Inicio Actualidad Una Constitucion buena pero agrietada, por Joan Tapia

Una Constitucion buena pero agrietada, por Joan Tapia

La Constitución del 78 nos ha dado 40 años, el periodo más largo de nuestra historia, de libertad y democracia. Como todo lo que tiene éxito es criticable, pero son 40 años de democracia tal como se entiende en Europa, en cuyo proyecto común nos hemos integrado tras muchos años de cierre dentro de las fronteras. No es tampoco poca cosa.

Felipe VI tenía pues razón cuando ensalzaba este jueves -en presencia de los tres ponentes de la Constitución todavía vivos y de cinco presidentes de la democracia- el papel de una Constitución que, por primera vez en nuestra historia, fue fruto del pacto de todos (o casi todos) y no imposición de una España sobre otra sino que nació por un amplio consenso que tuvo además el mérito de incorporar a los herederos de los dos bandos de la guerra civil. Desde Fraga Iribarne, exministro de Información y Turismo de Franco, hasta Santiago Carrillo, secretario general del PCE.

Pero no se puede ni debe vivir de renta. La buena salud en la juventud debe luego acompañarse de revisiones médicas periódicas, en particular al llegar a cierta edad. A los 40 años no se puede vivir de la gloria de los primeros 20. Y los políticos españoles que ayer celebraban la Constitución tienden a olvidarlo. No ya de tanto en tanto, sino -peor- en el día a día.

Diputados, funcionarios de partido

Por eso hoy tenemos una Constitución, cargada de medallas, pero agrietada. Personalmente me enerva la extraña inexistencia del diputado de distrito o circunscripción uninominal que tiende a separar la clase política del pueblo y a convertir a los diputados en funcionarios de partido. A quien se mueve, se le borra de la lista. Y punto.

Pero la mayor grieta es que el 47% de los catalanes -que en el 78 la apoyaron con mas entusiasmo que el resto de españoles- votan a partidos secesionistas. La responsabilidad solo puede ser compartida, sobre todo cuando el 56%, un porcentaje superior, dice que ahora no votaría la Constitución.

Otra grieta es que el presidente del primer partido repite que el segundo -que fue clave en la consolidación de la monarquía democrática- ha dejado de ser constitucional. Es muy raro, aunque se comprende porque parte de la derecha -un expresidente de Gobierno entre otros- no votó la Constitución. Y ahora sus amigos quieren dar lecciones de ortodoxia constitucional tanto a los que sí la votaron como a los que -por otros motivos- no lo hicieron.

Hay sobrecarga de crispación y, en este clima, se cometen -al parecer- graves errores. ¿Cómo se invita a las fuerzas armadas y se excluye a las de la seguridad nacional como la Guardia Civil y la policía, que han sido claves en la lucha contra el terrorismo y en la persecución de la delincuencia de todo tipo, incluida la corrupción? Si realmente ha sido así, la presidenta del Congreso deberá explicarlo.

Tenemos, sí, una gran Constitución, pero que necesita espinacas diarias. Y la pendiente es a peor, por lo que puede quedar famélica. Contra el pesimismo de la razón queda el optimismo de la voluntad. Ahí estamos. En equilibrio inestable.