Una nueva generación de niñas lucha por el fin de la discriminación de género

“La educación es el único instrumento que tenemos las niñas para luchar contra la desigualdad y la discriminación. ¡No es una frase, yo lo he visto! Si nadie me enseña que tengo una serie de derechos, si mis amigas tampoco lo saben, pues no podemos hacer nada ni pedir nada. Sólo aguantarnos con la vida que nos ha tocado vivir, siempre más difícil para nosotras porque somos niña. Y ser niña en muchos sitios significa ser menos, no poder estudiar, casarte con quienes otros dicen, criar, aguantar que te peguen…Pero conocemos nuestros derechos, nadie podrá callarme, nadie podrá callarnos”.

Este párrafo no está sacado de ningún discurso. Quien pronuncia estas palabras tiene sólo 13 años, una preciosa sonrisa y un cuerpo pequeño que desprende unas inmensas ganas de vivir. Se llama Naydelin y es de Guatemala y durante dos días (10 y 11 de octubre) ha tomado el mando por unos minutos, junto a otras jóvenes, de instituciones tales como el Congreso de los Diputados, el Consejo General del Poder Judicial o el Ayuntamiento de Madrid, de la mano de la oenegé Plan International.

Otras 500 niñas han hecho lo propio en otros 60 países. Esta toma de poder tiene un objetivo claro, anunciar al mundo que esta generación de jovencitas sabe cuáles son sus derechos y exigen que se cumplan. “Y lo vamos a conseguir porque tenemos la razón”, dice resuelta. Junto a ella, la también guatemalteca Estefany, de 20 años, Josephine, de 16, y Ezelina, de 13, ambas de Malawi.

Naydelin es una activista (“vocera”, dice ella) de los derechos de las niñas, y por extensión, de los niños también, desde los 10 años. Se “afilió” a Plan International cuando tenía 3 años. La oenegé sufraga sus gastos educativos y, antes, se hizo cargo de la operación de cadera que precisaba (“tengo una luxación de cadera desde que nací. Me sacaron a lo bruto”). Desde “bien chica” asiste a los cursos de formación sobre derechos humanos. “Nos contaban que los niños teníamos derecho a la educación, a que nos traten bien, a que nos cuiden, a no trabajar, a estudiar, a no casarnos cuando somos pequeñas. También a que nos quieran”, relata.

Ella, sin dudarlo, considera que el de la educación es el más importante. “Porque con formación aprendo y entonces, puedo enseñar a los demás. Además si estudio, tengo muchas posibilidades de tener un buen trabajo y ayudar a mi familia y así casarme cuando yo crea y no porque esté obligada a hacerlo para ayudar algo a mis padres”. Esta pequeña quiere ser abogada.

Naydelin explica a sus amigas que la educación es el arma que tienen para ser respetadas

Este es el argumento que esta pequeña vocera utiliza para convencer a sus amigas de la aldea Carrizal Grande, del municipio de Japala, de que no es necesario unirse con un chaval y tener hijos para poder sobrevivir. Algunas no le hacen caso, otras sí. Lo mismo pasa con las mujeres adultas, madres a su vez de ellas. “Muchas no quieren ni escucharnos, pero la verdad es que cada vez somos más”, relata eufórica. ¿Y los varones? Pues “algo peor, porque a ellos no les interesa mucho el tema. Pero hay algunos que sí. Mi papá ha hecho una agenda con las tareas que tenemos que hacer en casa los hijos (dos niñas y dos niños)”.

Naydelin reconoce que cambiar la situación no es fácil. “Una amiga de la aldea, de 15 años, se unió a un chico de 17. No se han casado porque desde este verano está prohibido en Guatemala el matrimonio infantil y así se lo dije a mi madre, y ésta a la suya, y así… Pero ella, que se quedó embarazada y ya tiene el bebé, dice que ya no tiene ninguna posibilidad de vivir sin él. Y eso que el chico la pega, la maltrata, pero aguanta porque no tiene dinero”, explica sin dejar de sonreír.

“Dinero, siempre es cuestión de dinero”. A sus 15 años, Josephine tiene claro que ahí reside el problema. En su aldea, las niñas son entregadas en matrimonio “a viejos de 50 años” por “unas vacas”. Ella se incorporó a Plan International gracias al director de la escuela, que decidió que acudiera a una charla de la oenegés. “Ahí descubrí que había otra vida”, indica esta joven que está empeñada en estudiar Ciencias Sociales.

Su mayor preocupación en este momento es conseguir quien le financie los estudios universitarios. “La educación es la llave del éxito”, señala, además de ser la única posibilidad que hay para eludir el matrimonio, considerado como el fin del sueño. Porque casadas y con hijos, se acabó el futuro más allá de la casa, los niños y los maltratos en la mayoría de los casos. “Se acaba casi la vida”, dice Josephine.

Estefany, a sus 20 años, es portavoz del movimiento Por ser niña en Guatemala. Es una vocera convencida de que se puede cambiar el mundo, “podemos hacerlo. Para ello necesitamos que las niñas estudien, defiendan sus derechos, hagan valer su voz y trabajen, porque con ese dinero ayudarán a sus familias. Así todos nos respetarán”.

Estefany vive en el caserío El Coyolito, una aldea de 250 habitantes en el municipio de San Jerónimo (12.000). Gracias a Plan International se graduó en Ciencias y Letras con orientación agroforestal. “Pero no tuve dinero para ir a la universidad (quería ser ingeniera Agrónoma). Y ahí se acabó la posibilidad de mejora…”, señala. Pese a ello no se desanima. Sigue luchando con fuerza para que sus hermana pequeña pueda hacerlo, y su amigas, y las amigas de estas. Da charlas sobre los derechos de los niñas, especialmente, sobre el derecho a estudiar. “Es que es fundamental. Yo digo en las charlas que el conocimiento es el arma para empoderarnos, para ser más personas, para ayudar a nuestro pueblo, a nuestra gente. El mundo no puede prescindir de nosotras, porque ese mundo, entonces, no es bueno”.

Estefany ha trabajado mucho contra el matrimonio infantil, un auténtico lastre para esas niñas, a las que se las somete a algo para lo que no están preparadas, robándoles la infancia. “Es una barbaridad ver niñas con un hijo bajo el brazo. A esa edad, deberían llevar libros”

“Construirán un mundo más justo”

Concha López, directora de Plan International en España, está convencida de que la nueva generación de niñas tiene la fuerza, la energía, el impulso y el conocimiento suficiente para cambiar el mundo, “para construir un mundo sin diferencias y, por tanto más justo”. No en vano, esta oenegé lleva décadas trabajando para propiciar ese cambio. Paso a paso, niña a niña, de aldea en aldea, Plan International ha ido tejiendo una red de portavoces que llevan la voz de la igualdad hasta los puntos más lejanos. Queda mucho trabajo por hacer, dice López, pero estas niñas, criadas en la confianza, en el empoderamiento y el conocimiento de sus derechos, tienen la fuerza para hacer de éste un mundo mejor. Ojalá.

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