Inicio Actualidad Tres damas de la revolución: Pasionaria, Nelken y Montseny | La Gaceta

Tres damas de la revolución: Pasionaria, Nelken y Montseny | La Gaceta

Según Aristóteles, la tragedia nos conmueve porque trata de grandes  desdichas que ocurren a otros sin merecerlo, por lo que provocan miedo y compasión, la catarsis. Algo así creo recordar.  Por lo tanto, no hay crimen y castigo, es decir, la tragedia es un relato amoral. Según tu novela, así sería, entonces.

–No me parece buen planteamiento ese. Un grave accidente sería también una tragedia y de hecho así se dice muchas veces. Pero es un problema serio. ¿Son culpables Irina e Iliena? ¿Lo es Paco? ¿En qué sentido provoca una catarsis la narración de los hechos? No estoy seguro. ¡Hombre!, compasión sí producen, desde luego, porque por insensibles que seamos siempre las desdichas ajenas nos afectan de algún modo.

–Pero no las desdichas merecidas, esas no nos causan compasión.

–Lo mismo pasa con el otro caso, el de la poetisa, su tía y el actor fracasado. Nos causa compasión porque ninguno se lo merece, son “las cosas de la vida”.

–El problema de fondo es ese. Los personajes somos nosotros mismos, nos identificamos con ellos con más o menos intensidad. ¿Nos merecemos los males que nos caen? ¿O los bienes?

–La mayor culpa del hombre es haber nacido, ¿no lo decía el Segismundo de Calderón?

–No me convence. O, bueno, solo en el hecho de que la vida humana va asociada a la culpa. Los animales no experimentan la culpa, parece ser. Pero una cosa es la asociación y otra decir que la vida humana es una culpa, bueno, un pecado.

–Veamos: si hay un culpable en el episodio de Rusia ese es Paco. Está acostumbrado a hacer su voluntad, se enamora de  Iliena después de mentir a la otra, y provoca la cadena de catástrofes. Podría haberse contenido, sabiendo el daño que hacía a su amigo, además de que la chica no le quería a él.

–Pero en esos enamoramientos súbitos, que se dan, eh,  y pueden ser muy violentos, hay un factor que escapa a la voluntad y al razonamiento. Qué, en concreto, se ve en la otra persona, es imposible saberlo. Pero es algo que hechiza, por así decir, y parece que sin ella la vida se vuelve insoportable.  No pasa con frecuencia, afortunadamente. De todas formas, Paco parecía el menos indicado para sufrir un ataque así.

–¿Quieres decir que es inverosímil?

–No. Pero creo que se da más en personas solitarias, o que no han tenido relación sexual, o poca, a lo mejor gente aburrida que de pronto se deslumbra con una visión beatífica en alguien del otro sexo. Ojo, también puede darse entre homosexuales, pero propiamente es lo que digo.  En cambio Paco es todo lo contrario, tiene gran facilidad con las mujeres y tampoco espera mucho de ellas. En ese sentido me parece raro. No inverosímil, pero raro.

 –A mí me interesa el problema moral. En la tragedia griega son las acciones de los personajes los que les llevan a la catástrofe. Ellos saben defender muy bien su causa, pero por debajo corre la hibris.

–¿Qué es eso? Espero no parecerte muy inculto, pero lo mío es la física.

–Es el exceso, el abuso, la soberbia o más bien la vanidad. El desafío a los dioses. Prometeo es el símbolo de la hibris, precisamente. Tomemos a Edipo: Freud lo trata con demasiada literalidad e incoherencia. Edipo está dañado psíquicamente, es un resentido con tendencia a reacciones excesivas, como matar a Layo, su padre, por sentirse humillado. Es inteligente, pero sus acciones posteriores están determinadas por ese carácter.

–Como en tu novela, ¿no?

–No. Alberto está dañado psíquicamente, pero no de ese modo, además provoca la muerte de su padre a sabiendas y desde luego no se casa con su madre. Su choque emocional consiste en el sentimiento desconcertante de matar en definitiva a su padre, un tabú terrible en sí mismo, junto a la conciencia repentina de que él no habría llegado a existir sin aquella persona a la que considera un asesino brutal y medio enloquecido, y tiene todas las razones para  aborrecerlo. Sin embargo todo lo que ha vivido Alberto, bueno o malo, y él no tiene tendencias suicidas, se lo debe a aquel en último extremo. Esa impresión-revelación le resulta demoledora… O bien,  ¿se merece el padre, por sus actos,  terminar muerto por su propio hijo, por alguien que no habría llegado a vivir sin él? ¿Cómo es posible eso? ¿Es Alberto un justiciero en ese caso? Alberto, en general, no va de justiciero de nada, no es esa su motivación.  No obstante se puede ver una lógica subterránea, una especie de justicia, el karma de los orientales quizá, en que un criminal  como el padre termine siendo muerto por su propio hijo. Pero, ¿qué autoridad moral tiene  Alberto para considerar a su padre un criminal y hacer justicia, si se puede decir así? También se pueden mirar las cosas desde la perspectiva de unos tiempos muy turbulentos, de los que ellos no son responsables, y que los arrastran les guste o no… ¿Cuál es su responsabilidad, su culpa? ¿Son como animales?

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Por Que El Frente Popular Perdio La Guerra Civil

Por Que El Frente Popular Perdio La Guerra Civil

Dice usted que su libro Por qué el Frente Popular perdió la guerra puede comenzarse por cualquier de sus cuatro partes. Esto no suele ocurrir en libros de historia.

–Cada parte arroja una perspectiva distinta, y permite comprender mejor el conjunto. Fue una guerra ideológica, de modo que se puede empezar por la última parte, donde se describen a grandes rasgos las ideologías en juego. O por la segunda,  que son semblanzas político-vitales de los dirigentes.

Usted dedica un capítulo a “las tres damas de la revolución”. ¿Es un título irónico? Por lo demás, su influencia fue muy escasa.

–El título tiene algo de ironía porque a una revolucionaria no se le suele tratar de dama, un tratamiento típicamente burgués. Pero sí influyeron, y mucho. La propaganda comunista hizo de la Pasionaria un mito internacional. Cierto que ni ella ni José Díaz eran quienes realmente dirigían al Partido Comunista, que era mandado desde Moscú, pero desempeñó un papel moral de primera importancia, lo mismo que las otras dos, o más aún que ellas. Representaban a la mujer nueva dentro de la concepción revolucionaria del hombre nuevo. Montseny fue además ministra durante seis meses o así. El fervor que despertaban las tres era increíble.

Pero su labor dirigente fue mínima.

–Fue mínima en el caso de la Pasionaria y de Margarita Nelken, pero no en el de Federica, que codirigió una facción anarquista, la FAI, y lo siguió haciendo en el exilio. Simbolizaban, ya digo, la mujer nueva, y por eso las siguen admirando tanto tanta gente simpatizante de esas cosas.

Usted no las admira demasiado, parece.

–Verá. Tenemos a Preston, por ejemplo, que ha escrito una hagiografía de Nelken  en un libro suyo. Ella era periodista, experta en arte y una mujer “liberada” (le llamaban “el colchón de todas las redacciones”), aunque sospecho que lo que ella deseaba era una relación matrimonial estable. Pero eso es como se quiera ver. Lo importante de Nelken era su capacidad prodigiosa de mentir e inventar atrocidades de los contrarios, y su prédica de una guerra realmente terrorista. Según García Oliver, ella capitaneaba las acciones de las juventudes socialistas en las “noches de espanto” de los asesinatos en retaguardia, en Madrid. Y sus artículos en la prensa eran llamamientos al terror más amplio posible. Esto a Preston no le preocupa, claro. Lo que cuenta es que era una mujer “liberada” “sin prejuicios”, y que por eso, dice,  suscitaba las fobias de los reaccionarios.

¿Fueron más  moderadas las otras dos?

–La Pasionaria no, desde luego. Era del mismo estilo que la Nelken. En cambio Montseny resulta más humanitaria, aunque le encantaba el espectáculo del “pueblo” quemando iglesias y demás. Tiene unas memorias bastante más humanas que las de la Pasionaria. Le dediqué un ensayo hace unos años. Un dato interesante de ella, Federica, es su concepción del amor, un amor libre típicamente ácrata pero que concluía en una especie de puritanismo. En ese terreno es de lo más pintoresco. En cuanto a Nelken, es una lástima que no escribiera sus memorias, porque era la más culta de las tres. Ya se sabe que esas memorias están llenas de distorsiones o mentiras, es natural, pero siempre digo que  cuando uno habla de sí mismo revela mucho más de lo que cree.

En el bando contrario no hay mujeres al mismo nivel.

–El bando nacional no era feminista, pero sí hay mujeres al mismo nivel. Pilar Primo de Rivera y otras organizadoras de la Sección Femenina de la Falange hicieron una labor cultural y asistencial realmente extraordinaria en unos años difíciles. Nunca predicaron el terror ni nada por el estilo, más bien lo contrario. Y en el franquismo, por poner un indicio, hubo muchas más mujeres escritoras o intelectuales que nunca antes. En fin, puede usted mirar en internet documentales sobre la llegada de los nacionales a Madrid o a Barcelona y constatar la gran proporción de mujeres entusiastas que los recibían. Parece que los feminismos revolucionarias no las habían convencido demasiado.

 Volviendo a las tres damas, ¿cual de ellas le parece más interesante?

–Las tres lo son. No resultan muy atractivas moralmente, y políticamente eran simplemente nefastas, pero son interesantes por lo que revelan de una época, un feminismo algo marimachesco y el espíritu de la revolución: una comunista, una anarquista y una socialista que evolucionó a un comunismo que terminó pareciéndole algo flojo. Son interesantes, aun si nada atractivas, como personas y como políticas. Rasgos de la condición humana.

Conocer lo que fue el franquismo es esencial para mantener la democracia y la unidad de España:

Los Mitos Del Franquismo (Historia)