Inicio Actualidad Votar en EEUU: misión imposible (para algunos)

Votar en EEUU: misión imposible (para algunos)

Algunos ciudadanos de Atlanta se han llevado la sorpresa este jueves cuando al abrir la puerta se han encontrado a la presentadora Oprah Winfrey como una voluntaria más haciendo campaña por Stacey Abrams, la demócrata que aspira a convertirse en Georgia en la primera gobernadora negra de Estados Unidos y a la que el viernes irá a apoyar personalmente el expresidente Barack Obama. En Dalton por la mañana y en Augusta y Savannah por la tarde los conservadores han podido ver al vicepresidente Mike Pence apoyando al candidato republicano, Brian Kemp, un aperitivo del rally que hará el domingo el presidente, Donald Trump.

Si incontables ojos están puestos en el estado sureño, no obstante, no es solo por el star power que trata de ayudar a decidir una ajustadísima carrera. Georgia es el epicentro de un terremoto nacional: la alerta ante esfuerzos liderados por los republicanos que dificultan, restringen o suprimen el derecho a voto en EEUU y que afectan especialmente a las minorías raciales –que por lo general suelen inclinarse mayoritariamente por los demócratas– y a jóvenes y pobres.

No es nuevo, es más intenso

No se trata de un fenómeno nuevo. Históricamente los republicanos han buscado endurecer los requisitos para votar azuzando miedos de potenciales fraudes electorales, aunque estos están desacreditados por incontables estudios académicos. El Tribunal Supremo colaboró en su empeño cuando en el 2013 decidió eliminar garantías que se habían establecido en la ley de derechos de voto de 1965 para proteger el sufragio de negros en el sur.

Desde el 2010, según datos del Brennan Center for Justice24 estados (mayoritariamente controlados por republicanos) han implementado restricciones. Hay 13 que han endurecido los requisitos para identificarse, 11 dificultan registrarse como votante, 7 han reducido el voto adelantado y 3 complican la restauración de derechos para gente con antecedentes penales.

La campaña se ha intensificado bajo la presidencia de Donald Trump, que llegó a sugerir que en el 2016 votaron tres millones de ilegales (quizá no casualmente la cifra en que le superó Hillary Clinton en voto popular) y creó una comisión para estudiar el fraude, un fiasco que se desmanteló antes de cumplir ocho meses.

Juez y parte

El caso de Georgia es especialmente llamativo porque Kemp, el candidato republicano a gobernador, es también secretario de Estado, encargado de las elecciones y de un recuento si este fuera necesario. Desde el 2012 ha purgado de las listas de votantes registrados a casi 1,5 millones de ciudadanos, el 8% del electorado. Desde el 2014 ha cerrado 214 colegios electorales, complicando el voto especialmente para los pobres, que ven alejarse las urnas. Y para estos comicios dejó en suspenso los registros de 55.000 personas, en algunos casos por errores como la falta de un guión o un apóstrofe en el apellido. De ellos, 40.000 eran negros.

No es el único territorio donde suenan las alarmas. En Dakota del Norte, donde la senadora demócrata Heidi Heitkamp lucha con extremas dificultades para mantener un escaño que ganó en el 2012 por solo 3.000 votos, nuevas leyes ponen en peligro el sufagio de hasta 10.000 indios americanos que viven en reservas y que en muchos casos suelen usar buzones postales y no tienen la dirección fija como se requiere. Y las endurecidas leyes de identificación, registro y voto también están sacudiendo carreras trascendentales en estados clave como Kansas, Wisconsin, Tennessee, Texas y Ohio, entre otros.

“Estoy aquí por los hombres y mujeres que fueron linchados, humillados, discriminados, suprimidos, reprimidos y oprimidos; me niego a que sus sacrificios sean en vano”, decía este jueves en uno de sus actos en Atlanta Oprah Winfrey. Usando una icónica letra de Woody Guthrie, “esta tierra se hizo para ti y para mí”, la famosa presentadora negra añadía: “No es solo una canción, es la verdad. Cada uno de nosotros tiene los mismos poderes en las urnas”. Solo falta que les dejen votar.