Vota una Francia radicalizada

Un país radicalizado acude hoy a las urnas. Dividido entre una oferta de continuismo y otra de ruptura destructiva, el inquietante enredo es que la victoria de lo primero continúe profundizando el avance de lo segundo.

La oferta del ultraderechista Frente Nacional, que hace 15 años obtuvo alrededor de un veinte por ciento del voto en las presidenciales, podría obtener hoy alrededor de un cuarenta. Ese progreso plantea algo más que preguntas sobre cual será el avance de esas fuerzas dentro de cinco años, en las presidenciales del 2022.

Nacido como típico partido de ultraderecha, con anclajes en el neofascismo europeo de los años setenta, las herencias del régimen de Vichy y las heridas de la Algérie française, el Frente Nacional ha logrado en veinte años hacerse con el grueso del voto de protesta de la Francia de los de abajo, sus sectores sociales y territoriales.

Más de la mitad de los franceses son críticos con la Unión Europea, con la quita de soberanía y de democracia nacional que representa, sin querer por ello abandonar el europeísmo. Votaron en el 2005 en ese sentido en un referéndum que fue ignorado y hoy dos terceras partes de ellos son críticos con Alemania. Casi un 70% apoyaron la pasada primavera la resistencia sindical, ciudadana y estudiantil a la reforma laboral del presidente François Hollande.

Los dos nombres de la cabina de voto

Ahora todos ellos se encuentran en la cabina de voto con dos nombres. Uno, el del joven exministro de Economía, Emmanuel Macron, les propone continuar con un europeísmo sin enmienda, el más disciplinado alineamiento con Alemania, y la profundización por vía de decreto de la reforma laboral.

La otra, Marine Le Pen, les tienta con una estudiada síntesis que ha añadido a la vieja oferta xenófoba, fundamentalmente antimagrebí, la crítica a todo lo que les irrita: la falta de soberanía nacional, el seguidismo y la falta de autonomía en política exterior, el retroceso del Estado, así como la degradación de los servicios públicos y el recorte de derechos sociales y laborales a consecuencia de las políticas de austeridad.

Esta alternativa desagrada al 70% de los franceses. Por eso, de los 47 millones de ciudadanos llamados hoy a las urnas, se espera que alrededor del 25% no acuda, que otros tres millones voten en blanco o nulo, y que la mayoría del resto acuda movido mucho más por un emitir un voto de rechazo hacia el candidato al que quiere eliminar que de adhesión y simpatía hacia el que favorece. Un cuadro sin precedentes en Francia.

El resultado de la elección de hoy será engañosamente tranquilizador

Es también el motivo de que, como se adelantaba ya el pasado 23 de abril, el resultado de la elección de hoy sea engañosamente tranquilizador. La esperada victoria de Macron, con alrededor del 60% del voto y la derrota de Le Pen, con cerca del 40%, tal como indican los sondeos desde hace semanas, sólo es satisfactoria abstrayéndose de la enorme ambigüedad que rodea a esta extraña elección en uno de los países más importantes del continente, esa Europa sumida en una profunda crisis de desintegración.

En la última semana mucho de todo esto ha sido obviado en Francia por los intentos de reconstrucción de una unión sagrada, un frente republicano para formar una barrera a Le Pen. Pero esa barrera ya no es tan fuerte. El invocado antifascismo ha logrado in extremis obviar en la recta final de esta campaña todo diagnóstico social de la enfermedad francesa. Ha vuelto a colocar por unos días a la Unión Europea en un altar sacralizado fuera del alcance de la crítica. Pero a lo largo de más de un mes esa no ha sido la situación. A menudo criticada desde los puntos de vista más diversos, esta campaña electoral ha sido, en medio del torbellino descrito, un ejercicio de madurez democrática.

La sociedad francesa ha demostrado ser una de las más politizadas de Europa. Una campaña que hace unos meses todos servían en dos grandes platos precocinados –el tema del terrorismo yihadista y el debate sobre la identidad–, ha tenido un menú mucho más variado. Transcurrida en medio de un estado de emergencia, vigente en el país desde noviembre del 2015, y después de pavorosos atentados que han dejado 240 muertos y centenares de heridos desde el funesto enero del 2015 ( Charlie Hebdo), la campaña supo abrirse y colocar en el centro los temas económicos y sociales, Europa y la política exterior. Pero ni el mejor de los debates logra paliar la gran fractura nacional dibujada.

FEl candidato conservador, François Fillon FEl candidato conservador, François Fillon (Michel Euler / AP)

Inicialmente prevista como una autopista para el candidato conservador, François Fillon, esta campaña ha conocido inesperados escándalos y eliminaciones, casuales carambolas y algunos excesos que han acabado dejando en la cuneta a los dos partidos que dominaron el paisaje francés durante medio siglo, conservadores y socialistas. El escándalo de los presuntos empleos ficticios de su esposa restó diez puntos al favorito Fillon y lo eliminó.

Apabullado por su impopularidad, el presidente François Hollande (un político que acaba su mandato sin mancha, hay que decirlo), renunció a presentarse, algo sin precedentes.

Las primarias de la derecha eliminaron a Alain Juppé y Nicolas Sarkozy en beneficio del mucho más radical y thatcherista Fillon. Una clara señal de radicalización a la derecha.

Las primarias de la izquierda suspendieron a Manuel Valls, en beneficio de un candidato gris a su izquierda, Benoît Hamon, que acabó cediendo el espacio de la izquierda al altermundista Jean-Luc-Mélenchon. La radicalización de la izquierda.

Como consecuencia de esta triple carambola se abrió la ventana para Emmanuel Macron, confuso orador que se impuso en el centro del escenario con un programa continuista y ecléctico. Por el camino se reventó el sistema institucional de partidos en beneficio de un nuevo y frágil escenario que será el encargado de gestionar la fractura.

El país está dividido entre lo que el geógrafo Christophe Guilluy llama “la Francia periférica”, la Francia de los “sectores populares” y clases medias en declive y la “Francia de los de arriba” que Macron representa.

“Se ve claramente que los partidarios de Macron y de Le Pen no viven en el mismo país; diferencias geográficas, sin duda, pero también diferentes en sus referencias culturales y sociales”, dice el economista Jacques Sapir. “Esta secesión es de una gravedad extraordinaria. Cuando no hay palabras comunes, se abre la puerta a la guerra civil”, dice.

“Desde la Revolución Francesa no conocíamos tal antagonismo de clase”, observa Édouard Husson, historiador y vicepresidente de la Universidad de París (PSL). En esta Francia que es resultado de décadas de desorden monetario, desregularización financiera y abolición de fronteras, “va a resultar muy difícil defender el radiante futuro del hiperindividualismo”, dice Husson. “Hillary Clinton fue derrotada por no haber comprendido eso, Macron ganará, pero todo indica que su efecto será de corta duración”, observa.

A derecha e izquierda se suceden las advertencias para el futuro presidente.

“Estoy inquieto por mi país, no tanto por este domingo, sino por lo que vendrá en los próximos cinco años o mucho antes”, dice el popular documentalista izquierdista François Ruffin. “Temo que la fractura degenere en desgarro”, dice en una tribuna publicada por Le Monde y titulada Carta abierta a un presidente ya odiado. “Lleva usted la guerra social, como la nube la tormenta”, dice Ruffin.

“Macron deberá tener en cuenta a esa casi mitad de Francia a la que tantos fracasos gubernamentales ha hecho tan vindicativa”, señala la editorial de Le Figaro, que apoyó a Fillon hasta el último momento. Prudente cautela ante una anunciada victoria.

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