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Un país sonámbulo, por Daniel Capó

La inflación cae en España, pero las previsiones para 2024 se ensombrecen debido a dos nuevos factores que apenas se preveían hace unos meses: el encarecimiento de los productos agrícolas, con sus consecuencias en la cesta de la compra, y la lenta –pero sostenida– subida del barril del petróleo, con sus efectos desestabilizadores sobre el conjunto de la economía. La Comisión Europea, por otro lado, ha vuelto a centrar su atención en los desequilibrios de las cuentas españolas, cuyos excesos presupuestarios no permiten domeñar ni el déficit público ni un endeudamiento que hace ya tiempo desbordó la cifra mágica del cien por cien del PIB. Confiar en que la inflación desordenada y el crecimiento –bastante romo, por cierto– serán suficientes para cerrar el agujero fiscal forma parte de ese wishful thinking que caracteriza el pensamiento político. Más interesante sería analizar el resultado de las distintas partidas de gasto público en nuestra competitividad. Cuando la ideología sustituye los análisis razonados, cualquier medida de futuro queda viciada desde el principio.

La historia económica de España en estos últimos veinte años constituye una sucesión de errores, a cual más costoso: de una serie de discutibles privatizaciones a la decisión de subvencionar antes de tiempo una industria ecológica aún poco madura. En esta crónica de la demagogia presupuestaria, no hay actores inocentes. Sin ir más lejos, los ciudadanos hemos optado por aplicar en nuestras reivindicaciones la misma lógica de las élites extractivas. En todo caso, que la factura la pague otro al final del camino, cuando ya no sea mi problema. El cinismo es la premisa lógica de esta actitud.

«Las medidas dolorosas se frenan hasta que ocurre lo inevitable y, entonces, el precio a pagar es muy superior. Así ha sucedido tantas veces y así volverá a ocurrir»

El gran José Jiménez Lozano, Premio Cervantes en 2002, solía decir que los dos peores males de nuestro país (males originados en los siglos de la intolerancia religiosa) han sido la hipocresía y el odio a la inteligencia. Quizás –o, más bien, seguramente– la envidia media entre ambos. Pero lo importante en este debate son las consecuencias que se derivan al unir la hipocresía con el odio a la inteligencia, lo cual es como decir que un país busca asentarse en una mentira –más o menos pactada– para no tener que afrontar la realidad, o que transformarla si es necesario hacerlo. La hipocresía conduce a ocultar la verdad y el odio a la inteligencia lleva a aplaudir este ocultamiento y a acusar a todos aquellos que ejercen el papel de profetas de calamidades (una apostilla: ¿ha habido algún profeta que no lo haya sido de calamidades?).

Sin presupuestos para 2024, lo cierto es que los continuados ciclos electorales han acabado por agravar nuestros males. Actuar siempre en modo partidista produce una sobreexcitación que no da opción a ningún tipo de sosiego. Las medidas dolorosas se frenan hasta que ocurre lo inevitable y, entonces, el precio a pagar es muy superior. Así ha sucedido tantas veces y así volverá a ocurrir. Pocos errores más nefastos que pensar que esta vez será distinto, porque nunca es diferente del todo. Al contrario, se puede ir a peor. Ahora, por ejemplo, la demografía juega en nuestra contra; no como en la crisis petrolera de 1973. Ahora hemos recibido el apoyo medido de la UE pero no podemos devaluar la moneda para recuperar competitividad. En un contexto real de preguerra –como lo ha definido recientemente Donald Tusk, primer ministro polaco–, el segundo semestre de este año no puede verse sino bajo una luz sombría, ya que no podemos descartar que Rusia ponga a prueba a la OTAN. Demasiados frentes para un país sonámbulo.