Un ciclismo raquítico y envejecido

El Tour, como Roma, es eterno y L’Équipe,el diario que lo organiza, lo recuerda con sus portadas eternas todos los años. “Diez años son demasiados”, se leía en la portada del diario francés en vísperas de la edición de 1995, cuando se cumplían 10 años de la última victoria de un ciclista francés en la carrera, el lapso más largo de sequía que había conocido en toda su historia más que centenaria (excluidos los periodos de las guerras).

“Treinta y dos años son demasiados”, se leía el jueves en la portada del mismo diario, una frase atribuida no solo a Bernard Hinault, el último francés que ganó un Tour, el de 1985, sino también a Lucien Aimar (1966) y a Bernard Thévenet (1975 y 1977), los tres únicos vivos de los 21 franceses que han ganado alguna vez el Tour después de la muerte este invierno de Roger Walkowiak (1956) y Roger Pingeon (1967). El más joven de entre ellos, Hinault, tiene ya 63 años. El Tour y el eterno problema francés, que tampoco tiene muchas esperanzas de resolver este año, con solo el escalador Romain Bardet como esperanza entre los que toman mañana la salida.

El problema español no es de pasado —viven aún seis de los siete españoles que han ganado algún Tour: Bahamontes, Delgado, Indurain, Pereiro, Contador y Sastre, solo murió Ocaña, y alguno sigue aún en activo—, sino de presente y de futuro. El ciclismo español en el Tour es raquítico y envejecido. Solo 13 españoles participarán en la edición de 2017, la cifra más baja del siglo, menos de la tercera parte de los 41 que hicieron que hace 10 años, en 2007, cuando el primer Tour de Contador, España fuera el país con más corredores.

Jóvenes y dopaje

Los que sufren en España por su ciclismo hablan de la globalización que ha multiplicado el número de nacionalidades en el Tour y en todos los equipos (el único equipo español, el Movistar, está liderado por un colombiano que cuenta con un équipier colombiano, otro italiano, otro alemán, otro costarricense y solo cuatro españoles, menos de la mitad de los nueve de la alineación), un problema que también sufre Italia entre las grandes potencias tradicionales; y recuerdan los años de escándalos de dopaje culminados con la Operación Puerto (2006) y la abreviada participación del Saunier Duval, expulsado en la 12ª etapa del Tour de 2008, que quitaron a las grandes empresas los deseos de invertir en el patrocinio de equipos ciclistas. Inevitablemente, la televisión dejó de retransmitir la mayoría de las carreras, y unas cuantas desaparecieron.

Para cubrir un calendario mínimo, cualquier equipo español de segunda o tercera división (profesionales y continentales) debe correr competiciones exóticas en países perdidos, sin atractivo para sus patrocinadores. Los corredores de esas categorías son supervivientes, en su mayoría, resignados a no salir de ahí, y la mayoría de los jóvenes amateurs, según un mánager asustado por lo que ve, más que pensar en glorias futuras viven en un presente sin emociones del que creen que solo la química puede liberarlos.

“En los amateurs es donde está el verdadero problema del dopaje en el ciclismo español”, dice el mánager, que prefiere mantener el anonimato. “Por mucho que les digas que con esas prácticas, que no son las que han hecho a los mejores llegar al WorldTour precisamente, no solo destruyen su carrera sino al propio ciclismo, no te hacen ni caso. No, no hay futuro. Solo produciremos unos poquitos ciclistas de nivel cada año”.

Solo tres de los 13 españoles del Tour de 2017 (Landa, Herrada e Izagirre) no han cumplido aún los 30 años. Haimar Zubeldia, que disputará su 16º Tour, es también el más veterano de todo el Tour, con 40 años ya cumplidos. Valverde e Irizar tienen 37; Na varro y Contador, 34; Nieve, Maté, el debutante Javier Moreno y Erviti, 33, y Castroviejo, 30. La media de edad de los españoles es de más de 32 años y medio. Y pese a todo, entre ellos están Valverde, quizás el mejor ciclista del mundo este 2017, y Contador, que ha llegado a Düsseldorf, a orillas del interminable Rin, hablando de sus posibilidades de victoria final, en la que cree, y asegurando que se encuentra “perfecto”. Y su último Tour victorioso data de hace ocho años. Representan ambos la paradoja española, tan eterna como el problema francés.

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