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Todos contra Ayuso, la esperanza de la derecha española

Ha comenzado la campaña de acoso y derribo contra Isabel Díaz Ayuso. En esta democracia destructiva de políticos talentosos y refugio de corruptos y arribistas, ha habido campañas políticas y mediáticas contra otros dirigentes. Lo que diferencia a esta de las anteriores es que contra Ayuso se han unido todos: desde Vox hasta la extrema izquierda de Más Madrid; desde Génova hasta Moncloa. Ayuso es la única líder española capaz ella sola de revertir el resultado de unas elecciones. Representa un terremoto político que capta votos a su izquierda y derecha. Un partido liderado por Ayuso sería demasiado peligroso para la mafia que lleva 40 años usufructuando el poder de las instituciones del Estado en su propio provecho. La presidenta de la Comunidad de Madrid ya ha demostrado que es capaz de quitarle votos a Vox y a Podemos, o de acabar con la carrera política de Pablo Iglesias, o de infligir al candidato de Sánchez su mayor derrota electoral, o de generar una ilusión entre los electores nunca antes vista, entonces su defunción pòlítica se convierte en imperio para todos sus rivales, incluidos los de su propio partido.

En ese contexto del “todos contra Ayuso”, se comprende que los tres grupos de izquierda y Vox, la oposición al Gobierno de Isabel Díaz Ayuso, hayan abandonado este jueves el Pleno de la Asamblea de Madrid después de que la presidenta del parlamento autonómico censurase al PSOE que utilizara como arma de combate al hermano de la jefa del Ejecutivo madrileño.

Sorprendió que la arquitecta chanchullera Rocío Monasterio se sumara al desplante de la izquierda. Hace tiempo que venimos advirtiendo de la poca fiabilidad de la nieta del latifundista cubano que cuenta con empleadas de hogar de varias nacionalidades, sin que entre ellas se cuente la española.

Rocío Monasterio es fría y calculadora, merodeadora, medradora, carita de no haber roto un plato nunca y con un afán de protagonismo ilimitado. Lleva 25 años intentando llegar a la política sin medir esfuerzos ni medios… sin experiencia alguna y ahí sigue.

Sin experiencia. Sin escrúpulos. Sin que las personas les importemos. Solo les importa tener poder, patrimonio, influencia, logia y vanagloria. En este caso es casi exhibicionismo. Sabe bien Monasterio que Ayuso tiene el cariño abrumadoramente mayoritario de los votantes del PP y de Vox, que un partido liderado por Ayuso haría trizas las expectativas de la banda que comandan al alimón su marido, Abascal y Ortega Smith. También lo sabe Casado, y por eso se ha lanzado a la infame tarea de cuartear al principal activo que le queda al PP. De no ser por Ayuso, Vox habría fagocitado a los populares tras las elecciones catalanas. Es lo que quieren también los poderes fácticos, sabedores de que una oposición de derecha encabezada por Vox limitaría su ascenso a los 80 diputados, como cuando Fraga. Por eso las terminales mediáticas de esos poderes se han sumado al linchamiento contra Ayuso por tierra, mar y aire. A diferencia del resto de políticos importantes en España, la presidenta madrileña ha sabido conectar con el alma de sus votantes. Las elecciones en Madrid lo corroboraron.

No hace más que un par de años Isabel Díaz Ayuso era una auténtica desconocida que había sido puesta como candidata a la presidencia de la Comunidad de Madrid por un Casado que estaba iniciándose y quería aclarar quien mandaba. Efectivamente esa jugada dio el resultado esperado e Isabel, con un duro discurso en la campaña electoral, fue la segunda candidata más votada en las elecciones. De nuevo el juego de pactos, esta vez con Ciudadanos y Vox, marcó la estrategia que la llevó a la Comunidad de Madrid.

Luego todo cambió, vino la pandemia y ella debió a comenzar a mandar. Sus maneras desactivaron cualquier sospecha de que fuese una imberbe jovencilla, que estuviera allí “puesta por el ayuntamiento”. A partir de ahí todo han sido estrategias políticas demostrando que su juventud no era inconveniente para gestionar una Comunidad como Madrid, sede central de la economía española y motor económico de toda la nación. Suya fue la iniciativa de no cerrar la Comunidad ni la hostelería, que sus parroquianos agradecen, o la de empeñarse en no subir los impuestos comunitarios cuando en otras Autonomías pretendían hacerse una cartera con la piel de los contribuyentes. Incluso cuando el gobierno central o las viejas vacas sagradas de la oposición, incluido el ínclito Rufián, “experto conocedor de la economía española y mundial”, rabiaron diciendo que Madrid era un “paraíso fiscal”, ella consiguió que Madrid quedase como la aldea de los irreductibles galos ante Roma.

Cuando los jerifaltes del PP despertaron una mañana con una serie de mociones de censura avaladas por sus socios de gobierno en Murcia o Castilla-León, ella tuvo la agudeza de anticipar un escenario similar, así que inmediatamente convocó elecciones, salvando la posibilidad de que le hicieran una 13/14. Lo primero, demostrar iniciativa quitándose del medio a su propio vicepresidente: un individuo de Ciudadanos que conspiraba contra ella.

Su dura posición manteniendo su duelo con el gobierno central y sobre todo con su presidente, las redes sociales y posteriormente su reconocimiento internacional, la elevaron a los altares. Luego llegaron las carreras en chandal por Serrano y Alcalá, los memes, tiktoks y los huevos fritos a la Ayuso. Lo penúltimo ha sido conseguir que Mónica García y Rocío Monasterio se pongan de acuerdo sobre el objetivo a batir. El problema de Vox es que se les ve el plumero. Están tan preocupados con el “fenómeno Eric Zemmour” en Francia que a la nieta del latifundista cubano se le está poniendo la misma cara que a Marine Le Pen. El electorado se está dando cuenta finalmente de que Vox no es más que un partido diseñado para conseguir unas decenas de escaños en cada parlamento, al objeto de colocar a unas élites políticas de las que ya no se fía ni su propia militancia.

Ayuso es pues la última esperanza para establecer una estrategia política común de la derecha, a fin de desactivar los intentos de la izquierda radical de convertir nuestra España en una república socialista soviética gobernada por machos alfa, boyeras, y chulos de piscina colocados no con hachís, sino con un dinero público que despilfarrarán en prebendas de casta para reventar finalmente la gallina de los huevos de oro: el esclavizado contribuyente.

Ayuso está dejando a los líderes de la derecha con los glúteos al aire. Por eso alguien ha dado la orden que Casado y Abascal están obedeciendo con docilidad perruna.

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