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Un jamón entero al día (en los buenos tiempos)

A punto de que se cumplan siete años ya de la prohibición de los toros en Catalunya, no queda ni sombra del ambientazo que se formaba en las tabernas y restaurantes aledaños a La Monumental durante las tardes de faena, una atmósfera festiva y antropológica a veces mucho más entretenida que las corridas en sí. Entre los vestigios taurinos que permanecen, tal vez el local más auténtico sea el Mesón Bar El Paco (Consell de Cent, 575), cuyo dueño confiesa que llegaba a consumirse un jamón entero al día (e incluso dos) en los buenos tiempos. Jamón de Guijuelo, claro. Porque Paco Gómez nació en Salamanca, en Los Santos, un pueblo a dos pasos de la localidad chacinera por excelencia.

En sus mesas desayunaron y comieron muchos diestros, entre ellos José Tomás

En esas épocas gloriosas, el mesón se convirtió en la segunda casa de los toreros, no solo por la cercanía del establecimiento a la plaza, sino porque trabajaba en los corrales del coso un tal Francisco, un paisano suyo, de su mismo pueblo, que le hacía llegar clientela. “Vete para allí, que te tratarán bien”. Y así, los mayorales, los diestros y sus correspondientes cuadrillas acudían en tropel a desayunar de tenedor o bien luego, después de la faena, a regalarse con un tostón (cochinillo al horno), una espalda de cabrito, un estofado de jabalí o bien un rabo de toro, que aún consigue de los proveedores en Mercabarna. Paco prepara y sirve esos platos de sobremesa lenta a unos precios más que razonables para lo que se estila en la Barcelona del sablazo. Es uno de esos raros bares en que te sirven aceitunas aliñadas sin haberlas pedido. “El vino alegra el ojo, limpia el diente y sana el vientre”, dice un azulejo colgado en el dintel de la cocina.

Los toreros tenían entonces una sala aparte en el Mesón Bar El Paco, un reservado que ahora, después de la crisis y otras hierbas sobrevenidas, el propietario utiliza como trascocina y almacén. ¡Ah, qué tiempos! El apogeo del bar coincidió con el cambio de milenio y de moneda, cuando el personal gastaba como si no hubiera un mañana porque corrían los billetes y sobre todo porque no nos enterábamos (todavía) de lo que vale un peine en euros. Por aquí pasaron algunos de los grandes del capote, como el mítico José Tomás, cuyo autógrafo dedicado cuelga de una de las vigas, y había 6 mesas en la terraza, siempre a tope, y 6 camareros atendían a los parroquianos. El 6 es un número muy tauromáquico, sí: 6 soberbios toros bravos 6.

En los buenos tiempos, hace 15 años, la clientela consumía una pata de Guijuelo por jornada

Aparte de la nostalgia por un pasado más propicio, la pátina taurina pervive en la decoración. Los turistas, los italianos sobre todo, se pirran por hacerse selfies y retratar las paredes, forradas de arriba abajo con fotografías de matadores (El Viti, El Niño de la Capea, Julio Robles, un montón de ellas), carteles de corridas, la cornamenta de un astado (un toro que mató Emilio Muñoz en La Monumental), cacharrería de cobre, que le confiere cierto aire de posada cervantina, y un par de botos camperos que Paco se compró a los 18 años por 15.000 pesetas, que entonces eran unas cuantas. Como buen aficionado, hizo algunas tientas, pero, cuando los sueños comenzaron a truncarse, cogió los bártulos de la emigración, como tantos otros, para dedicarse a la hostelería, primero a Gijón y luego a la Costa Brava del auge turístico. Cogió el bar de Consell de Cent en 1981.

Pasan los años, pasa la vida, y el mesón ha ido convirtiéndose en un bar de barrio, de ambiente familiar (“adiós, vecina”; “hazme dos bocatas para llevar”), mientras Paco, con 70 años ya cumplidos, piensa en el traspaso, en la jubilación, en regresar al pueblo. Al viejo paisaje de la infancia con sus encinas y dehesas.