Inicio Actualidad ‘The Knick’ en Barcelona o los años del furor quirúrgico

‘The Knick’ en Barcelona o los años del furor quirúrgico

Sobre The Knick, serie casi documental aceca del el amanecer de la medicina quirúrgica en Nueva York, mucho se ha escrito y, merecidamente, de forma elogiosa. Es una de las mejores propuestas del catálogo permanente de HBO, pero también se alquila en videoclubs y se presta en bibliotecas municipales, disponibilidad que no hace más que subrayar lo excepcional de esta serie dirigida por Steven Soderbergh, una radiografía mayúscula sobre esos inicios bastante chacineros de cuando la medicina dejó de ser simple galenismo y pasó a adentrarse literalmente en el cuerpo humano. Véanla. Son solo dos temporadas que, con el Knickerbocker Hospital como plató principal, ofrecen una galería de retratos sobre el Nueva York de hace 118 años, el de los fumaderos de opio, la delincuencia de los bajos fondos, la sífilis, la imprudente fascinación por la radiodiagnosis, el racismo, los movimientos a favor de la eugenesia… Nada de todo eso faltó en la Barcelona Rosa de Fuego, pero poco se ha hablado del The Knick barcelonés. Vamos a ello. “Enfermera, escalpelo, por favor…”.

El pasaje Mercader fue la calle de la salud del Eixample, allí donde el galenismo dio paso a la cirugía en mayúsculas

Una fuente inagotable de información para este viaje en el tiempo es Alfons Zarzoso, director del injustamente raquítico Museu d’Història de la Medicina (MHMC) de Catalunya, quien, por cierto, como profesor universitario utiliza en ocasiones el primer capítulo de The Knick para evidenciar a sus alumnos hasta qué punto la eficacia de la cirugía hoy en día le debe mucho al método de prueba y mucho error que se practicó hace ahora un siglo.

El protagonista de la serie es un espléndido Clive Owen en el papel del doctor John Thackery, doctor inspirado a su vez en un cirujano real, William Stewart Halsted, probablemente adicto como Thackerey a la cocaína y a la morfina, que ensayó con animales inexploradas técnicas de sutura, inventor casual de los guantes de látex en la sala de operaciones, un tipo único que, como explica Zarzoso, entendió a la perfección los tres grandes obstáculos a los que se enfrentaba un médico en aquella época, “el dolor, la infección y la hemorragia”. Durante el siglo XIX, explica este historiador, la medicina se vuelve científica, que dicho así suena bien, hasta hermoso, pero en realidad ese tránsito hacia la modernidad consistía en “comenzar a observar a través de los orificios naturales del cuerpo humano” y, más tarde, en realizar aperturas artificiales sin que el dolor, la infección o la hemorragia se llevaran al paciente por delante.

El cuadro del doctor Fargas es un espejo exacto de las andanzas del doctor Thackeray en el quirófano del Knickerbocker Hospital

El The Knick barcelonés fue, a su manera, una callecita de la zona más noble del Eixample, el actual pasaje Mercader, encajado entre la rambla de Catalunya y Balmes, conocido en sus años de gloria como la calle de la Salud, pues allí instaló el doctor Vila d’Abadal la primera clínica quirúrgica extramuros de la ciudad. Eso fue en 1888. Tras el vendrían otros médicos cirujanos. Allí se ofrecía a las clases pudientes lo que comme si comme ça se había ensayado antes en las callejuelas de la vieja ciudad. Un cuadro del pintor J. Sala fechado en 1885 ilustra muy knickianamente ese quehacer. Es casi la versión pictórica de Clive Owen en el papel de John Thackeray. En el cuadro el protagonista es el doctor Fargas en mitad de una ovariotomía, técnica que él personalmente perfeccionó y le hizo célebre. Mientras introduce su mano a través de una incisión de 12 centímetros que ha practicado entre el pubis y el ombligo, sus colaboradores no son meros observadores de la escena. A la izquierda está el doctor Terrades, con su bomba manual de succión a punto. A la derecha, Pau Torras sujeta un termocauterizador por si sobreviene una hemorragia excesiva. Jeroni Estrany, al fondo, es el anestesista. A quienes ya conocen The Knick les resultará familiar la escena y, tal vez, suspirarán un ¡ay! de aflicción por la paciente.

Si los 20 fueron los años locos, las dos anteriores décadas, al menos en el gremio del bisturí, fueron los llamados años del furor quirúrgico. Por primera vez las técnicas médicas se publicaban y corrían de mano en mano. La guerra y la sífilis proporcionaron una fuente inagotable de recursos naturales para la experimentación. La reconstrucción de narices perdidas (sí, también la practica Thackeray) con la técnica renacentista de Gaspare Tagliacozzi (es decir, con un injerto del antebrazo, que obligaba al paciente a pasar varios días con el brazo pegado a la cara) tuvo su maestro en Barcelona en la figura de Pere Gabarró, ya entrado el siglo XX. Las transfusiones fueron otro arcano durante años (a no pocos pacientes se les transfundió incluso sangre de animal, con nefastas consecuencias), y también aquí emerge la figura de otro médico local, Frederic Durán-Jordà, que dio con la receta para transportar la sangre hasta los frentes de batalla sin que coagulara por el camino.

Los escultores de la época, como Rossend Nobas, te esculpían un Rafael Casanova y si era necesario una venus anatómica

Mención especial merece el también barcelonés César Comas Llabería, tempranísimo introductor de la radiología en la ciudad (materia también muy knickiana), que perdió un brazo de tantas veces como se expuso a los rayos X y que, llegados a este punto, sirve en bandeja la oportunidad de subrayar que Barcelona fue, en los tiempos que retrata la serie, el no va más de esa difusa frontera que a veces separa la medicina del espectáculo.

Los 25 museos anatómicos

Fueron aquellos unos años en los que la crema de los escultores locales, como Rossend Nobas, tanto te esculpían un monumento a Rafael Casonova como te elaboraban, por encargo de la elite médica, una venus anatómica (estupendo nombre, por cierto) para impartir lecciones magistrales sobre los órganos internos de una mujer. Eran unas piezas excepcionales (el MHMC tiene un ejemplar magnífico de aquellas venus) e incluso graciosas, porque artistas como Nobas empleaban el mismo molde para ponerle cara a un bebé en el vientre uterino que para componer una escena de angelitos en un monumento fúnebre. El caso es que buena parte de aquellas piezas de cera, yeso y cartón piedra fueron exhibidas como objetos de feria en morbosos museos anatómicos. El más célebre fue el Museu Anatòmic Roca, en la calle Nou de la Rambla, donde despuntaban por el espanto que causaban las realistas esculturas de personas enfermas, sobre todo las que lo eran como consecuencia de la vida viciosa.

El cronista Enric H. March asegura que llegó a haber 25 museos así en la ciudad. Pero las excentricidades paramédicas fueron mucho más allá y hay que dejar constancia, por descontado, de las vinculadas a la radiología. Zarzoso tiene dos de traca: los concursos miss radiografía, en los que se evaluaba la mejor arquitectura ósea, y aquella bacaladería que certificaba que las porciones que vendía no tenían espinas porque previamente las habían radiografiado. Zarzoso, en cambio, no llegó a conocer (quien arriba firma, sí) aquella zapatería de la Gran Via, entre rambla de Catalunya y paseo de Gràcia, que en la sección infantil le echaba los rayos X a los pies de los niños para que los padres comprobaran que el zapato ni le apretaba ni le venía grande. Eso era en los 70, no hace tanto, ecos de la Barcelona knickiana.

‘The Knick’ no es solo una serie de médicos. Lo es además de una época en que la medicina tonteó con la eugenesia, igual que ocurrió en Catalunya

No es por insistir más allá de lo razonable, pero es una serie altamente recomendable, porque cada capítulo es un retrato detallado de la sociedad neoyorquina del paso del XIX al XX y, sin pretenderlo, lo es también de la historia a veces olvidada de Barcelona, que suele coincidir a menudo con la más incómoda. Este sería el caso del hilo argumental que en The Knick desarrolla el personaje del doctor Everett Gallinger, radical defensor de la eugenesia llevada al límite. De eso también hubo algo, más tímidamente, a este lado del Atlántico. Los doctores Leandre Cervera y Jaume Pi Sunyer, ambos con entrada en la Enciclopèdia Catalana, participaron en el empeño de constituir la Societat Catalana d’Eugènica, codo con codo con ilustres de otros ámbitos académicos, como Pompeu Fabra, y con inequívocos titulares en la prensa, como este de ‘La Vanguardia’ en mayo de 1934: “Para preservar la raza catalana”.