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Un tribunal de mano tendida

El presidente del tribunal hizo gala en la primera sesión del juicio del «procés» de una política de mano tendida con las defensas de los acusados. Manuel Marchena, a quien en ocasiones se le vio compartir confidencias procesales con su compañero Juan Ramón Berdugo, optó, en el ejercicio de sus prerrogativas para ordenar el desarrollo de la vista, por el principio de intervención mínima. Terció en las alegaciones de los abogados lo estrictamente necesario, y a menudo dejando huella de su acreditada ironía. Como cuando, a la vista de que el alegato de la defensa de Carme Forcadell se prolongaba más de lo estipulado, interrumpió a la abogada Olga Arderiu para precisarle que, aunque la Sala «le está escuchando con suma atención», se estaba prodigando en demasía en reiterar las cuestiones ya planteadas, y resueltas por el tribunal, «en las 263 páginas de su escrito». Aleccionada por el magistrado, a los pocos minutos la abogada concluía su intervención. Dentro de la sala, la distribución de los procesados en el banquillo (todos rechazaron la posibilidad de sentarse tras sus abogados) fue bastante sintomática: en primera fila, el principal acusado, Oriol Junqueras (a quien por momentos se veía ensimismado, consultando a veces un puñado de folios), junto a Raül Romeva y Joaquim Forn. Detrás, Jordi Sánchez y Jordi Turull y Josep Rull, pleno del PDeCAT. A sus espaldas, Jordi Cuixart, Carme Forcadell y Dolors Bassa. Y en la última fila, los tres acusados en libertad: Carles Mundó, Santi Vila y Meritxell Borrás. Todos los hombres llevaban chaqueta, pero no todos lucieron corbata. Junqueras, Cuixart y Sánchez prescindieron de ella y únicamente este último portaba el lazo amarillo. El resto prefirió, en su mayoría, incorporar a su vestimenta una enseña de la Generalitat.

Al líder de ERC, que reaccionó con displicencia (ni siquiera se giró, como tampoco hicieron Mundó y Vila) al entrar Quim Torra en la sala, no se le vio demasiado participativo con el resto de compañeros de banquillo. Tras el primer receso, sí se mostró más comunicativo Jordi Sánchez, que ofreció un tentempié (una pequeña bolsa de frutos secos o, quizá, dulces), que Bassa sí aceptó, a los acusados sentados detrás de él. Al mismo tiempo, a Forcadell se la veía conversar fugazmente con Bassa o Mundó, también de ERC.

Empeñado en dar ejemplo de puntualidad en una justicia más acostumbrada a los retrasos, al tribunal no debió hacerle ninguna gracia comenzar la sesión con casi media hora de retraso por los problemas en los accesos a la sede del tribunal (los periodistas y el público en general esperaron más de una hora para poder acceder al edificio). De hecho, aunque la sesión matinal se prolongó más allá de las dos de la tarde, Marchena convocó a las partes a las cuatro para reanudar la sesión. Una premura de tiempo que, teniendo en cuenta que abandonar el edificio costó más de veinte minutos, obligó a más de uno a limitar la comida a un bocadillo contra reloj en alguno de los bares cercanos. Pese a no mostrarse inflexible en la administración de tiempos, o quizá por eso, lo cierto es que el presidente del tribunal consiguió que en una sola jornada hicieran sus alegaciones todas las defensas. Hoy será el turno de las acusaciones a la espera de que comiencen a declarar los acusados.