«Sueños», la decadencia imperial

Un espectáculo complejo, de belleza heladora, discursivo a veces y lastrado por esa difícil y esquiva teatralidad

Tarea ardua la de buscarle las vueltas de la teatralidad a la descriptiva y honda prosa de «Los sueños» de Quevedo. Tal vez por eso, la plausible versión libre que firma José Luis Collado añade fragmentos de otros textos, algunos poemas (como los impresionantes sonetos «Amor constante más allá de la muerte» y «Miré los muros de la patria mía») y diversos pespuntes biográficos como nexo entre las distintas partes de un espectáculo complejo, de belleza heladora, discursivo a veces y lastrado por esa difícil y esquiva teatralidad a la que he aludido.

«Sueños» (***)A partir de «Los sueños» de Francisco de Quevedo, versión libre de José Luis Collado. Dramaturgia y dirección: Gerardo Vera. Vestuario: Alejandro Andújar. Iluminación: Juan Gómez-Cornejo. Escenografía: A. Andújar y G. Vera. Vídeoescena: Álvaro Luna. Intérpretes: Juan Echanove, Óscar de la Fuente, Lucía Quintana, Markos Marín, Antonia Paso, Marta Ribera, Chema Ruiz, Ferrán Vilajosana, Eugenio Villota y Abel Vitón. Teatro de la Comedia. Madrid.

En sus últimos días, don Francisco de Quevedo(1580-1645) refugia su maltrecho cuerpo, sempiternamente aterido, en una suerte de hospital termal donde repasa viejos escritos y evoca su vida. Vuelan las hojas de sus «Sueños y discursos de verdades descubridoras de abusos, vicios y engaños en todos los oficios y estados del mundo» y las recoge una cuidadora que dice llamarse Aminta (fresca y clara Lucía Quintana). El nombre, que coincide con el de una antigua amante del poeta, lleva a este a su etapa de esplendor juvenil en Nápoles junto al duque de Osuna, virrey del enclave partenopeo, amigo y compañero de francachelas. Así arranca un recorrido que alterna la peripecia biográfica y fragmentos de esos «Sueños», cuatro de los cuales escribió temprano, en la primera década del siglo XVII, y el quinto y último, «Sueño de la Muerte», durante su destierro en la Torre de Juan Abad a partir de 1620.

Un itinerario espectral en el que los enfermos del hospital se confunden con los fantasmas de quienes conoció y los personajes condenados al gélido infierno que Quevedo visita guiado por la Parca, que tiene los rasgos de una hermosa mujer (estupenda y sensual Marta Ribera). Así, estos «Sueños» son tanto un repaso de la existencia del escritor madrileño como un amargo diagnóstico de la decadencia de la España de su tiempo, condena de las ambiciones cortesanas, censura vitriólica de la moral farisaica y crítica de la corrupción.

Gerardo Vera realiza un peliagudo y valiente ejercicio de dirección dando sentido a todo el andamiaje de un espectáculo en que terminan pesando sus más de dos horas de duración y el abusivo empleo de las imágenes filmadas, en ocasiones en pugna con el resto de la representación, pues duplican y distraen de la acción de los actores presentes en el escenario. Notables interpretaciones de un elenco encabezado por Juan Echanove, que interpreta a Quevedo con un tonante realismo de escuela antigua.

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