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Valentía, por Olga Grau

La esposa del gobernador del Banco de Inglaterra levantó una oleada de críticas en el 2013 al asegurar que le estaba costando un horror encontrar vivienda en Londres. La opinión pública se lanzó a degüello contra el matrimonio canadiense recién instalado en la City porque Mark Carney fichó con una asignación de 400.000 libras al año para vivienda, además de su sueldo. La anécdota sirve, sin embargo, para ilustrar la grave gentrificación de Londres, donde hasta los ricos tienen problemas para encontrar casa aunque parezca una afirmación frívola. El fenómeno, aunque no llega a estos niveles, es conocido también en Barcelona y consiste en la expulsión forzosa de los vecinos de un barrio como consecuencia del incremento de los precios del alquiler. En la capital británica los precios han llegado a subir tanto que hay edificios enteros vacíos.

Cuatro investigadoras de la red de mujeres científicas de EL PERIÓDICO de Catalunya, Isabelle AnguelovskiCarme BorrellMireia Gascón y Mara Ferreri, debatieron recientemente sobre el impacto que tiene la gentrificación en la salud de las personas. Concluyeron que genera impactos muy relevantes como depresión y ansiedad por el miedo a perder la vivienda, mala alimentación por la falta de tiendas de comestibles a precios asequibles en la zona, descanso insuficiente por el ruido, inseguridad por el aumento del consumo de alcohol y las drogas vinculado al ocio nocturno y al turismo y así una larga lista de efectos nocivos.

Uno de los ejemplos que se puso sobre la mesa fue el del East Boston -un barrio históricamente poblado por residentes de origen latinoamericano e italiano, de clase trabajadora, que sufre la gentrificación– en el que los líderes comunitarios relatan que «muchos jóvenes hablan de suicidio».

La gentrificación en Barcelona está vinculada al turismo, pero también a proyectos de inversión inmobiliarios y claramente a la potencia de la marca Barcelona que de manera inevitable atrae a extranjeros que desean vivir en la ciudad por el mar, el clima o la gastronomía. Sin embargo, escuchando a las investigadoras expertas en gentrificación, vivienda y salud, se puede concluir que la solución no es tan complicada. La clave está en regular y coordinar las actuaciones de las administraciones autonómicas, locales y centrales.

Regular o coordinar no se puede asimilar a prohibir o demonizar. La mayoría de los efectos nocivos de la gentrificación se podrían erradicar o paliar si se creara una parque de vivienda social, se limitaran los precios de los alquileres en las zonas más presionadas por la demanda, se pusieran límites a determinadas infraestructuras turísticas y se usara la fiscalidad para redistribuir los recursos hacia los que más lo necesitan. 

Los principales conflictos que están viviendo las ciudades proceden de una mala o inexistente regulación por inacción o por cobardía de las administraciones. Ha ocurrido en la crisis del taxi con las VTC, en la proliferación de los apartamentos turísticos y, en general, ante el crecimiento del turismo en los últimos años. El futuro sostenible pasa por una regulación. Y, sobre todo, por la valentía de hacerlo.