Un gesto luminoso

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H. Tertsch.- Con pocas personas he tenido yo mayores diferencias políticas, ideológicas y de carácter que con Eduardo Haro Tecglen. Recuerdo aun aquel día en que llegó a mi recién estrenado despacho, para intentar convencerme con humildad impostada de que en realidad pensaba igual que yo en muchas cosas y quizás yo había entendido mal algunas de las más vitriólicas invectivas que me había lanzado en años anteriores. Pretendía realmente perpetrar ese sinsentido que es disculparse por desavenencias de opinión. Y lo hacía por miedo. Intenté tranquilizarle. Le anime a seguir polemizando conmigo aunque yo fuera el nuevo subdirector y jefe de Opinión. Le dije lo que quería oír: Que nadie iba a cuestionar su columna diaria. Cuando, minutos después, le contaba lo sucedido a quien conocía a Haro Tecglen como pocos, Javier Pradera, este me dijo: «Desde que sabe de tu nombramiento está aterrado. Piensa que vas a hacer con él lo que él haría contigo».

Y, sin embargo, con todo aquello que yo detestaba de Haro Tecglen que era mucho y se mantuvo como su columna diaria, cuando le recuerdo tantos años después de su muerte siempre evoco una revelación suya de profunda calidad humana. Son unas pocas palabras redentoras que alteraron por completo el juicio definitivo sobre él. Siempre que me hablan de Haro Tecglen, por lo general de sus barrabasadas y su proverbial falsedad existencial, yo siempre recuerdo su mejor faceta, una reflexión de nobleza y profundidad que ha quedado en mi memoria como el gesto luminoso de un hombre por lo demás profundamente desgraciado.

Las palabras de Haro Tecglen que homenajeo se referían al aborto, a la interrupción provocada del embarazo. Se las oí más de una vez. Decía Haro Tecglen que, en caso de que nuestra civilización siguiera avanzando, llegaría con seguridad a un momento en que miraría hacia atrás con horror e incomprensión, como hoy hace con los sacrificios humanos, el canibalismo, la esclavitud o la tortura, al hecho de que en estos tiempos la humanidad más avanzada considere asumible, aceptable y moralmente intachable matar a sus propios hijos antes de nacer. Sin que esto implicara posición alguna sobre una despenalización que sin duda aprobaba, auguraba que llegaría el día en que se impusieran formas que hicieran impracticable esta monstruosidad que hoy se pretende un derecho.

He recordado a Haro con las declaraciones del presidente del gobierno Pedro Sánchez, siempre rebosante de desprecio para todo lo que le viene grande. Ha descalificado al Senado argentino por votar contra la liberalización del aborto. Displicente y sobrado, ha tachado esa decisión de un parlamento como «un paso atrás». Los senadores argentinos, votaran una cosa y otra habrán reflexionado más que este hombre plano. Y han votado en conciencia. No se han sometido a la disciplina ideológica del zeitgeist que libera de toda reflexión ulterior. La de quienes pretenden que el ser humano que crece en el seno de su madre es un mero apéndice del cuerpo de la misma que puede cortarse como una uña o un quiste. El encanallamiento progresivo de la sociedad occidental, su infantilización hacia la irreflexión y la frivolización hacen poco probable que se cumpla pronto la visión de Haro. Hoy te pueden encarcelar por un puntapié a una gallina pero descuartizar o succionar fetos de 14 o más semanas es un derecho inalienable.

Sin embargo, pese a la colosal maquinaria que nos repite que somos unos insectos, que el universo es un terrarium y que solo nos queda la comodidad y el orgasmo como consuelo, hay muchos humanos convencidos de que cada individuo es único y sagrado. Y de que esa matanza permanente de tantos humanos indefensos ha de ser algún día evitable.