Inicio Actualidad Urge una nueva alianza entre uribistas y conservadores en Colombia

Urge una nueva alianza entre uribistas y conservadores en Colombia

La alianza entre el Partido Conservador y el Centro Democrático es sin duda el pilar de cualquier coalición que quiera gobernar a Colombia, sosteniendo las banderas de la libertad, la seguridad y el orden. El origen de esta coalición se remonta al año 2002, cuando el conservatismo decide rodear la candidatura del entonces candidato presidencial Álvaro Uribe Vélez, logrando el triunfo en la primera vuelta presidencial, algo que no había ocurrido nunca.

Desde ese momento, el uribismo y el conservatismo fueron un bloque sólido que logró aprobar las más importantes reformas a la política, al sistema de seguridad social, laboral, entre otras. No sobra recordar que esa alianza fue la que logró recuperar la seguridad y el orden público en el primer gobierno de Uribe (2002-2006), después del fracasado proceso de paz que intentó el gobierno de Andrés Pastrana con Tirofijo, jefe supremo de las FARC.

Defendieron las banderas del libre mercado y el estado austero, pero con programas sociales enfocados y condicionados para atender a la población más pobre, logrando la recuperación de la economía, a través de la generación de confianza para atraer inversión y aumentar el consumo de los hogares. Fue tal el resultado de esa coalición de gobierno, que en 2006 la campaña por la reelección tuvo como slogan “Adelante presidente”, sin más, derrotando ampliamente al candidato de la izquierda, Carlos Gaviria Díaz.

Sin embargo, por alguna extraña razón, las políticas originales, consignadas en un programa de 100 puntos, transitaron hacia la consolidación de un modus operandi propio del sistema clientelista que impera en Colombia y se disparó el estatismo. El empleo público, los subsidios, las transferencias sin condición verificable, los cupos indicativos en el presupuesto para proyectos de cada congresista -entre otras prácticas que originalmente se pretendía combatir- terminaron siendo puntos de partida de una nueva coalición que terminó firmando un acuerdo con las FARC, en contra de la posición de conservadores y uribistas, que, no obstante, se articularon y movilizaron para rechazarlo en las urnas en octubre de 2016, cuando la opción NO triunfó en el plebiscito.

Esas tesis de menos estado, menos impuestos, más libertad, más seguridad y garantía de orden y estabilidad, llevaron a Duque a la presidencia, en fórmula con Marta Lucía Ramírez, candidata única del conservatismo, a quien derrotó en una consulta interpartidista en el mes de marzo de 2018. Es decir, las dos fuerzas políticas que ganaron en 2002 se reencontraron, retomaron sus banderas originales y lograron una victoria amplia frente a la izquierda más radical, que hoy sigue liderando Gustavo Petro. El mensaje de las urnas fue contundente.

Por alguna extraña razón, el nuevo jefe del Estado optó por hacer caso omiso de las reglas de la democracia representativa y conformó su gabinete a partir de cercanías personales y no partidistas, dando continuidad, además, a quienes habían llegado a la burocracia del gobierno nacional en el gobierno anterior, desatando la ira de las facciones más importantes de su partido y del Partido Conservador, quienes en privado expresan su malestar, pero en público siguen respaldando con firmeza al actual gobierno.

Álvaro Uribe, por su parte, ha tomado el camino de promover políticas propias de los partidos que hoy acompañan al candidato de la izquierda radical, aceptando el consejo de quienes insisten en que el electorado migró hacia allá y son las tesis del “extremo centro” -nueva forma de llamar a la social democracia- las que tienen asidero en la opinión pública. De allí que promueva incrementar el salario mínimo, reducir la jornada laboral, subir impuestos a los más ricos; todo lo opuesto a lo que tuvo que hacer en 2002 cuando asumió la presidencia y recuperó el orden público, la seguridad y la economía colombiana. Es sin duda una de las figuras más importantes de la política de Colombia y seguirá liderando una fuerza política relevante, pero al acercarse con sus propuestas a quienes otrora combatió en la arena electoral, termina por ceder sus banderas originales, que siguen siendo mayoritarias en Colombia.

Además de la emergente campaña de Enrique Gómez Martínez, heredero de su abuelo, el expresidente Laureano Gómez, y de su tío, el inmolado Álvaro Gómez Hurtado; solo David Barguil, como candidato único del Partido Conservador, podría lograr articular una propuesta que se oriente más hacia la libertad y la recuperación del orden constitucional, principio fundante del conservatismo colombiano, aunque pese allí el poder electoral de las facciones conservadores, tradicionalmente soportada en el esquema clientelista.

De allí la invitación que hace a la coalición del “equipo por Colombia” para que se acepte en su seno a Oscar Iván Zuluaga, candidato a la presidencia del Centro Democrático. La apuesta es por recuperar la solidez de la coalición que se logró en 2002 y que le dio un nuevo aire, una nueva oportunidad de recuperar la senda del crecimiento y la seguridad a Colombia.

Esa agenda es distante al estatismo que se apoderó de la clase política, pero que, paradójicamente, ha sido rechazado en las urnas una y otra vez. A dos meses de las elecciones al Congreso y las consultas interpartidistas, hay quienes cierran los ojos ante esta realidad y no aceptan que están cayendo en la trampa de la izquierda populista, que celebra la sobre expansión del Estado, pues es consciente de que, llegado el momento, será solo cuestión de poner a los suyos al mando del aparato que la derecha consolidó, buscando frenar precisamente el avance del socialismo.   


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