Inicio Actualidad Un regalo para los autócratas del mundo, por John Carlin

Un regalo para los autócratas del mundo, por John Carlin

Desde el miércoles 4 de noviembre, el día después de las elecciones de Estados Unidos, recibo un e-mail de la misma dirección todos los días. El primero empezó, “John, I need you”. John, te necesito. El segundo, “John, te necesito ahora mismo”.

La persona que los firma no es alguien que conocí en Tinder, o una rubia siberiana en busca de un marido occidental, ni uno de esos nigerianos que te piden que ingreses dinero en su cuenta a cambio de una promesa de beneficios colosales. El mensaje se parece un poco, eso sí, al del clásico timador nigeriano, pero el firmante es “Donald J. Trump”. Y no un fake Trump, sino el de verdad. El aún presidente de Estados Unidos tiene mis datos porque rellené un formulario una semana antes de las elecciones para poder acceder a uno de sus mítines electorales.

Trump, o su gente, suponen que soy uno de los 72 millones de fieles que votaron por él y, por tanto, que no me creo que Joseph Biden haya conseguido cinco millones de votos más que él o que haya ganado por un contundente total final de 306 a 232 votos en el Colegio Electoral.

Una vez establecido que me necesita, los mensajes que recibo de Trump van todos por el mismo camino. “La IZQUIERDA está intentando ROBAR estas elecciones”. “Somos víc­timas de un FRAUDE”. “Supe que los demócratas no podrían aceptar otra APLASTANTE derrota”.

Luego: “Debemos pro­teger la integridad de las elecciones”. “¿Puedo contar contigo?”. Y al final, siempre lo mismo: “Por ­favor contribuye con cinco dólares INMEDIATAMENTE al Fondo Oficial para la Defensa Electoral”. Me ofrece la ­opción adi­cional de ­hacer clic en una pestaña que me permitiría contribuir con 55, 110 o 220 dólares o “cualquier cantidad que quieras”.

Hasta ahora he resistido la tentación. El 70 por ciento de sus votantes creen (según las no tan fiables encuestas) que los resultados electorales fueron fraudulentos, con lo cual se supone que Trump estará acumulando una buena fortuna. Como los miembros de su secta se creen todo lo que dice, y se niegan a creer cualquier cosa que ponga en duda su buena fe, no habrán hecho mucho caso a la noticia hace casi un año de que su ídolo fue obligado por la ley a pagar una multa de dos millones de dólares por haber desviado fondos de la supues­tamente caritativa Fundación Trump a sus propios bolsillos.

Todo parece indicar que Trump sigue empeñado en convertir Estados Unidos en un país bananero

Oriol Malet (Oriol Malet)

Ya que todo es posible con Trump, uno no descartaría la posibilidad de que el tesoro que extrae de sus seguidores, la gente más crédula del planeta, se utilice para su defensa legal en la docena de demandas que tiene pendientes por fraude fiscal, entre otros presuntos delitos, una vez que pierda la inmunidad presidencial.

Lo que sí es verdad es que todo lo que ha hecho y dicho Trump desde que se empezó a conocer el resultado electoral alimenta la percepción de que sigue empeñado en convertir Estados Unidos en un país bananero. La mejor apuesta hoy es que todo saldrá más o menos bien, que los barones del Partido Republicano acabarán reconociendo –implícita o explícitamente– la derrota de Trump, que Joseph Biden será investido como presidente el 20 de enero y que el país más poderoso de la Tierra volverá a ser admitido en la comunidad de democracias adultas del mundo. Pero siempre existe la pequeña posibilidad (una revista política norteamericana la situó en un dos por ciento) de que la anarquía trumpiana se imponga. Como me dijo un congresista demócrata hace un par de semanas, “con Trump siempre esperamos algo malo y acaba haciendo algo peor”.

Un ejemplo fue su decisión esta semana de destituir al ministro de Defensa, Mark Esper. Si esto hubiera ocurrido en otro país, digamos en la Nicaragua de Daniel Ortega o en la Zimbabue del difunto Robert Mugabe, estaríamos más preocupados. Tengamos en cuenta que este presidente utilizó soldados hace unos meses para despejar una protesta pacífica cerca de la Casa Blanca, medida de la que el despedido ministro de Defensa después públicamente se arrepintió. Recordemos que el presidente se ha negado repetidas veces a afirmar que se compromete al traspaso pacífico del poder en caso de ser declarado el perdedor de las elecciones. Apuntemos que tras retirar al ministro de Defensa de su puesto echó a otros cuatro altos cargos del mismo ministerio y los reemplazó con cuatro devotos incondicionales, uno de los cuales una vez calificó a Barack Obama de “terrorista”. Y estemos atentos, finalmente, a rumores de que su próxima jugada será despedir a los jefes de los dos principales servicios de inteligencia.

¿Qué conclusiones sacaríamos? Seguramente que se estaba preparando un golpe de Estado. Pero esto es Estados Unidos y no ocurrirá, entre otras cosas porque llegado el momento de la verdad los líderes republicanos del Senado superarían su cinismo en defensa de la patria y por fin ­ocurriría lo que debería haber pasado hace casi cuatro años, cuando Trump asumió el poder: irían unos ­fornidos enfermeros en uniforme blanco al despacho oval y le dirían que se acabó la farsa, que llegó la hora de encerrarle en el psiquiátrico.

Dice Biden que su principal objetivo cuando llegue a la Casa Blanca será “sa­near las heridas de la división” y unificar el país. No lo logrará. En Estados Unidos conviven dos mundos mentales irreconciliables. Donde Biden sí tiene más posibilidad de éxito es en el intento de reparar la imagen de su país en el mundo y recuperar la autoridad moral de la que ha gozado, con altos y bajos, durante la mayor parte del último siglo.

El clima demencial que Trump ha creado en Washington no ha contribuido a la propagación de hábitos democráticos por el mundo. Más bien ha animado a populistas con aspiraciones dictatoriales en lugares como Brasil, Venezuela, Filipinas y Hungría. Ahora ellos lo animan a él. Vean el caso de Alexander Lukashenko, el presidente de Bielorrusia. En agosto se declaró el ganador de unas elecciones tan ilegítimas que la propia diplomacia estadounidense las denunció como “un fraude”. Trump hoy imita a Lukashenko. En el futuro otros querrán imitar a Trump. Como un exembajador estadounidense en Rusia dijo a The New York Times esta semana, “negarse a aceptar los resultados electorales” ha sido “el regalo de despedida de Trump a los autócratas del mundo”.

Biden quiere unificar el país pero no lo logrará; en él conviven dos mundos mentales irreconciliables

El futuro presidente Biden se apresurará en recomponer la imagen de su país, identificándose con líderes que ven la soberanía del electorado como un principio sagrado. Borrar, o al menos diluir, el aberrante legado de Trump frente al resto del mundo no será una misión imposible. En cuanto al intento de conquistar los corazones de aquellos de sus compatriotas que siguen recibiendo esos mismos e-mails que yo, ahí no hay nada que hacer.

¿Crecerá la inestabilidad en EE.UU. tras las elecciones?