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Treinta minutos de infierno: se cumplen 15 años del asesinato de siete agentes del CNI en Irak

Corría tal día como hoy pero de hace 15 años. Era el 29 de noviembre de 2003 y la invasión de Irak por parte de la coalición internacional había terminado unos meses atrás. Aquel día, siete agentes españoles del CNI morían asesinados en una emboscada en Latifiya en una emboscada perpetrada por la insurgencia iraquí con armas de fuego y granadas. El objetivo, el convoy que transportaba a un grupo de miembros del Centro Nacional de Inteligencia (CNI) español, quienes fueron emboscados en un punto de la carretera cercana a la localidad de la gobernación de Babilonia. Siete agentes de inteligencia resultaron asesinados y uno quedó gravemente herido, en el que fue el atentado más mortífero contra la presencia española durante la guerra de Irak.

El Consejo de Seguridad de la ONU aprobó la resolución 1483, por la que concedía a Estados Unidos y a Reino Unido el estatus de potencias ocupantes y abría la posibilidad de que otras naciones colaborasen «a la estabilidad y seguridad de Irak mediante la aportación de personal, equipo y otros recursos» bajo la Autoridad Provisional de la Coalición –CPA, por sus siglas en inglés–. El Gobierno de España, presidido por José María Aznar en aquel entonces, se acogió en el mes de julio a esta resolución para acordar el ingreso en la Fuerza Multinacional Irak y el despligue de un contingente militar de 1300 efectivos que cooperase en la ocupación, integrando la Brigada Multinacional Plus Ultra.

Junto a este contingente también viajaron a Irak miembros de la inteligencia española. Ese día, ese 29 de noviembre, dos equipos del CNI, uno que iba a ser relevado en enero de 2004, y sus sustitutos, coincidían en Irak y se decidió que realizasen un viaje de reconocimiento.

La mañana del 29 de noviembre, los dos grupos visitaron diversos organismos nacionales e internacionales en Bagdad, juntos porque según el CNI se incrementaba así «la capacidad de observación y la capacidad de protección recíproca». Tras terminar de almorzar a las 14:30, iniciaron el camino de regreso hacia el sur, al sector controlado por la Brigada Plus Ultra. Los agentes se repartieron entre dos vehículos todoterreno, cada cual con un teléfono satelital Thuraya a su disposición: el primero, un Nissan Patrol blanco, era conducido por Martínez González y tripulado por Merino, Lucas y Zanón; el segundo, un Chevrolet Tahoe azul conducido por Vega y tripulado por Baró, Rodríguez Pérez y Sánchez Riera.

Según el propio relato publicado por Alberto Martínez Arias en la Revista Española de Defensa un mes después de los hechos, “son apenas 200 kilómetros de distancia que van a recorrer en sus dos vehículos todoterreno”, que no estaban blindados, aunque se suponen que a comienzos de 2004 iban a llegar dos con blindaje.

“Cuatro de ellos están realizando un viaje de reconocimiento previo a su incorporación definitiva a la zona prevista para enero de 2004 y los otros cuatro hacen las veces de cicerone antes de volver a casa […]. Y es que, además, estaban trabajando en el máximo nivel de alerta porque durante todo el mes del Ramadán el acoso a todo lo que oliera a Coalición había sido muy duro.”

Se trata de soldados profesionales que ingresaron en el CNI, por sus especiales características y que hicieron un ciclo específico de enseñanza que incluye materias cono normas generales de funcionamiento de los equipos, antecedentes del conflicto, aspectos generales de seguridad, conducción evasiva, tiro, perfeccionamiento del inglés y del árabe…

“El aspecto que ofrecen las ocho personas que acaban de comer en Bagdad no es en absoluto llamativo. Ni por su indumentaria, ni por su aspecto… […] Alberto, Carlos, José, José Carlos, Pepe, Alfonso, Luis Ignacio y José Manuel se repartan entre un Nissan Patrol blanco y un Chevrolet Tahoe azul. Llevan los depósitos de combustible al máximo para evitar paradas innecesarias por arriesgadas, las armas de dotación a mano, aunque no sean visibles y los chalecos antifragmentación muy cerca”, sigue el relato. “Los dos equipos del CNI mantienen periódicamente una comunicación de coche a coche a través de sus teléfonos satélite Thuraya, para cerciorarse de que todo está en orden”.

De repente, cuando ambos vehículos circulan pr una carretera de buen firme, muy ancha y con poco tráfico, un Cadillac blanco, con cinco ocupantes, se coloca detrás del segundo todoterreno. Hace 15 minutos que han hablado por última entre ellos. “Y, de improvisto, comienza a disparar. Son disparos de AK-47. El segundo vehículo del convoy acelera y adelanta al coche de sus compañeros para avisarlos. Intenta situarse en posición de tiro lateral pero no lo consigue. Todo se desarrolla muy deprisa. A pesar de la intensa preparación para situación de emergencia, la realidad es infinitamente más curda, más imprevisible y más cruel. […] El sedán blanco que persigue al convoy sigue tras la estela del segundo coche de los españoles, rebasando por la izquierda al que, hasta ese momento, era el que marcha en cabeza. Lo conduce Alberto que es alcanzado mortalmente por una de las ráfagas de Kalashnikov. Los terroristas hieren en la cabeza mortalmente, a otro de sus ocupantes y revientan las ruedas del flanco izquierdo del todoterreno que se detiene en el arcén de la calzada. El Cadillac sigue su marcha. Se coloca a la altura del segundo vehículo sin dejar de disparar y los terroristas alcanzan ¡mortalmente también a Alfonso, que es quien lo conduce. El vehículo, sin control posible, se sale de la calzada por el arcén derecho y, tras bajar bruscamente un pequeño desnivel, queda atrapado en una zona enfangada”.

Quedan seis agentes vivos y las luces del atardecer comienzan a desaparecer. Dos muertos dos heridos muy graves, uno con un disparo en la cabeza y otro en el estómago. “El coche de los agresores se cruza en la carretera mientras sus ocupantes siguen disparando sin cesar”. Los dos coches españoles se aproximan y repelen el fuego. El Cadillac blanco se va. Se produce una pequeña tregua. Los supervivientes deciden no huir y quedarse con los heridos. “Deciden luchar por ellos hasta donde sea posible”. Consiguen comunicarse con Madrid a través del teléfono móvil. “La comunicación es angustiosa, para quien la hace y más si cabe para quien la recibe. ‘¡M…, nos han atacado!. Tenemos por lo menos dos muertos. Avisa a la Brigada. Que manden helicópteros”.

Sin embargo, la tregua duró poco. Desde detrás de donde se encuentran los agentes españoles, desde unos edificios bajos, comienzan a dispararles de nuevo con fusiles, ametralladoras y granadas. Los cuatro ilesos se defienden como pueden, pero la capacidad de reacción es limitada.

“Carlos vuelve a marcar en el Thuraya el teléfono de Madrid. El tiroteo que reciben es muy intenso. La impotencia de quien recibe la llamada, con el impacto de las detonaciones al final de cada palabra, se revela en su gesto crispado. ‘M… ¡Hay cuatro muertos… o tres! Te doy nuestras coordenadas…2. Se han oído nitidamente cuatro, cinco detonaciones y, bruscamente, se ha cortado la comunicación sin que Carlos haya podido dar las coordenadas, leídas, entre tanta tensión, en el GPS. A tantos miles de kilómetros de distancia, la desesperación da paso a la desolación. No hay manera de ayudarlos. Sin saber dónde están exactamente es prácticamente imposible hacer llegar a tiempo los helicópteros, salvo que se barra kilómetro a kilómetro la carretera”.

A estas alturas, Alberto, Alfonso y José Carlos ya están muertos y hay dos grupos de terroristas disparando desde las casas. “Luis Ignacio y José Manuel suben el pequeño talud desde el segundo vehículo hasta el que está más cerca de la carretera donde se encuentra José”. El tiroteo es cada vez más intenso y el tráfico en la zona se ha detenido. José Manuel cruza la carretera en busca de ayuda y se acerca a unos matorrales. “Está solo. Escucha a su espalda las detonaciones. Su objetivo es conseguir como sea un coche con el que puedan salir del infierno los que queden con vida”. Se le ha encasquillado la pistola-ametralladora, la gente le rodea y comienza a golpearle. “Y, de repente, de entre toda la muchedumbre, ve a un hombre que se acerca y que se aproxima la cara a la suya… No hubo ni una sola palabra que acompañara el gesto. Sólo un beso. En la mejilla. Un gesto de protección procedente de un hombre delgado, bien vestido, elegante…”.

Se trata de un notable de la zona que, con ese gesto, le salva la vida. Le busca un taxi para sacarlo de allí y que le conduzca lejos, a Bagdad. Al pasar junto a la zona del ataque “ve lod dos coches españoles ardiendo y dos de los cuerpos de sus compañeros tendidos en la carretera. Es el único superviviente. No lo sabe, pero se lo teme. Cuando mira el reloj comprueba que, desde que comenzó el ataque apenas han pasado 30 minutos”.

Aproximadamente 30 horas después los siete cadáveres de los agentes asesinados, que además fueron linchados por la turba, y José Manuel, el único superviviente, llegan a la base aérea de Torrejón de Ardoz en un Hércules C-130 del Ejército del Aire.

Una vez llegados a España, sus féretros fueron instalados en el Hospital Central de la Defensa Gómez Ulla, donde se instaló una capilla ardiente a la que asistieron, además de sus familiares, el presidente José María Aznar y el ministro de Defensa Federico Trillo, entre otras personalidades de la política.​ El 2 de diciembre tuvo lugar la ceremonia de funeral de Estado en la sede del Centro Nacional de Inteligencia, con presencia de nuevo de los parientes de los fallecidos, de la familia real, el presidente del Gobierno, el director del CNI Jorge Dezcallar y varios ministros, presidentes autonómicos y representantes políticos.

Las víctimas fueron Carlos Baró Ollero (Madrid, 1967), comandante de Infantería; Alberto Martínez González (Pravia, 1958), comandante de Caballería; Alfonso Vega Calvo (Stuttgart, Alemania, 1962), brigada de Infantería; Luis Ignacio Zanón Tarazona (Cuart de Poblet, 1976), sargento primero del Cuerpo de Telegrafistas del Ejército del Aire; José Lucas Egea (Madrid, 1959), brigada de Caballería; José Ramón Merino Olivera (Madrid, 1954), comandante de Infantería; y José Carlos Rodríguez Pérez (San Martín del Pedroso, 1962), comandante de Infantería.

José Manuel Sánchez Riera, suboficial, fue el único superviviente.​