Una historia de la Mina, por Mauricio Bernal

Al principio, las abuelas de la Mina no mostraron un gran entusiasmo. ¿Vestir los árboles? ¿En la Mina? Los quemarán, pronosticaron, les arrancarán los vestidos. “Vamos a invertir tiempo y dinero y esto no va a durar nada”. Pero lo hicieron igualmente, se dedicaron a tejer durante semanas y un día salieron y engalanaron los 15 plátanos. “Quedaron bonitos”, se recuerda en el ‘casal’. El pronóstico se cumplió unos días después: quemaron una noche uno de los árboles. Solo hay que imaginar los rostros de las abuelas cuando comprobaron que se había cumplido su profecía vandálica.

El temor al vandalismo estaba justificado: la primera vez les quemaron un árbol

Al año siguiente lo volvieron a hacer. Su estrategia contra los vándalos fue involucrar a la gente: a cada vecino que pasaba le decían que el trabajo era para el barrio, mientras señalaban los árboles coloridos vestidos con su ropa de lana. “Cuiden esto que es para ustedes”, les decían. Quién sabe si por eso no se quemó ningún árbol ese año. Los 15 plátanos de la pequeña plaza delimitada por las calles de Gregal, Xaloc y Mar, podría decirse que en el corazón de la Mina, lucieron sin sobresaltos su decoración festiva durante toda la temporada navideña. Vestidos antes del 24, desvestidos después del 6.

Desactivada la amenaza de vandalismo, este año le han vuelto a hacer.

Esa especie de día D

–Ten cuidado, Antoñita, no te vayas a resbalar.

–No, yo la tengo aquí sujeta.

–¿Quién tiene el hilo?

–Espera, espera, que este tiene muy poco.

–¿La aguja? ¿Las tijeras?

–A ver, las tijeras dónde están.

–Las tengo yo.

–¿Ha quedado bien subido, este?

–No.

–¿No?

–Lo puedes subir un poquitín más, Antonia.

Por tercer año consecutivo, el viernes pasado las abuelas de la Mina salieron a vestir sus árboles. Era una ocasión; habían estado semanas tejiendo con vistas a esa especie de día D. Un operario de la Brigada Municipal de Mantenimiento iba de árbol en árbol haciendo lo que las abuelas no podían y algún vecino sonreía al pasar. Viene la Navidad y las abuelas de la Mina se significan. Quieren que la pequeña plaza sin nombre frente al ‘casal’ –su ‘casal’– se vea festiva. También viene siendo su plaza.

La Mina era la Mina

Al frente de todo esto está Marta Montenegro, que es argentina y un día vio árboles vestidos en Buenos Aires y pensó: “Esto lo tengo que hacer en la Mina”. Marta dicta un taller de arte terapia un día a la semana al que asisten una veintena de mujeres del barrio. La más joven tiene 45 y la mayor 94. Cada viernes ocupan una sala anexa del ‘casal’ de la calle de Gregal, y desde hace tres años, al llegar diciembre, se dedican a tejer redes que el día D sacan a la calle para envolver los árboles. “Las que saben hacer ganchillo hacen ganchillo, y las que no, montan”. No es una gran empresa. No es un gran acontecimiento ciudadano. Es una pequeña historia. Una historia de la Mina.

Un operario iba de un árbol a otro haciendo lo que las abuelas no podían

Son mujeres del barrio en el sentido más abarcador del término. Toda la vida han vivido aquí, y los recuerdos de su infancia apuntan sin falta a un lugar que no es este, un lugar distinto. “El pulmón de Barcelona”, dice una mujer. “Un barrio de gente trabajadora”, dice otra. En el extremo de la sala se pronuncia una frase que no se sabe si dice mucho o dice poco. “La Mina era la Mina”. Se deduce que ya no lo es, o no lo es para quien ha vivido una eternidad aquí y ha visto cómo ha cambiado. De todo esto se habla en torno a la gran mesa rectangular poblada de ovillos de lana y redes sin terminar, o redes terminadas que el grupo encargado de vestir se va llevando a la calle. “El barrio está cada vez peor. Últimamente nos sentimos dejadas de la mano de dios”.

Operación de manos

Parece fácil. Unas lanas, unas agujas, tejer; pero son mujeres mayores, y algunas tareas que eran sencillas se han vuelto más complejas. “Este año no he podido tejer porque estoy operada de las manos y la mano derecha la tengo sin tacto. Hago lo que puedo. Ayudo a colocar, a colgar… Pero no puedo coger una aguja”. Consuelo Hernández es la mayor del grupo y tiene esa mano sin tacto que enseña como si su limitación dejara marca. Es una mano normal, arrugada. De dedos largos y finos.

Los árboles de la  pequeña plaza sin nombre de la Mina están vestidos para Navidad.

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