. Todo movimiento político necesita analizar quiénes son sus amigos y quiénes son sus enemigos. Sus amigos se convertirán en su clientela política potencial.

Una lucha política por la civilización europea y contra el capitalismo global tendrá en Europa como aliados naturales a las clases trabajadoras y a las pequeñas empresas; tendrá como enemigos al gran capital y a la clase política ligada a él. Igualmente tendrá como enemigos a los transmisores de la ideología dominante, a quienes, diciéndose de izquierdas o de derechas, son en realidad neoliberales o meros ‘progres’ apegados a los dogmas de la superestructura ideológica del capitalismo global; y éstos son esencialmente los medios de comunicación.

La globalización es consecuencia de la dinámica del capitalismo y parte del credo neoliberal: es esencialmente la libre circulación de mercancías, capitales y mano de obra. A su vez el neoliberalismo es consecuencia de la concepción individualista del ser humano como un yo puro, un yo sin contexto o circunstancia, un individuo sin vínculos comunitarios; es consecuencia de la falsificación sistemática de la naturaleza humana. El ser humano no es ese yo perfectamente autodeterminado que los pensadores liberales de la Ilustración querían dueño absoluto de sí y de lo suyo, capaz de vincularse con sus semejantes solamente a través de contratos. Es esta falsificación racionalista del ser humano la que ha

desembocado históricamente, como en su producto final, en el capitalismo global: el mercado global -esa vertiginosa maraña de contratos- es el contenido real, la materialización histórica de la falsificación individualista de la naturaleza humana. La concepción del hombre como un yo puro sobrevivirá con el triunfo de la globalización o sucumbirá con su fracaso porque la barbarie de la globalización capitalista es el secreto desvelado de las ideologías que se articulan sobre la concepción del hombre como un individuo puro; es la conclusión que la historia deduce de sus premisas. La falsificación racionalista de la naturaleza humana no es una ganancia de racionalidad sino una merma, porque una merma de razón es lo único que la mentira puede aspirar a ser.

En esta circunstancia histórica hay tres intereses que convergen llamativa y poderosamente:

-los intereses morales de quienes están dispuestos a luchar por ese milagro de la historia que llamamos civilización europea;

-los intereses ideológicos de quienes defienden una concepción del hombre alternativa, patriótica y comunitaria;

-los intereses económicos de las clases trabajadoras en lucha por la defensa de sus conquistas sociales.

A nivel abstracto esto es así porque todos esos intereses son enemigos del capitalismo global y ante tamaño enemigo la definición política esencial es a favor o en contra.

Pero la historia tiene tramas mucho más concretas. El capitalismo global, mediante la anulación de facto de las fronteras nacionales, ha puesto a competir a los trabajadores de Europa con los trabajadores del resto del mundo, cinco veces más numerosos y con salarios medios siete veces más bajos. Esta competencia se realiza a través de tres mecanismos:

-la inmigración masiva;

-la deslocalización y la concentración de las inversiones en el tercer mundo;

-las importaciones desde países que producen con dumping social y ecológico, es decir, con salarios de miseria, con condiciones laborales de semi-esclavitud y sin pagar impuestos para la protección del medio natural.

Mientras los trabajadores europeos perciban salarios más altos o disfruten de mejores condiciones salariales:

-serán despedidos, si no aceptan salarios menores y peores condiciones laborales, para ser paulatinamente sustituidos por inmigrantes;

-serán despedidos, si no aceptan salarios menores y peores condiciones laborales, porque la producción se trasladará a países con mano de obra más barata;

-serán despedidos, si no aceptan salarios menores y peores condiciones laborales, porque sus empresas no podrán competir con las que producen en el tercer mundo y exportan a Europa.

El proceso sólo terminará cuando

-los salarios reales de los trabajadores europeos hayan descendido hasta igualarse con los del tercer mundo;

-cuando sus condiciones de trabajo hayan empeorado sustancialmente y ellos estén incondicionalmente en manos de las empresas;

-cuando las cotizaciones sociales, y con ellas las prestaciones sociales, hayan disminuido hasta hacer desparecer el estado del bienestar.

Es decir, será un proceso de tercermundización que desembocará en la restauración del capitalismo salvaje y la consiguiente destrucción de las conquistas sociales de los trabajadores en Europa; ahora bien, como las conquistas sociales de los trabajadores son elemento integrante de la civilización europea, el proceso llevará a la destrucción de la misma civilización europea.

Lo que la globalización significa en términos sociales es esencialmente esto: los trabajadores dejan de estar protegidos por sus estados nacionales (de las patrias que en su lucha conquistaron e hicieron solidarias), de modo que sus vidas empiezan a estar en manos de los mercados mundiales. El final del siglo XX vio romperse el pacto fordista-keynesiano, que había limado la lucha de clases desde 1945. Desde los años ochenta el gran capital ha lanzado una nueva lucha de clases, dirigida contra los derechos de los trabajadores y contra la economía social. Los trabajadores tarde o temprano responderán alzándose contra el capitalismo global. Y sólo podrán hacerlo buscando sustituir la lógica del dinero por la lógica democrática, la lógica de los mercados por la lógica política, es decir, apelando al poder político de los estados nacionales. Pero el fundamento de esos estados es la identidad nacional y cultural de las poblaciones. Por eso, la rebelión de las clases trabajadoras es lo único que se interpone entre nosotros y la sustitución de la civilización por el capitalismo salvaje, y esa sublevación será una revolución contra los mercados y por los estados nacionales. En consecuencia, la lucha obrera, la lucha patriótica y la lucha por la civilización europea han sido unidas por la historia con lazo tan fuerte que el hombre no podrá separarlas.

Y ese lazo alumbrará nuevas ideologías, que serán nuevas concepciones del ser humano.

Para poner en pie la lucha social y nacional en el siglo XXI hay que comprender la naturaleza del capitalismo global y la de su única alternativa posible: la revolución social y patriótica. Todo lo demás es tontería. Quienes digan defender a los trabajadores y luchar contra el capitalismo pero renieguen de las fronteras e identidades nacionales, defiendan la inmigración y el libre comercio sin restricciones, no defienden a los trabajadores ni luchan contra el capitalismo: hacen el juego al capitalismo y paralizan la lucha de los trabajadores, dificultando que estos reconozcan las causas de su creciente sufrimiento y las correspondientes soluciones. Esos constituyen esa izquierda, ya falsa por vieja, que, ignorando cómo luchar contra el capitalismo global, se dedican a expandir la ideología antipatriótica que allana su desarrollo.

Y la única manera de revertir el proceso globalizador para preservar nuestras tradiciones culturales y los valores de la civilización europea consiste en apoyarse en los intereses de los trabajadores: quienes no vean que toda lucha por las identidades nacionales y por la civilización pasa hoy por una posición social y económica anticapitalista serán absolutamente incapaces de contribuir a esa lucha y se convertirán en aliados objetivos de los globalizadores.

3. El arma más poderosa del capitalismo es la ideología.

El control moderno de las masas no se realiza generalmente a través de la violencia o la coerción física sino mediante el control mental: en palabras de Marx, mediante la superestructura ideológica.

La superestructura ideológica del capitalismo global es el falso “antirracismo” de los políticos y los medios de comunicación. No es un antirracismo sincero, entendido como defensa de los pueblos y las personas contra la opresión de otros pueblos o contra las discriminaciones injustas: ese verdadero antirracismo lo asumimos y lo proclamamos. Pero no es ese el antirracismo que transmiten los medios de comunicación.

Lo que transmiten es un falso antirracismo que se presenta como anti-patriotismo y anti-identitarismo, es decir como negación del derecho de los pueblos a su identidad y a regir sus destinos dentro de sus legítimas fronteras. Se trata de un antirracismo diseñado para paralizar en el alma de los trabajadores, y mediante el sentimiento de culpabilidad, las protestas contra la inmigración, la deslocalización y las importaciones con dumping social y ecológico. Se trata de un antirracismo diseñado para obligar a los pueblos a abandonar el control democrático-político de sus vidas en manos de los mercados. Se trata de un antirracismo que es en realidad un racismo anti-blanco, que pretende infiltrar en el sentir de los trabajadores a los que quiere dominar un sentimiento de culpabilidad que atenace su capacidad para ver claramente la realidad y para alzarse eficazmente para transformarla.

El falso antirracismo de los políticos, de los medios de comunicación, de los libros de texto no es más que una superestructura ideológica diseñada con el propósito de hacer bajar los salarios, para empeorar las condiciones de trabajo y para desmantelar el estado del bienestar.

La defensa de los derechos de los trabajadores europeos, la defensa de la civilización europea, la defensa del derecho de los pueblos a ser dueños de su destino y a conservar su identidad, no es racismo. Oponerse a la invasión migratoria que va a destruir la identidad y las conquistas sociales de Europa no es racismo, no es oponerse al inmigrante. Y no lo es porque sólo si Europa se mantiene como fortaleza social y civilizatoria, como plaza fuerte de las conquistas sociales y civilizatorias de la humanidad, será posible evitar que la humanidad entera se sumerja en la barbarie del capitalismo salvaje. Europa debe erigirse en fortaleza social y civilizatoria para que su coraje en la lucha por la justicia sea ejemplo y semilla para la lucha de los trabajadores por sus derechos en el mundo entero. Luchando por los derechos de los trabajadores españoles y europeos, luchamos a la vez por los derechos de los trabajadores del mundo entero.

Si los medios de comunicación (es decir, los transmisores canónicos de la ideología del capitalismo global) tachan de racismo a nuestra posición, la razón última es que nuestra lucha por la identidad amenaza al capitalismo y a los intereses del dinero.

4. Los europeos tenemos varios niveles de identidad. Somos bávaros o provenzales o galeses o gallegos. Somos españoles, alemanes o franceses. Somos europeos.

El patriotismo de los trabajadores, el que tiene que enfrentar y vencer al capitalismo global, debe respetar todos esos niveles de identidad. Cualquier centralismo jacobino que ahogue la identidad de las regiones de Europa peca contra el derecho de los pueblos a su identidad. Y los nacionalismos separatistas pecan contra la necesidad de apuntalar los estados nacionales para hacerlos más fuertes que el poder del dinero, más fuertes que los mercados, más fuertes que sus enemigos. Finalmente, cualquier sentimiento antieuropeo basado en exclusivismos nacionales peca contra la patria futura de los trabajadores europeos y la cuna de nuestra civilización compartida. Examinemos este último punto.

El primer gran intento de globalización capitalista se quebró en la crisis del 29 y dio lugar a un resurgir de los nacionalismos. Estamos ahora en otro nivel de la historia. Ninguna nación europea podrá jugar en solitario un papel relevante en la política mundial. Sólo Europa podrá hacerlo. Los actuales estados nacionales europeos deben constituirse en los ladrillos de la construcción europea, de una confederación europea que actúe a nivel mundial como un solo agente político para defender los valores de nuestra civilización. A pesar de que la Unión Europea y la Eurozona son creaciones del capitalismo, concebidas como grandes espacios para el neoliberalismo y como pasos hacia la globalización, nosotros no debemos destruirlas sino más bien conquistarlas y cambiarlas de signo hasta dotarlas de carácter social, identitario y civilizatorio. Igual que durante siglos los estados nacionales sirvieron a los intereses de la burguesía hasta que los trabajadores y su lucha los conquistaron e inculcaron en ellos la dimensión social y solidaria que hoy estamos en trance de defender, de esa misma manera los trabajadores conquistarán y transmutarán el monstruo neoliberal que hoy llaman Europa en una confederación a la vez social y verdaderamente comprometida con la identidad y la civilización europeas.

5. Nadie puede adivinar el futuro.

Pero hay razones para la esperanza. El capitalismo global se convierte progresivamente en un modo de producción ineficiente. Los mercados, cuanto más independientes se hacen del control estatal, se vuelven más inestables, porque los sistemas complejos tienden a hacerse inestables si no se dotan de elementos de control central. Los mercados, cuanto más internacionalizados se vuelven, más inestables resultan, porque los sistemas complejos se vuelven inestables cuando no adoptan fronteras que los protejan de las perturbaciones procedentes del exterior. Un puñado de teorías lógico-matemáticas (la teoría de sistemas, la dinámica de sistemas, la teoría de los sistemas dinámicos discretos…) nos están avisando de que el capitalismo global es intrínsecamente inestable y, como tal, condenado a convertirse en ineficiente. Las repetidas burbujas y sus estallidos son manifestaciones de esa ineficiencia.

Como consecuencia de la inestabilidad del capitalismo, estamos viendo a las clases trabajadoras de los países occidentales (Francia, Austria, Bélgica, Dinamarca, Suecia, Hungría… e incluso los EEUU) poner freno con su voto a la globalización. Estamos asistiendo a una progresiva desaparición del poder que de los medios de comunicación de masas ejercen sobre el pueblo transmitiendo el discurso políticamente correcto que no es más que la ideología del capitalismo global. La gente está harta en Occidente de lo políticamente correcto y los nuevos medios de comunicación (las redes sociales) le está permitiendo expresar y compartir ese hartazgo. Se está creando una nueva opinión pública al margen de los medios de comunicación tradicionales y al margen del discurso políticamente correcto.

Todo indica que podríamos estar a las puertas de una reorganización cultural, económica y política de gran envergadura. ¿Hacia qué organización económica tenderá la humanidad en el futuro próximo?

Probablemente, el modelo económicamente más eficaz de organización para la humanidad es el modelo de las áreas autocentradas: grandes áreas de tradición y cultura semejantes convertidas en zonas de libre comercio y en actores geopolíticos en la escena mundial: Europa, Norteamérica, los países árabes, Latinoamérica, China y el extremo oriente… Las simulaciones por ordenador sugieren que la organización económica más estable es la que se corresponde con un mundo dividido en un puñado de áreas autocentradas, áreas en las que la economía esté controlada por poderes políticos democráticos e imbuidos de los valores de los pueblos, áreas nunca aisladas pero sí dotadas de fronteras que eviten que el colapso en un punto del globo se convierta en colapso universal.

El capitalismo global es además ineficiente en el medio plazo porque es un sistema depredador, porque la lógica de los mercados y el dinero es incompatible con la lógica del equilibrio entre la humanidad y su planeta. Sólo una lógica política nueva, sustentada por una concepción nueva del hombre y su relación con la naturaleza, puede resultar en una economía sostenible.

La humanidad evoluciona siempre en el medio y largo plazo hacia mayores cotas de racionalidad y eso en economía significa también mayor eficiencia. Esa simple constatación alimenta la esperanza de que, por simples necesidades económicas, el capitalismo global tendrá que ser desechado. Esa mutación histórica, el hundimiento del capitalismo global, otorgará una oportunidad a quienes luchan por un orden más justo y más acorde con la verdadera naturaleza humana.

Al menos sí han visto con lucidez y se han preparado con diligencia.