Inicio Actualidad Teniente coronel Area Sacristán: «Hay militares enfadados porque no les dejan cumplir...

Teniente coronel Area Sacristán: «Hay militares enfadados porque no les dejan cumplir con el mandato constitucional de salvar España»

Luis Romero.- El teniente coronel de Infantería Enrique Área Sacristán (Vitoria, 1960) representa el espíritu inquieto del militar español de siempre: la voluntad de servicio y el compromiso con España. A diferencia de otros que permanecieron ciegos, sordos y mudos durante su periodo laboral activo, Area Sacristán, que es también doctor en Sociología por la Universidad de Salamanca, no ha esperado su pase a la reserva para decir lo que piensa. Su concepto estricto del honor y del deber está muy por encima del que exhibieron la mayoría de mandos en los últimos 40 años.

Hemos vuelto a conversar con él para conocer sus opiniones sobre asuntos del Ejército. Área Sacristán se pronuncia sin tapujos sobre hechos que considera de especial significación porque afectan al trazado del porvenir de millones de españoles.

¿Qué cree que falta, en una situación como la que vivimos, en los Ejércitos?

Lo que, sobre todo falta en muchos es la abnegación, falta que se traduce en muchos por ambición desmedida, que hace para ellos que el servicio se convierta en un modo de poner de manifiesto las aptitudes que realmente poseen o de aparentar aquellas de las que carecen; y cuando el móvil es el deseo de lograr una distinción, o de conseguir una recompensa, excita el deseo de agradar a los superiores, y da lugar a complacencias y a timideces fuera de razón y oportunidad, porque el buen militar nada tiene que temer ni nada que solicitar; si tras de su obra llegan las recompensas oficiales, que sean bien llegadas; pero para un espíritu elevado nunca podrán ser un móvil de acción, como parece que pudiera darse ahora entre algunos Mandos Superiores de las Fuerzas Armadas.

¿Es esto una generalidad o sólo se da en una parte muy pequeña de los mandos?

Hay otros a los que la ambición hace creerse de una esencia superior a la de sus subordinados, con lo que, degenerando aquel vicio en vanidad, toman su propia persona por eje del universo, y tratan solamente de brillar, mostrando su pretendida superioridad y su poder, afectando un altivo desdén, tomando actitudes de una cómica soberbia, mirando con arrogancia, interpelando rudamente a sus subordinados, manteniéndolos a distancia, considerándolos como seres sin valor, cuyo contacto hubiera de rebajar su importancia; el hombre vanidoso no tolera la menor objeción, sus órdenes son duras, tajantes, procura reprender en público para atraer sobre sí la atención de los espectadores ocasionales y poner de manifiesto la autoridad que ejerce, y movido de igual torpeza, castiga con el menor motivo como es mi caso con la ministrilla a raíz del artículo sobre Cataluña de 30AGO2018 de estricto cariz sociológico pero incómodo para el Ministerio de Defensa.

¿Es inofensivo este vicio o puede perjudicar el normal desarrollo en la moral de los ejércitos?

Cuando este vicio no es exagerado puede resultar inofensivo. Es preciso no confundir la ambición con lo que es legítimo interés. “El hombre, dice Lebon, no da todo su rendimiento más que cuando está directamente interesado en el éxito de la obra emprendida. De este principio psicológico resulta que el trabajador que no percibe un salario proporcional a sus esfuerzos para la prosperidad de su organización y el empleado del Estado que trabaja a sueldo fijo dan siempre un rendimiento mediocre”, como puede ocurrir en los ejércitos en lo que se refiere a tropa cuyos componentes llegan escasamente al salario mínimo interprofesional a pesar de jugarse la vida por España.

Dice usted esto, mi teniente cCoronel, cuando este vicio no es exagerado. Pero, cuando lo es exagerado… ¿qué sucede?

Cuando así sucede, y un Mando de estas condiciones recibe una Unidad del Ejército abnegada, vigorosa y llena de iniciativa, consigue al poco tiempo unos subordinados descorazonados, descontentos, escépticos y resignados.

Hablando del jefe vanidoso dice el general almirante: “(…). No es posible, aunque sí es de recomendar la igualdad constante de humor; pero la altanería no prescribe malos o bruscos modales, más bien se envuelve en fría y desdeñosa cortesía. La altanería es más intolerable y repulsiva que el verdadero orgullo; no es la expresión franca y fiera de la fuerza o de la soberbia del león, es meramente la vanidad del pavo real”.

Vanidad, y vanidad de pavo real, es la de ciertos dirigentes políticos que por considerarse a sí mismos demasiado inteligentes para el cargo que desempeñan, tienen siempre la crítica pronta e injusta, y ni escuchan a nadie, ni nada aprenden, porque se creen con luces bastantes para no necesitar de las ajenas; y sintiendo una punible indiferencia por sus obligaciones, como podemos constatar en el Parlamento estos días, aceptan todas las ventajas y remuneraciones de su cargo o empleo, encontrándose, sin embargo, demasiado inteligentes para aceptar los deberes y cargos que éste impone; rara vez les asaltan las veleidades de ostentación, pero nunca les tentará tampoco el trabajo.

Dada la situación política de España, ¿Se podría decir que hay entre las filas de los Ejércitos algunos que padecen disgusto del oficio o baja moral porque no les dejan cumplir con el mandato constitucional de salvar España?

Completamente. Es esta una desgracia de la que a veces son víctimas oficiales, suboficiales y tropa de los mejor dotados y la razón de este disgusto suele ser, en los que poseen un alma noble, el haberse vistos cohibidos en sus iniciativas, o haber sido víctimas de las incorrecciones o de las injusticias e incomprensión de sus superiores; otras veces las causas es la falta de aprecio demostrada, y el no reconocimiento de las situaciones por las que pasa la Patria. Los hombres de buenas inclinaciones seguirán cumpliendo con su deber, pero sin entusiasmo, sin iniciativa; y si no reaccionan contra esta depresión por un esfuerzo de voluntad, habrán fracasado definitivamente como soldados.

Para terminar, ¿añadiría algo más?

Si, no se opone lo dicho, antes pudiera servir de fundamento, a las palabras de Lebon: “no a la razón, sino al buen sentido hay que elevar un templo. Muchos hombres están dotados de razón, muy pocos de buen sentido”. Por eso cabalmente, tiene siempre un honrado lugar en las filas de la milicia la discreta mediocridad no nada brillante, pero que tiene el indiscutible mérito de permitir siempre contar con ella.

He aquí desarrollado un vicio de mando originado por la ambición y dictado del egoísmo: el que lo padece se mezcla con los subordinados más humildes entre las Escalas de Tropa como le sucedió al ex-teniente Luis Segura, la halaga, afecta para con ella bonachonería, teniendo por único objeto de todas sus maniobras hacerse pasar por único amigo del soldado.

A su consideración dejo el apreciar las consecuencias y el juzgar de estos extravíos de espíritu.