Inicio Actualidad “Usque ad aras amicus”: Hasta el altar, amigo

“Usque ad aras amicus”: Hasta el altar, amigo

Así respondió Pericles a uno de sus amigos que le pidió su apoyo cuando fue imputado por falsedad… “Es mi deber servir a mis amigos, pero sólo hasta el altar”. (Adagios. Erasmo de Rotterdam)

El apoyo que le solicitaba implicaría un juramento favorable poniendo su mano sobre el altar. Jurar en falso para proteger a un amigo repugna a la conciencia de quien lo solicita, tanto como a la de quien accede a ello, porque rompe el vínculo ético que justifica el concepto de amistad. Un amigo ha de hacer por el otro todo aquello que no fuere contra Dios y la moral.

La calma emocional y el autocontrol que rezuma la frase de Pericles, eleva el valor de la amistad desde el individuo al que juzga, hacia la comunidad a la que se debe y ama por encima de todo. Y es que el genial político ateniense extiende su abrazo de amistad para abarcar todo su pueblo, al sublimar el valor de la virtud por encima del interés personal de su amigo.

Frente a esa visión, Lope de Vega, con quien comparto la suerte de haber sido también alumno de jesuitas, enfrenta el honor de la opinión con el de la virtud en “La prueba de los amigos”, y llega a exaltar ese vínculo en su obra “el amigo hasta la muerte”. Veamos a continuación algunos versos de esta última:

Si se dejó prender, ¿qué me acobardo?
¿Qué le queda que hacer?, ¿qué puede darme
más que su vida en ocasión tan fuerte?
Este sí que es amigo hasta la muerte.
Pues ¿sufriré que diga que le ha muerto?
Si éstos dicen verdad, que él se ha culpado…
¿Y que un amigo verdadero y cierto
muera por mí de tal fineza honrado?
Aunque parezca a todos desconcierto,
a confesar estoy determinado
que le maté, librando desta suerte
de la muerte al amigo hasta la muerte.

¿Tenía razón Pericles al fijar un límite ético a su relación afectiva? O más bien, ¿se está obligado de por vida a respetar el vínculo, como pretende la obra de Lope?

Todos nos hemos encontrado alguna vez inmersos en la duda: de un cerrar los ojos ante el error del amigo a un afear su conducta a riesgo de perderlo. Considero que aquí no se trata de decidir qué es lo mejor para uno u otro, ni siquiera de una evaluación moral, o de juzgar a Lope o a Pericles, sino de un cambio fundamental en el concepto de lo que debe ser la amistad. Como podemos deducir de lo expuesto, este cambio tendrá más que ver con la filosofía del amor que con el interés de las partes que se sienten vinculadas por el concepto de la amistad.

Es la amistad que yo llamaré «ecuménica», extendida hacia todos y hacia todo. Algo así como la que ejercen a diario multitud de miembros de la tan denostada Iglesia Católica: sacerdotes, obispos, cardenales, y el propio Papa Francisco que, apostando por una amistad universal, dan ejemplo de amor y austeridad denunciando la injusticia que propicia la pobreza. Traigo aquí a colación a esos efectos dos ejemplos:

San Maximiliano Kolbe, cuya amistad sin reservas o, como diría Lope “amigo hasta la muerte”, hacia un compañero del campo de Auschwitz donde estaban internados, inspiró ese vínculo que llaman «la locura del amor», al que me refería anteriormente. Veamos el relato de lo que ocurrió: Una noche, al pasar los guardianes lista, uno de los prisioneros no respondió cuando leyeron su nombre. Se dio al punto la alarma… Aquella fue una noche de angustia y temor. Los dos mil internados sabían que si no lograban dar con el escapado, matarían a diez de ellos… A la mañana siguiente, su reciente amigo Gajowniczek, fue uno de los diez elegidos por el coronel de las SS para ser ajusticiados en represalia por el escapado. Cuando salió de su fila, musitó estas palabras: «Pobre esposa mía; pobres hijos míos». Maximiliano Kolbe, lo oyó, dio un paso adelante y se ofreció para ocupar su puesto. El oficial nazi, aunque irritado, finalmente aceptó su ofrecimiento.

El otro ejemplo de esa amistad ecuménica de que hablaba, es Kiko Figaredo, un jesuita que estudió, como yo, en el colegio de la Inmaculada de Gijón, y ha consagrado su vida a ayudar a los inválidos por minas anti persona. Hoy se le conoce como el Obispo de las sillas de ruedas, por su labor humanitaria en pro de los discapacitados de Camboya. Por ello se ha hecho un Freire de la humanidad: puedo decir sin temor a equivocarme, que Kiko tiene amigos por todo el mundo. Por supuesto que él a la mayoría ni nos conoce, pero muy probablemente daría su vida, mediando una causa justa, por cualquiera de nosotros. Así lo demuestra día a día en esa labor con sus camaradas inválidos camboyanos.

Y habría multitud de otros ejemplos a citar; cuando menos para alterar ese: pim, pam, pum… ¡fuego!, que hoy se hace contra la Iglesia Católica y contra el Papa Francisco. Porque «Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos».

Así pues, la cuestión sobre lo que debiera significar realmente la amistad, de la que a veces se presume, queda abierto en una sociedad donde los valores están muy tapados, porque nadie parece interesado en airearlos.

Veamos finalmente un ejemplo para ilustrar lo que digo con el debate entre dos amigos de los de toda la vida: Un animalista y un cazador. Ambos conversan sobre el abandono y maltrato de los perros de caza cuando ya no sirven para esa actividad; aunque no se ponen de acuerdo. El animalista cree que la postura de esos cazadores que explotan al animal y luego lo abandonan es inadmisible, y debiera por tanto ser castigada; pues proclama que la sociedad debe ser protectora de la naturaleza. Su amigo el cazador argumenta que, a sus perros desde que son cachorros, se les trata con mimo: tienen buena comida, atención veterinaria, limpieza, cuidados y el afecto del amo que les enseña a cazar.

Días después el animalista paseando por el campo ve a su amigo colgar de un árbol a uno de sus perros de caza. Mueve la cabeza con desagrado y duda sobre qué debiera hacer: denunciarlo, a riesgo de perder su amistad y probablemente convertirlo en su enemigo, o cerrar los ojos y caminar hacia otro lado.
Hoy en día la gran mayoría de las personas que se encontraran en esa situación optarían por callar… y seguirían teniendo muy buenos amigos, al menos ese sería su activo a presentar y presumir ante los demás. Pero, en mi opinión, No sólo no tendrían amigos, sino que no los merecerían.