Una novela francesa

«Una vez elegido, Emmanuel Macron ha hecho que todos los partidos, de derechas y de izquierdas, parezcan anticuados al encarnar en su persona la aspiración a la renovación total de los actores y de los discursos políticos»

Es bien sabido que los franceses son imprevisibles. Cuando empezó la campaña para elegir al presidente de la República hace menos de un año, resultaba evidente que al socialista mediocre, François Hollande, le sucedería un hombre de Estado de verdad, de la derecha liberal y respetado por todos, Alain Juppé. Por desgracia, los votantes de derechas decidieron otra cosa y, en unas primarias internas del partido, eligieron a alguien relativamente desconocido, François Fillon. Entonces se hizo evidente que Fillon, una persona austera, católica y vagamente thatcheriana, sería el próximo presidente. La única amenaza aparente era Marine Le Pen, tan elegante como una pescadera y tan fanfarrona como un charlatán, cuyo único programa era el odio hacia los extranjeros. Y se produjo un giro inesperado: Fillon cayó de su pedestal por las revelaciones de un periódico satírico y bien informado como «Le Canard Enchaîné». La austeridad de Fillon ocultaba en realidad infamias financieras, un desvío de fondos públicos y privados, poco espectaculares, pero nauseabundos. Apareció entonces el caballero blanco, Macron el inesperado, del que no se sabe nada, salvo que tiene 39 años, que su mujer tiene 64, pero parece que tiene 25, y que no es ni de derechas ni de izquierdas, sino de otro lugar. Su eslogan, «¡En marcha!», resume su táctica: primero se avanza, pero ya se verá más tarde hacia qué objetivo. Una escasa mayoría, el 34%, le votó en la primera vuelta, más bien por eliminación de los demás que por predilección, porque se le conoce muy poco. Pero una vez elegido, Emmanuel Macron ha hecho que todos los partidos, de derechas y de izquierdas, parezcan anticuados al encarnar en su persona la aspiración a la renovación total de los actores y de los discursos políticos, aunque es cierto que estos se habían momificado y carecían de imaginación desde la marcha de De Gaulle en 1969. A esta ola de renovación, de los jóvenes en vez de los viejos, de la acción en vez de un programa, del brío en vez de las ideas, la llaman el dégagisme. Es un término difícil de traducir que procede de la expresión dégage, que en argot francés significa «lárgate y que no te vea más». El dégagisme es el que gana las elecciones parlamentarias. Casi todos los diputados salientes son derrotados y sustituidos por recién llegados a la política, contratados por el partido de Macron -La República en marcha- en función de su curriculum vitae, que es examinado apresuradamente por una comisión experta en marketing.

Debido a la complejidad única del sistema de leyes electorales francesas, esta República en marcha logró el 80% de los escaños con un 15% de los votantes, ya que la mitad de los franceses se abstuvo. Pero a la democracia no se la reconoce porque sus leyes sean justas, sino que se la reconoce por el hecho de que la nación, por muy absurdas que sean sus reglas, acepta su resultado y su legitimidad. Por tanto, nadie cuestiona que Macron y su partido dispongan de plenos poderes durante cinco años, porque otra singularidad francesa es la concentración de los poderes, más que su separación. Aunque Montesquieu fuese francés y, en el siglo XVIII, formalizase el principio de la división de poderes para impedir el despotismo, fueron los estadounidenses quienes lo aplicaron. Su Constitución de 1789, que sigue siendo válida, explica que Donald Trump no pueda llevar a cabo sus caprichos, porque se lo impiden los jueces y el Senado. Pero los franceses no sienten una gran pasión por la democracia y siempre han preferido el culto del Salvador y el despotismo ilustrado, desde Napoleón hasta De Gaulle, y quizás Macron. Eso lo podemos entender, pero, al mismo tiempo, es preocupante. Napoleón acabó con la violencia de la Revolución antes de que él mismo se convirtiese en un maníaco belicoso; el problema de los déspotas ilustrados es que, al no existir contrapoderes, se vuelven rápidamente menos ilustrados. Asimismo, De Gaulle puso fin a los conflictos de la descolonización, pero, a su vez, perdió el contacto con la realidad social, lo que condujo a las revueltas de mayo de 1968. Salvando las distancias, Macron, por el azar electoral, se encuentra en una situación de déspota que esperamos que sea ilustrado, pero en el fondo nadie lo sabe; por eso la mitad de los franceses han preferido abstenerse. Le corresponde a Macron sacar a la sociedad francesa de su parálisis y, en concreto, liberalizar un poco el mercado laboral, que sería el requisito indispensable para esperar que el desempleo disminuya, como se ha demostrado hace poco en Alemania y como se demuestra ahora en España. Pero ¿se puede hacer realmente que se acepten unas transformaciones sociales tan fuertes mediante la voluntad despótica? Macron se arriesga a correr la suerte de todos los «monarcas elegidos» que le han precedido: jamás hay consenso sobre las reformas que no se debaten ampliamente en un recinto parlamentario. Se aprobarán legalmente, pero no son legítimas. El despotismo, tanto si es ilustrado como si no, siempre fomenta la revolución desde el momento en que los cauces legales de la discusión y de la divergencia están cerrados. Por tanto, al no existir una distribución de poderes al estilo estadounidense, a la que los franceses no están acostumbrados, sugiero a Macron que se inspire en la historia más antigua de Francia y nombre a un bufón de la Corte; este le recordaría que solo es presidente, que su mayoría es accidental y que podría ser, a su vez, víctima del dégagisme.

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