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Un veneno para Alemania llamado Angela «Rebecca» Merkel

AD.- El terrorismo en Alemania solo es de extrema derecha. Que nadie se engañe. Las acciones terroristas solo pueden imputarse a personajes de la derecha extrema. Si algún yihadista resultara salpicado por algún caso de terrorismo sería un garbanzo negro, puntual y aislado, pero nunca responsabilidad de su entorno.

La canciller alemana, Angela «Rebecca» Merkel, aseguró este jueves que el «racismo es veneno» en respuesta al ataque con arma de fuego de un hombre vinculado con la extrema derecha. Alemania lleva sufriendo desde hace años acciones terroristas contra ciudadanos alemanes, con el resultado de decenas de muertos, pero en ninguno de estos casos la canciller alemana se había mostrado tan rotunda. La venenosidad no existía en estos casos. Ya se sabe que esos otros asesinos proceden de un entorno que tiene un código ético prístino y ejemplar. Tanto que sus matanzas terroristas son siempre edulcoradas y presentadas como acciones violentas de simples perturbados que no representan a ningún colectivo. Reducida la matanza a una acción espontánea, la naturaleza ideológica del crimen desaparece. Dirigentes europeos como Angela «Rebecca» Merkel practican el doble rasero moral de foma impúdica y ridícula.

Es una doble vara de medir absolutamente pueril. O criminal, según se mire. Que les hace perder la poca credibilidad que podrían todavía tener. Las autoridades que ocultan la identidad de los asesinos cuando matan a alemanes en nombre de su dios, son las mismas que no han tenido remilgos al ofrecernos todos los datos biográficos del asesino de Hanau, con los cuerpos de sus víctimas aún calientes.

Comprendemos los esfuerzos de los gobernantes europeos, en su exaltación histriónica de “la corrección política”, para proteger a los que ellos consideran “minorías” desde una perspectiva paternalista. Pero rizar el rizo en estos temas puede al final provocar más dolor del que la población europea está dispuesta a soportar.

Ponemos un ejemplo: un alemán que sostiene que EE.UU. tortura y asesina a niños en instalaciones subterráneas, dispara contra los clientes extranjeros de un «shisha bar», un local oriental de fumadores de pipa o cachimba, y de inmediato se clama contra miles de alemanes pacíficos y se les acusa de “odio” y xenofobia. Pero si un camión conducido por un yihadista embiste a los viandantes en pleno centro de Berlín, con el resultado de decenas de muertos y heridos, en este caso no se hablará de “racismo”, ni se señalará a los musulmanes pacíficos que viven en Alemania, ni nadie se aventuraría a decir que el yihadista odiaba a los alemanes y que por eso pretendía eliminar a muchos de ellos. Nada. Se trataría de un simple homicidio imprudente más o menos grave, y nada más.

¿Tenían motivaciones racistas las decenas de agresiones sexuales contra jóvenes alemanas en la Nochevieja de 2015?  Para Angela Merkel, seguro que no. Llegó a decir que se trató tan solo de unos desagradables incidentes machistas, sin que la identidad de las víctimas contara para nada. Pues qué bien.

Cinco ONG cristianas denunciaron en mayo de 2016 las situaciones de acoso que sufren los solicitantes de asilo cristianos en los albergues de refugiados alemanes y reclamaron al Gobierno de Merkel que tomase medidas para protegerlos. La primera ministra germana decidió ignorarlos. Por consiguiente, ¿tiene legitimiad para hablar del «veneno racista» quien ignora o sublima a las víctimas de la violencia dependiendo de sus creencias?

El problema no es solo Merkel. La mayor parte de la prensa alemana está impregnada de corrección política. Los periódicos y revistas defienden el multiculturalismo, y no hablan de los problemas más acuciantes a los que se enfrenta el país: un crecimiento económico anémico, el envejecimiento de la población y la islamización. Muchos periodistas, profesores y escritores dicen que la cultura alemana no existe. Cuando los libros que critican al islam llegan a convertirse en un éxito de ventas, sus autores son inmediatamente demonizados. Deutschland schafft sich ab (Alemania se abole a sí misma) fue un enorme éxito en 2010, pero su autor, Thilo Sarazin, fue inmediatamente tachado de “racista” y marginado en todos los debates políticos. Rolf Peter Sieferle, exconsejero de Angela Merkel, escribió varios artículos donde describía la autodestrucción de Alemania. “Una sociedad que ya no puede distinguir entre ella misma y las fuerzas que la disuelven vive moralmente por encima de sus posibilidades”, dijo en 2015. Insultado y rechazado por los que habían trabajado con él, se suicidó en septiembre de 2016. Se publicó una recopilación de sus notas tras su muerte, Finis Germaniae (El fin de Alemania).

En el fondo Merkel conoce los verdaderos problemas de Alemania, pero hace dócilmente lo que sus amos globalistas quieren que haga: someterse y ayudar a que los alemanes acepten la derrota.