Tribuna | El menguante presidente francés

El presidente de Francia nunca volverá a ser lo que era. De un dictador electo y un “sagrado líder” ha pasado a ser un primero entre iguales. Tras establecer la V República a través de un golpe de Estado y hacerse una Constitución a medida, el general De Gaulle declaró que “no existe otra autoridad, ni ministerial, ni civil, ni militar, ni judicial que no esté conferida o no sea ejercida por el presidente”. El socialista François Mitterrand, cuando estaba en la oposición, denunció el régimen como un “golpe de estado permanente”, pero cuando fue elegido presidente también encontró que la Constitución “le encajaba bien”.

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Sin embargo, Mitterrand tuvo que “cohabitar” en dos períodos diferentes con un primer ministro conservador apoyado por una mayoría alternativa en la Asamblea Nacional, así como el presidente conservador Jacques Chirac tuvo también que convivir con un primer ministro socialista y una mayoría parlamentaria de izquierda.

El politólogo y constitucionalista Maurice Duverger había predicho que el régimen de la V República produciría una alternancia entre fases presidenciales dominadas por la figura del presidente y fases parlamentarias dominadas por el primer ministro. Sin embargo, las experiencias de cohabitación mostraron que el presidente siempre mantiene poderes importantes, especialmente en políticas de defensa, exterior y justicia, veto legislativo y convocatoria de referendos, incluso cuando su partido tiene que cohabitar. La alternancia real ha sido entre fases presidenciales y fases semipresidencial/semiparlamentarias en las que hay un “ejecutivo dual”. La representación exterior de Francia así lo indica: cuando el partido del presidente tiene mayoría en la Asamblea, él solo representa a Francia en las cumbres del G7 y del Consejo Europeo, mientras que tanto el presidente como el primer ministro asisten a esas reuniones en períodos de cohabitación.

En las legislativas muchos votantes compensan el apoyo al presidente optando en contra de su partido

Hace quince años, el mandato presidencial fue reducido de siete a cinco años para que la elección presidencial y la elección legislativa fueran casi concurrentes y favorecieran una mayoría presidencial en la Asamblea y un gobierno presidencial unificado. Sin embargo, la palabra clave es “casi”, porque la elección del legislativo suele celebrarse unos dos meses después de la presidencial, y muchos votantes que tuvieron que votar por el candidato menos malo en la segunda vuelta de la presidencial aprovechan la ocasión para compensar votando en contra del partido del presidente en la legislativa. Esto ya había sucedido en 1988, cuando la reelección de Mitterrand fue seguida por una elección legislativa anticipada que produjo el nombramiento del socialista Michel Rocard como primer ministro, pero con un Gabinete de coalición con cuatro ministros de centro-derecha y varios independientes.

Emmanuel Macron, que es un discípulo de Rocard, tendrá que hacer algo similar en un par de meses. Es probable que, después de la elección de la Asamblea Nacional en junio, no haya uno ni dos partidos dominantes, sino que las principales decisiones políticas tengan que ser tomadas conjuntamente por los partidos del presidente, del primer ministro y al menos otros dos partidos de centro, centro-derecha o centro-izquierda. Un gobierno ampliamente compartido puede fomentar el consenso pro-Unión Europea y pocos cambios de políticas públicas. La “autoridad sagrada, indivisible, enteramente concedida al presidente”, concebida por De Gaulle, se ha convertido en un primus inter varios pares. En beneficio de la democracia francesa, Europa y la globalización.

Josep M. Colomer es miembro de la Academia Europea y autor de Ciencia de la Política (Ariel).

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