Inicio Actualidad Vivir en el infierno

Vivir en el infierno

Subo las persianas y de nuevo otro día mas la lluvia se hace notar en los bonitos parajes verdes de esta tierra navarra. Salgo como todas las mañanas hacer mis compras diarias y nada más salir me encuentro con los primeros vecinos. «Egunón», «Buenos días» les contesto yo. «Otra vez nos visita la lluvia». «Sí, sí parece que no nos quiere dejar». Mientras se aleja, me responde «esto es bueno para el campo». Paso por la calle y otra vez, nuevas pancartas, fotos de jóvenes con un cartel de kilómetros y unas letras donde les llaman «gudaris» –héroes– a miembros de ETA encarcelados. Además de pancartas donde pone «aldemendik txakurras kanpora» contra la Guardia Civil, que rodean casi todas la calles, un aire huracanado intenta llevarse mi paraguas y los charcos que hay en la calle salpican en mis pies mojándolos. Después de toda mi odisea entro en la tienda de todos los días. «Kaixo», «¿que tal?», «bien», «¿y tu?», «bien». «¿Las dos barras de pan y la caja de leche de siempre no?». «Sí, sí como siempre», respondo. Mientras la dependienta me pone lo que le he pedido dos mujeres conversan entre ellas, escucho lo que dicen: «Estuve visitando a Aitor, está muy bien, esperemos que pronto con los socialistas ahora en el gobierno nos lo acerquen pronto a las cárceles de Euskalerria. Nuestros gudaris no se merecen el castigo que les están haciendo esos fascistas españoles».

La mujer que habla se llama Maialen, tiene a su hijo en la cárcel, cumple condena por varios atentados, todos con muertos. De repente una de esas mujeres me pregunta, ¿oye tú qué opinas de nuestros gudaris, que nunca dices nada, ni acudes a las manifestaciones de apoyo?». «Y a tus hijos nunca se les ve por la herriko, ¿no serás de ellos?», «peor, ¿no serás txakurra –guardia civil–? Son unos segundos en los que te dan ganas de decir lo que piensas, pero por otro lado sabes las consecuencias que puedes tener. Entonces, te muerdes los labios y contestas rápido y en voz baja. «A mí esas cosas no me interesan, paso de la política, no me va, no quiero saber nada». La respuesta de ellas es clara: «Esto no es política, los fascistas españoles atacan nuestra tierra Euskalerria y los txakurras día tras días pasean por nuestro pueblo para provocarnos, yo estoy orgullosa de mi hijo por que lucha por su pueblo, mi hijo es un héroe, es un gudari». En ese momento ya no puedo más y respondo: «A mí no me gusta lo que ha hecho ETA durante estos años, ha matado a mucha gente ha dejado viudas, huérfanos, familias destrozadas, ha llenado la calle de sangre y ha manchado la imagen de nuestra tierra, no os quejéis vosotros.

Veis a vuestros hijos en la cárcel, aunque hagáis kilómetros, pero las víctimas sólo pueden ir al cementerio a ponerles flores, ¿no os dan pena esas familias?» ¿Y no te acuerdas, Maialen, el verano pasado, cuando los compañeros de esos guardias civiles que dices que vienen a provocarnos, salvaron la vida a tu hija Naiara en aquel barranco en Jaca, donde uno de esos guardias civiles perdió su vida por salvar la vida de tu hija?». «Un perro menos», dice entre risas la dependienta de la tienda desde la otra esquina del mostrador. «Eso, eso, un txakurra menos, ya quedan menos», dice Mariano el del kiosko mientras abrocha la chaqueta a su nieta pequeña Nekane. Veo miradas fijas de ellas, como si fuesen cuchillos afilados que pasan por mi cuerpo. Y yo, con un sudor frío y temblando, noto por un lado entre un desahogo de tantos años aguantando esto y por otro en el lío que me he metido y he podido meter a mi familia. La respuesta de ellas es firme y clara: «A nosotros la muerte de esos fascistas no nos importa»; «algo habrán hecho». Con los nervios y el enfado que llevo en el cuerpo por esa respuesta les respondo: «Bueno, bueno, tengo prisa, me tengo que ir, agur». Ellas ni me responden, sólo me observan con una mirada asesina y la dependienta me da la bolsa del pan con un mal gesto sin decirme el «agur» de todos los días. Salgo de la tienda temblando con el paraguas medio roto por el viento, mientras voy de camino a mi casa. Voy pensando cómo digo en la comida a la familia lo que he hecho, seguramente se enfadaran conmigo.

Llega la hora de la comida y nerviosa tartamudeando les voy comentando mientras sirvo la sopa caliente en los platos. Hoy comprando el pan me he encontrado a Maialen, la mujer de Paco, ¿qué Paco? Paco el de Jaén, los que tienen a un hijo en la cárcel por ser de la ETA. Estaba hablando con Marisa, la mujer de Luis, y me ha preguntado qué opino yo de su hijo, no he podido aguantarme y he dicho lo que pensaba, que me parecía mal el daño que había hecho ETA durante todos estos años y me he desahogado, de repente las miradas de mi familia entre asombro y enfado se quedan clavado en mí. ¿Para qué has dicho tú eso? Ya sabes lo que tenemos que decir, a nosotros la política no nos va, no nos interesa, te callas y te vas, ya pero… contesto ni pero ni leches, has entendido bien; a nosotros no nos interesa ni la política ni nada. Ya, pero no podía más viendo pancartas y fotos de terroristas y he reventado. Uno de ellos entre gritos se levanta da un golpe en la mesa y dice: en menudo lío nos has metido, ahora veremos las consecuencias que vamos a tener, ¿por qué no has tenido la boca callada? Ahora toca tomar precauciones; los coches siempre en el garaje, desde ahora no se quedan aparcados en la calle.

Termina la conversación con los platos llenos de sopa encima de la mesa y cada uno en su cuarto balbuceando en alto. Esto que parece una historia de tiempos pasados desgraciadamente ocurre a día de hoy, año 2018. Todavía en pueblos de Navarra y País Vasco sucede, aunque algunos intenten decir que ya no hay miedo, ni intimidación en estas dos comunidades españolas y nos intentan vender que hay normalidad. No es cierto, en estos pueblos siguen con mucho miedo, mucha intimidación y donde los terroristas y sus amigos hacen lo que quieren en las calles de estos pueblos, donde decir que no eres nacionalista que tú eres constitucionalista y que te sientes español/a puede traerte consecuencias graves.