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Un despertador para Coutinho

Dembélé jugó su peor partido con el Barça el día en que se lesionó Messi, ante el Sevilla. Jugó mal, muy mal. Perdió infinidad de balones. La calamidad llegó a tal punto que no intentaba regatear a sus rivales, sino pasarles por encima. Equivocaba cada una de sus acciones y, lo que es peor, su lenguaje corporal transmitía desidia. Ese día el Camp Nou fue inflexible con un jugador que ya de por sí es sospechoso para la afición, tanto por su precio –condicionado por la huida de Neymar- como por su propensión al error que chirría entre la habitual perfección azulgrana. Por entonces, aún no resultaba tan interesante la necesidad de comprarle un despertador.

Dembélé es un jugador transparente y es igual de fácil marcar su peor actuación, aquel día ante el Sevilla, como la mejor, la del sábado ante el Villarreal. En ambas el foco se situó sobre él, y no lo rehuyó. Esa es su gran virtud, que nunca se esconde, que tenga buen o mal día, pedirá el balón una y otra vez. Y aunque haya quien limite sus actuaciones de esta temporada a esos siete goles que ha marcado, cabe recordar que Valverde lo sacrificó del once no por mal rendimiento sino como una renuncia necesaria para equilibrar mejor al equipo.

Encaje natural

Y aún se le puede pedir más, por supuesto. Porque el nivel del Barça obliga a más. Dembélé debe concretar todo aquello que apunta en cada jugada: sus pases deben ser más definitivos, sus centros más precisos e incluso su elección de tiro más afinada. Ese mismo listón de exigencia debiera servir para la pieza cuyo movimiento provoca la suplencia de DembéléCoutinho, también comprado a precio de crack y con unas expectativas similares.

Tanto hablar del despertador de Dembélé y resulta que quien no llega a los partidos es Coutinho

El estilo de juego del brasileño encaja de manera natural en la horma azulgrana. Messi agradece su presencia en la misma proporción en la que choca con la anarquía de Dembélé. Su sintonía con el juego es tal, su integración en el engranaje es tan armónica, que por momentos queda camuflado. Resulta elogiable su extraordinaria capacidad para mimetizarse con el césped mientras nos entretenemos escudriñando cada una de las jugadas de Dembélé.

Dicen que la intermitencia es uno de los rasgos de su juego, ya era así en el Liverpool, pero tal como indica el mismo concepto, para desaparecer primero hay que aparecer. Y se diría que últimamente, Coutinho no es que sea inconstante, sino que hay que revisar sus constantes, para saber que sigue aquí. Les costará encontrar el peor partido del brasileño, tampoco resulta fácil distinguir el mejor. El juego del brasileño ni pone nervioso al espectador, ni tampoco lo levanta del sofá, sino que es intrascendente. Tanto hablar del despertador de Dembélé y resulta que quién no llega a los partidos es Coutinho.