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Un cuento de febrero

Miguel Ángel Loma.- Había una vez un país muy feliz con una democracia recién estrenada donde todo era paz, concordia, trabajo, seguridad y confianza en sus políticos, que eran el orgullo del pueblo porque sólo miraban por el bien común. Pero entonces apareció un hombre muy malo con unos bigotes muy grandes que había maquinado un pérfido plan para acabar con la libertad y la democracia; y aprovechando una tarde en que estaban reunidos todos los políticos, entró pistola en mano con intención de matarlos a todos, aunque nunca acertaba porque sus tiros se le iban hacia el techo. Desesperado por su mala puntería, el hombre se fue abatiendo… Y como el rey del país salió por la tele pronunciando un bello discurso, el ánimo del hombre malo se vino definitivamente abajo, desistiendo de sus planes, liberando a sus rehenes y entregándose a las autoridades.

Tras finalizar tan tremendo episodio, los habitantes del país salieron a la calle para proclamar su gozo por haber recuperado a aquellos políticos que tanto amaban, sintiéndose unos y otros muy orgullosos por las múltiples gestas heroicas que, en defensa de la libertad y la democracia, se habían producido durante las horas del infame secuestro. Fue tanta la dicha de aquel pueblo por la liberación de sus políticos que, como señal de agradecimiento, en las siguientes elecciones votaron en masa a un partido que decía contar con cien años de honradez, y que comenzaron a extender su honradez por todos los confines del país. Y así, bajo el renovado temor de que apareciera otro hombre con grandes bigotes, el partido de la honradez siguió revalidando su triunfo durante sucesivas elecciones.

Es lo bueno que tienen los cuentos: que a veces acaban como menos te lo esperas.