Un campeón blanco en el feudo de Isaac Makwala

Ramil Guliyev, nacido en Azerbayán y nacionalizado turco, sorprende a los favoritos y sucede a Bolt como vencedor del 200

La prueba reina del Mundial de atletismo no es el hectómetro visto desde la perspectiva del dios Usain Bolt o de su paciente retador Justin Gatlin que ha esperado en la sombra para consumar la venganza. Las peripecias de un Mundial carente de fulgor, estrellas o récords imposibles contaba al menos con una historia hermosa, un rebelde y una rivalidad contagiosa con Van Niekerk. A todo ello había contribuido Isaac Makwala, el veterano velocista de Botswana de despertar tardío para el atletismo. Castigado por el virus, repescado y clasificado en solitario en una serie única en la historia, el 200 era la carrera del Mundial. En ese estruendo planetario se interpuso un nativo de Azerbayán con pasaporte de Turquía, Ramil Guliyev.

El americano Isiah Young muestra altivez en la presentación de la prueba, el sudafricano Van Niekerk una compostura muy fría, el futuro ganador Guliyev una pose simpática… Makwala representa la insurrección, la lógica rebeldía, la propia vida. Tiene un talante místico, como abstraído, mientras señala al cielo en recuerdo de sus padres y sus seis hermanos que viven en una granja de corderos en Tutume (en la frontera con Zimbaue) y luce un apósito en el brazo como homenaje a una atleta americana Sanya Richards, que gastaba mohicana en el pelo.

Pero se golpea el pecho en un desplante de rabia y la reacción es inmediata. El estadio Olímpico de Londres ha hecho suya la historia de Makwala, su arrebato contra la autoridad. «Si la prohibición de participar se lo hubieran hecho a Farah o a Rooney, Inglaterra no les hubiese dejado», había protestado por última vez. La gente se ha contagiado de su voluntad y su mentón alzado. Y el pálpito desde la grada que atrona cuando suena el nombre del africano es que tal vez gane una centésima por ese último influjo proveniente de la parroquia inglesa. Makwala no es Bolt, pero se le parece un poco en la estima puntual de la gente.

Cuando el magnífico locutor del certamen, que está a la altura de la excelente selección musical y sus temas versionados, guarda silencio y con él las 65.000 almas, Makwala sale disparado por un resorte. Se ha imbuido de la energía que desprende a su alrededor y está en las primeras posiciones mientras negocia la complicación de la curva. Pero ahí se acaba su historia.

Entra en la recta con retraso respecto al atleta caribeño Richards (Trinidad y Tobago), el ingles Mitchell-Blake y las medallas, el sudafricano Van Niekerk y el turco de Azerbayán Ramil Guliyev. Al sudafricano se le queda corta la distancia para ejecutar su periplo triunfal en Londres (doblete 200-400), pese a que su ventaja era evidente en la mitad de la recta. Ya había emitido signos de cansancio en la semifinal por el desafío de seis carreras en seis días. Desde atrás llega embalado el trinitense Jereem Richards, que se lanza sobre la raya pero no supera a Van Niekerk por una milésima (ambos hacen 20:11).

Sucede a Bolt

Para entonces ya saborea el oro el turco Guliyev, sorpresa total puesto que no se contaba con él para una empresa tan grande. De repente, es protagonista el tallo nacido en la opulenta Bakú y su petróleo a orillas del mar Caspio. Gana con un registro muy notable (20:09) y se corona con un título honorífico que para siempre quedará en las hemerotecas. Guliyev sucede a Usain Bolt.

En una final sin jamaicanos y sin atletas de Estados Unidos en el podio, Guliyev no se lo cree. Fue el octavo clasificado en los Juegos Olímpicos de Río. Un blanco en el feudo de los velocistas negros.

El estadio no no oculta su ligera decepción por el sexto puesto de Makwala, aunque aplaude a rabiar al triunfador. Guliyev se enreda con el protocolo ya tradicional de la recogida de banderas. Se coloca por capa el estandarte de Azerbayán, el país del que se fue por dinero a Turquía. Alguien le avisa y también se calza la hermosa enseña de la media luna para que todos estén felices.

El gen competidor, ese don intransferible que no se compra ni se vende, no ha abandonado a Ruth Beitia, la primera mujer en España que ganó una medalla de oro en atletismo. A alguien que hizo historia hay que esperarla hasta el final, el último resuello. La cántabra, que asegura haber pasado cuatro meses «horrorosos» y haber aceptado como necesaria una «cura de humildad» después de la resaca olímpica, mantuvo el suspense durante la estresante ronda eliminatoria de salto de altura. Rozó siempre el KO, pasando de puntillas y sin limpieza por la barra, pero extrajo lo mejor su experiencia y ambición por competir y, al último intento, se dio una alegría para el cuerpo. Estará en su sexta final de un Mundial.

Beitia ha regresado de lo desconocido, del negocio que envuelve al deporte y que exige héroes presentes y cercanos en colegios, instituciones y empresas cara al público. Esa no era la vida de la atleta, concentrada desde que tiene uso de razón en las pistas de atletismo, los nueve pasos que debe dar antes de la batida, la inclinación del cuerpo durante la carrera que precede al salto y el elástico requerimiento a su cuerpo para arquearse en el momento de franquear el listón.

A un campeón olímpico, el deporte, la sociedad, le exige también ser un modelo y Ruth no estaba acostumbrada a tanta exposición en su germana agenda laboral. Ese trajín, unido a una lesión en psoas (el míusculo más voluminoso del cuerpo), transportaron a Beitia al horror de cuatro meses previos al Mundial de Londres.

La atleta se había empeñado en transformar la negatividad en optimismo. Y ha vencido en su primer asalto. A sus 38 años, volvió a reinventarse frente a rivales más jóvenes que tienen el cuerpo menos castigado pero no más ganas que ella.

Empezó con 1,80, altura que superó a la primera, lo mismo que el 1,85 aunque no con la limpieza y la claridad de otro tiempo. Siguió sin fallos con el 1,89, pero ahí ya más apurado, casi rozando el tablero.

Tiró la barra en sus dos primeros intentos con el 1,92 mientras la principal favorita, la rusa Maria Lasitskene pasaba obstáculos en chándal, como quien está entrenando. Beitia tuvo que agotar los tres saltos para superar el 1,92, cuando la eliminación ya pendía de un error. Respiró toda Cantabria y toda España con la tentativa, esta vez nítida, de la atleta, quien en su estatus de liderazgo dedicó el epílogo de la prueba a la italiana Trost, eliminada sin consuelo posible.

Una legión de africanas, pequeñas y mecánicas como hormigas, se midieron a Ana Lozano en su debut en un Mundial. La atleta alcarreña, que vive un año excelente, confiaba en mejorar marca personal o pasar ronda en 5.000 metros. O las dos cosas a la vez, en la versión más elevada. Frente a las keniatas, etíopes, ugandesas y demás, logró superarse a sí misma por cuatro segundos (15.14:24) a mucha distancia de las semifinales. Soñó durante unos minutos con una repesca que no se produjo.

Puso mucho valor sobre la pista la gerundense Esther Guerrero al lanzarse al ataque y comandar su serie de 800 metros. Fue su estrategia para lanzar la carrera y conseguir una serie rápida que le diera alguna opción en la repesca por tiempos. Pasaban a semifinales las tres primeras de cada serie y los mejores tiempos y a la valiente Guerrero no le bastó con su estusiasmo y su táctica (2:02.22) para esquivar la eliminación.

Mechaal, firme

Adel Mechaal corrió a lo Fermín Cacho. Un ojo siempre a su espalda, la cabeza mirando atrás por si las sorpresas. El mediofondista catalán de origen marroquí será el único atleta español en las semifinales de 1.500, después de desenvolverse con soltura y cierto temple para su juventud en una modalidad que se cotiza muy cara. Como quería, la serie fue rápida, algo que a él le beneficia, ya que es propietario de un elevado ritmo de crucero y no posee una gran pegada final. Hoy disputa las semifinales. Marc Alcalá y David fueron eliminados en las otras series.

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